La Conferencia Episcopal invita a todos los españoles a la reconciliación, tanto en la vida eclesial como en la convivencia civil  :   
 Texto íntegro de la carta pastoral colectiva del Episcopado español. 
 ABC.    20/04/1975.  Página: 31-36. Páginas: 6. Párrafos: 36. 

ABC. DOMINGO 29 DE ABRIL BE 1975, PAG. 31,

LA CONFERENCIA EPISCOPAL INVITA A TODOS LOS ESPAÑOLES A LA RECONCILIACIÓN, TANTO

EN LA VIDA ECLESIAL COMO EN LA CONVIVENCIA CIVIL

Texto íntegro de la carta pastoral colectiva del Episcopado español

EL tema de la reconciliación ha ocupado dos años de las preocupaciones de los

obispos españoles. Fruto de ese interés y de un largo trabajo, que ha llenado

dos Asambleas plenarias y varias reelaboraciones del texto, es el documento que

hoy presentamos oficialmente « nuestros lectores. Se trata de uno de los textos

más importantes elaborados por la Conferencia Episcopal en sus últimos años,

tanto por lo que- afecta a los conflictos internos de la Iglesia como por las

directrices con las que el Magisterio episcopal ilumina los problemas más

importantes. de la, vida civil española. Dada la importancia de este documento

publicamos a continuación su texto íntegro

TRABAJO: Que los obreros tengan posibilidades jurídicas de actuar en

asociaciones auténticamente representativas.

JUVENTUD: La voz de los jóvenes debe ser oída y ellos deben buscar la coherencia

entre su vida personal y los valores que defienden.

FAMILIA: Que, a través áeí diálogo enriquecedor, se superen las tensiones entre

padres e hijos.

I. UNA LLAMADA DEL AÑO SANTO

1, La voz del Papa Pablo V3, a Jo largo de todo el Año Santo, nos viene urgiendo

a la reconciliación. Su llamada, siempre actual, hoy lo es d-e meato

especíalismo. Que si todos ¡somos pecadores y necesitamos, por ello,

recojiclliamos con Dios y con nuestros hemosea en el momento en que vivimos, nos

es mucho más Hecesar!o.

Basta, CMI dirigir los ojos alrededor nuestro para comprobarlo. Injusticias,

egoísmos, violencias, enfreníamleitóos y conflictos de todas clases, y hasta

ideologías atie socavan las teses miañas >ie la convivencia fraterna, sacuden la

sociedad que nos rodea, en im momento, además, decisivo para nuestro país. Y ea

el seno misino fie la Iglesia, no sólo repercuten tales sacudidas, sino que

brotan aquí y alla otras tensiones, sufre detrimento la comunión eclesiall y es

puesta a dura prueba la unidad en la fe y en el amor,

Esta es la razón de que los obispos nos dirijamos colectivamente al pueblo al

que servimos, para invitar a responder con nosotros a la llamada de Dios con

sincero espíritu evangélico.

a. TAREA DIFÍCIL, POSIBLE Y OBLIGATORIA—Sabemos que la tarea a la que Dios nos

llama no es fácil. Porque la vida del hombre y de las colectividades humanas

lleva siempre en su entraña gérmenes de división. Y el, como ocurre en nuestro

tiempo, hay quienes propugnan y difunden ideologías según las cuales la tensión

y hasta la violencia son medios necesarios para el progreso de la sociedad, sube

de grado la dificultad.

Pero, - por ello mismo, nuestra responsabilidad como cristianos es mayor.

Porque, para el creyente, la dificultad estimula, el esfuerzo y alienta la

esperanza. La historia pasada y la experiencia- cotidiana acreditan que es

posible superar antagonismos y conflictos que parecían irreductibles, cuando una

de las partes, -o ambas a la vez. quieren sinceramente reconciliarse y se ponen

a ello con empeño y humildad.

Mas si la reconciliación es posible, es también obligatoria. Si biea es eierto

que, en su fuente originaria, es un don de Dios, también lo es que de ese don

lian de hacerse dignos los verdaderos buscadores de la paz.

Conscientes de esta exigencia fie nuestra común vocación cristiana, los obJípss

hemos reflexionado muchas veces sobre ella, desde que se convocó el Año Santo. Y

fruto de esas reflexiones, maduradas en la oración personal y comunitaria, es

esta carta pastoral colectiva que os dirigimos.

Partiendo de perspectivas y de motivaciones bien diversas, se puede contribuir a

la tarea de la reconciliación. Nuestra contóifoución específica arranca de la

viva conciencia que tenemos de nuestra condición de cristianos y del deber

pastoral de urgir el mandato evangélico de amarnos los unos a los otros.

Por elemental exigencia de realismo pastoral, habremos de conjugar

necesariamente la reflexión que brota de la fe, o es iluminada por ella, con la

referencia a las realidades concretas en que estamos viviendo. Pero, tanto en

las palabras y expresiones como en la actitud y en el espíritu, no deseamos otra

cosa que ser hacedores de reconciliación, ya que somos portadores de «este

ministerio» (2 -Cor 5,18-19).

nuestras contradicciones íntimas ó colectivas cfr. GS-22).

^«, LA IGLESIA, SIGNO DE COMUNIÓN.—Cristo viviente está y actúa en el mundo por

medio de su Iglesia. Los sue permanecen en El y.viven de El (Jn. 15,1-8)

participan ya desde ahora, de forma real aunque incipiente e Imperfecta, de la

condición de humanidad pacificada, que alcanzará su .plenitud definitiva más

allá del tiempo. Así, la reconciliación entre los hombres «halla su permanente

expresión histórica en el Cuerpo de Cristo que es 1» Iglesia, en la Que el Hijo

de Dios «convoca a sus hermanos de entre todas las gentes» y, en cuanto Cabeza

de la misma Ccfr. Col. 1,18), es el principio de autoridad y de acción que la

constituye sobre fe tierra como mundo reconciliado» (Exhortación de Pablo VI, 8

de diciembre de 1974).

Jja Iglesia, por tanto, es signo y sacramento de la reconciliación en el mismo

Cristo. En su seno alcanzan expresión sensible y real las más altas y profundas

aspiraciones de los hombres a la fraternidad. La Iglesia, descubre a los hombres

la perfecta comunión a la que están destinados. En tanto que, ella misma, como

pueblo de Dios que peregrina en la tierra expresa y anticipa esa comunión, a

pesar de su propia debilidad y. de los Becados de sus miembros

La promesa de Jesús y la presencia del Espíritu garantizan que la Iglesia

realizará siempre la comunión en grado suficiente para ser signo válido de la

fraternidad definitiva. Pero esa garantía, lejos de dispensar a los creyentes

del esfuerzo por vivir la comunidad eclesial, mas bien les obliga a realizarla.

Precisamente por ser «mundo reconciliado» la Iglesia es también «realidad

natural y permanentemente reconciliadora» (Exhortación de Pablo VI, 8 de

diciembre de 1974). Esto le exige, sin duda, conocer bien en cada momento las

realidades humanas en que vive Inmersa y discernir los factores de fraternidad o

de discordia que en ellas actúan. Bolo así podrá hacerse presente en el mundo y

ser signo e instrumento de reconciliación.

ES MISIÓN DE TODO CRISTIANO POTENCIAR LOS FACTORES QUE FAVORECEN LA CONVIVENCIA

Y SUPERAR LOS QUE LA IMPIDEN

Hay en nuestra sociedad personas y grupos que frenan Ja libertad oponiéndose a

fa evolución política y otros que la invocan tan sólo para implantar nuevas

dictaduras

La vida individual y colectiva del hombre, como ciudadano o como miembro fe la

Iglesia, se desenvuelve en parmanente tensión entre el Ideal y la realidad,

entre las metas & que nos conduce el designio alvino y los hechos históricos.

Pero es responsabilidad y misión propia >te todo cristiano, en orden a la

fraterna convivencia, potenciar los factores >sue la favorecen y superar los que

la´ impiden o fefcardan.

Sólo a título de ejemplo presentaremos algunos que nos parecen más signifcativos

í que permiten discernir cómo y cuándo actúan en los hombres los Impulsos del

Espíritu o la Influencia del mal.

Conviene, empero, recordar que no todo lo que dificulta la fraternidad es

siempre fruto del pecado.

S. EN LA SOCIEDAD ACTUAL.—-Nuestra mirada a la sociedad en que vivimos,

dentro y fuera de nuestro país, quiere inspirarse, más allá de la mera

constatación sociológica, en razones teológicas y de íe. Esto nos permitirá

rastrear en las realidades sociales la presencia y la acción positiva de Dios o

la influencia negativa del pecado.

Se insiste cada vez más en el valor de la dignidad humana y en los derechos

inalienables que de ella se derivan. Todas las corrien es ideológicas defienden

o afirman defender al hombre, ia, igualdad y la fraternidad humanas, el bien

común de la sociedad, entendido como promoción de las personas y las

colectividades, son proclamados como criterios básicos de gobierno. Constituyen,

sin duda, valores que abren paso a una convivencia fraterna. Pero, al misino

tiempo, pese a las más rotundas afirmaciones programáticas, la dignidad humana

sufre muchos ataques. Se desprecia e instrumentaliza al hombre en los

secuestros, en las torturas y en los atentados contra su integridad física y

moral. Lo que en el fondo buscan quienes así obran, es imponer el propio

proyecto, aun a costa de someter o anular inexorablemente a quien resalta un

obstáculo. Y con ello se arruina la convivencia.

9. Por otro lado, progresa el afán de verdad en el estudio del comportamiento y

.de las opiniones de los hombres, como lo demuestra el frecuente recurso a

sondeos ´y estudios sociológicos. Se valora y se exige la coherencia entre la

doctrina o las convicciones que se profesan y la vida real Y estos hechos

contribuyen a construir la convivencia sobre bases más sólidas. Sin embargo, los

avances científicos y técnicos se utilizan hoy muchas veces para manipular y

encubrir la verdad y para montar campañas publicitarias y de opinión qae

obstaculizan, o anulan prácticamente, el sentido crítico y la decisión

consciente de las personas. Con lo que privan a la convivencia de aquella

riqueza que nace del verdadera diálogo y se asienta sobre el conocimiento de la

verdad.

10. Se trábala eon ahínco por la libertad y la participación de los ciudadanos

en la vida de las instituciones sociales y políticas, por la autodeterminación

Se los pueblos frente a cualquier colonialismo cultural, político o "económico y

por eliminar todo clase de despotismos. Esto es positivo. Mas no es posible

desconocer la existencia áe «ferias grupos que frenan ía libertad oponiéndose &

te evolución politica y a los eamlíios sociales, mientras que eteos la invocan;

tan solo para implantar nuevas diotaduras y colonialismos ^ ahogar toda

participación libre.

11. Representa una positiva contribución a la solidaridad humana la

multiplicación de proyectos de alcance comunitario, más allá de toda

discriminación y elitismo, y la defensa del patrimonio socio-cultural de les

minorías étnicas dentro del ordenamiento político. Pero hay quienes, .contra

toda justicia, reprimen la vitalidad y el desarrollo de tales minorías étnicas

(PT 95) y quienes, tratando de abrirles paso por todos los medios, destruyen las

bases mismos de la solidaridad; otros, en fin, elevan a la categoría de

principio único, o al menos principal, el conflicto o la eliminación del

adversario.

12. Los hombres de hoy son más sensibles que en otras épocas al propio

compromiso político y a aue la Iglesia jerárquica se abstenga de toda actuación

directa en ese campo. Mas no es raro que, desde una u otra posición política, se

trate de utilizarla en beneficio de las propias posiciones o se la acuse de

abstencionismo evasivo.

13. EN LA IGLESIA DE HOY.—También en la Iglesia abundan las manifestaciones

de progreso hacia una mayor comunión interna que responden al designio de Dios,

y se dan a la par deterioros de esa comunión que denuncian la existencia de

gérmenes de infidelidad al Espíritu.

Percibe hoy-la Iglesia con particular lucidez que tanto la variedad de carísimas

como la unidad expresada visiblemente en su cuerpo social provienen del

.Espíritu que el mismo Jesucristo nos dio (lCor. 12,4-12; Efes. 4,4; A. A. 3).

Mas la necesaria distinción entre el componente earisntático y el institucional,

ambos esenciales a la Iglesia, es tan exagerada por algunos que en vez de

conjugarlos los separan y los oponen entre sí, incluso hasta afirmar qne el

conflicto entre ambos es elemento constitutivo de la verdad acerca de la Iglesia

(cfr. Exhortación de Pablo VI 8 de diciembre de 1974).

14. Son muchos los que buscan tina comprensión más completa de la vida

cristiana y una mayor coherencia entre la celebración de los sacramentos, la

profesión personal de la fe y su proyección comprometida en el servicio a los

hermanos. Florecen también en nuestro tiempo diversos tipos de comunidades

cristianas ctue buscan ser filiales al Evangelio viviendo comunitariamente su

compromiso cristiano. Mas no faltan quienes, influidos por una errónea

concepción de la Iglesia, tienden a aislarse, con su grupo, del resto de la

comunidad cristiana. Otros grupos Introducen reformas al margen o contrarias a

las renovación a los criterios y al ritmo qu« a ellos les agradan. Muy cerca de

esta actitud se encuentran aquellos sectores que, desde variadas posiciones

ideológicas, impiden o frenan la renovación conciliar, resistiéndose a reformas

y directrices autorizadamente señaladas por la Iglesia. De esta manera, el

Concilio Vaticano II viene siendo, como Cristo mismo, «una señal de

contradicción» (Le. 1,34).

15. Ei descubrimiento de los valores comunes a las diversas confesiones

cristianas ha favorecido al desarrollo de un auténtico espíritu ecuménico y de

iniciativas coherentes con el mismo. La Iglesia católica también en nuestro paos

sabe valorar la importancia de este incremento progresivo de comunión entre las

diversas confesiones cristianas en orden a la unidad querida por Cristo. Hemos

de lamentar, sin embargo, que las incomprensiones, que los rechazos y aun las

rupturas entre grupos pertenecientes a la misma Iglesia católica, ofrezcan de

ella una imagen que parece negar en su seno la unidad tan deseada con los

cristianos separados.

16. Al ministerio jerárquico se le pide hoy. y con razón, que actúe más con

espíritu de diálogo, como quien ejerce un servicio pastoral, que con el

talante coactivo propio de los poderes humanos. Por otra parte, se recaba un

mayor espacio para la opinión crítica en el interior de la Iglesia y se insiste

en la autonomía propia´ del teólogo y el investigador. Ambas aspiraciones, de

suyo, concurren a la verdadera comunión, Pero hay quienes prácticamente niegan

al que ejerce la autoridad en nombre de píos el derecho y el deber de tomar

decisiones para- salvaguardar eficazmente la comunión eclesial. Otros, al

difundir imprudentemente ciertas intenpretaciones qu« rozan con el dogma u

obstinarse en defenderlas como si gozaran ,de una garantía inapelable,

contradicen abiertamente las exigencias de la fe católica.

El propio Pontífice Pablo VI se ha sentido obligado a llamar la atención a

quienes se dejan llevar por «gérmenes de infidelidad al espíritu», hasta el

extremo de socavad- desde dentro de la Iglesia y abrir paso en ella a una

verdadera «polarización del disentimiento» radicalmente opuesta a la comunión

(cfr Exhortación de Pablo VI, 8 de diciembre de 1974).

Por último, no quisiéramos dejar de eludir a quienes, alegando su fidelidad a la

tradición y a la ortodoKia, llegan a oponer a la jerarquía de hoy y al Concilio

Vaticano II, la jerarquía de ayer y los concilios precedentes. Cierto es que

todos hemos de ser fieles a la fe recibida del Señor, sustancialmeníe la misma

hoy que hayer, corno lo será también mañana. Pero no es justo confundir la

tradición, aue es vida, con la nibina aue es muerte, ni es lícito pensar .que

Cristo estuvo con la Iglesia ayer, pero la ha abandonado hoy, contra su promesa

de estar con ella «hasta la consumación de los siglos» (Mt 28,20.)

IV

LA RECONCILIACIÓN CON DIOS Y CON LOS HERMANOS IMPLICA, ANTE TODO, UNA VERDADERA

CONVERSIÓN INTERIOR

La actitud ante el propio trabajo es factor determinante de una vida pacificada

o principio generador de conflictos

17. TRABAJAR EN LA ESPERANZA.

«Ante las quiebras aue sufre la convivencia fraterna, se nos impone a todos el

deber de la reconciliación como camino hacia la paz» (Mensaje de la Paz, de

Pablo VI, 1 de enero de 1975).

Todo cristiano es consciente de que la solución definitiva de las

contradicciones personales o comunitarias no puede lograrse aquí. Pero está

igualmente persuadido de que cualquier esfuerzo en aras de la convivencia es

signo elocuente de la sinceridad con que son deseadas las realidades futuras

(cfr. G.S. 38).

Según la recta doctrina, la salvación que nos viene de. Jesucristo opera ya en

los hombres abiertos a la fe y animados por la caridad: hay una relativa

continuidad entre lo que ahora somos y hacemos y lo que el día del Señor seremos

y viviremos (efr. G.S. 39): ,

Así, la esperanza cristiana penetra la totalidad de nuestra existencia en la

tierra. Con la misma firmeza con la que esperamos la plenitud ultraterrena, nos

empeñamos ahora en encontrar respuestas cristianas- a las demandas de paz y

convivencia >íue en cada momento histórico nos formulan los hombres.

Si proclamamos la viabilidad de una reconciliación, aquí y ahora, es por nuestra

convicción de que el Espíritu de Dios actúa ya en nosotros y de que su acción no

puede ser estéril. Sin olvidar que el objeto de nuestra esperanza requiere

también un esfuerzo arduo, constante, solidario y sacrificado.

18. EN PRO Y EN CONTRA DE LA

RECONCILIACIÓN.—Yerran, pues, en el camino de la reconciliación quienes aceptan

pasivamente su propio modo de ser sin plantearse siquiera la conversión interior

y la reforma de vida para lograr la armonía personal, el encuentro con Dios y la

apertura al prójimo. Tampoco es solución la renuncia indiscriminada a los

propios derechos, peculiaridades, libertades y opciones legítimas, porque puedan

generar las naturales tensiones.

Se avanza, en cambio, hacia la reconciliación poniendo en juego la Imaginación

creadora en busca de fórmulas nuevas 4ue asimilen los valores de las posiciones

encontradas. Esto presupone que cada uno reconozca la gama plural de riquezas

personales de los demás. ¿Cómo amarlos de verdad, si no se les permite ser ellos

mismos?

Aceptándose recíprocamente, respetarán unos y otros las normas de convivencia

que canalizan el libre despliegue de las opciones legítimas, y sabrán encajar

con realismo los fracasos parciales y continuos, Inherentes al esfuerzo

reconciliador. La Imperfección de los logros invita al creyente a incrementar el

empeño y a tensar su esperanza en el más allá

19. LA CONVERSIÓN PERSONAL.—

La reconciliación con Dios y con nuestros hermanos implica, ante todo, una

verdadera conversión Interior y un cambio fundamental en nuestras actitudes.

Esto no es posible sin escrutar sinceramente, a la luz del Espíritu, lo-más

íntimo de nuestro ser. Pues sabemos que es de «dentro del corazón» de donde

salen «las intenciones malas, los asesinatos; adulterios, fornicaciones, robos,

falsos testimonios, injurias> (Mt. 15, 19; cfr. G.S. 37).´

La santidad a la que somos llamados no consiente servir a dos señores, a Dios y

a las riquezas (Mt. 6, 24; 19, 23); excluye la hipocresía (Le. 11, 33-39), la

falsa religiosidad de quien se contenta con prácticas externas sin renovarse

interiormente, pretende dar culto a Dios sin perdonar a su prójimo (Mt. e, 1-5;

16-18; 5, 23-24) o presume de su propia justicia (te, 18. 9-14).

No es. extraño, por otra parte, que quien se olvida dé Dios y vive de espaldas a

Ea se olvide • igualmente del prójimo. Porque, falto de fe viva, no es fácil que

acuda en la oración al diálogo frecuente con Dios, ni que teosa presentes sus

mandamientos y permanezca sensible al pecado.´ Sin la fuerza que da el amor a

Dios, se amará salo a sí mismo y no estará pronto a entregarse a sus hermanos.

Lo mismo que la caridad de Dios se´ muestra en que El envió al mundo a su Elijo

Unigénito para que nosotros vivamos por El (1 Jn. 4, 8), así nuestro amor a Dios

se proyecta generosamente en los demás, para que tengan vida en El.

20. EL PERDÓN DE DIOS—Ahora

bien, convertirse a Dios es descubrir su presencia viva en lo más profundo de

nuestro ser, perdido en la búsqueda de lo que satisface a nuestros sentidos, a

nuestro egoísmo y a nuestro afán inmoderado de prevalecer sobre los demás. En el

encuentro con Dios en nosotros, toda nuestra vida recibe una nueva luz, que nos

hace ver son claridad los propios pecados, nos conduce suavemente al

arrepentimiento y nos sitúa frente a nuestras responsabilidades.

Pero el hombre pecador sabe aue no puede conseguir por sí mismo el perdón. Sólo

Dios puede acogerle de nuevo en su amistad. Envió, para ello, al mundo a su

Hijo, Jesucristo, aue para liberarnos del pecado «se hizo obediente hasta la

muerte y muerte de cruz» (FU. 2,8) y nos dio así el argumento supremo de su amor

(efr. Rom. a, 8-10). Cristo, a su vez, concedió a la Iglesia, en el ministerio

de ios Apóstoles, el poder de perdonar los pecados en su nombre (efr. Jn. 20,

23: Mt. 18. 18).

Para el pecador, por tanto, convertirse es hacer penitencia interior, confesar

sus pecados y recibir el sacramento de la reconciliación, que le abre paso de

nuevo al amor de Aquel que le ha perdonado.

Desde ese momento, el cristiano se reincorpora a la plena comunión con la

Iglesia, a-la aue ofendió al pecar y de cuya caridad, ejemplo y oraciones recibe

ayuda para convertirse (cfr. LG. 11). Y se siente también movido por el amor a

Dios a reconciliarse con sus hermanos: es decir, a amarlos sincera v

efectivamente,

2-1. LAS RELACIONES HUMANAS.—La reconciliación pertenece al ser mismo de nuestra

condición cristiana: es una exigencia evangélica aue debe imipregnar la

conciencia familiar, el ambiente de trabajo, el ejercicio de nuestras

responsabilidades profesionales y el cumplimiento de auestros deberes cívicos.

23. LA VIDA FAMILIAR,—Para hacer avanzar la reconciliación cristiana en la

sociedad tiene especial importancia la vida fie familia. Todos las factores mué

atentan contra la indisolubilidad y unidad del matrimonio son otros tantos

obstáculos para la reconciliación, La institución familiar, afectada hoy por un

cambio social «lie se refleja también en otros órdenes de la vite, exige cíe les

esposos cristianos y de los

hijos, el esfuerzo de comprensión mutua y oí espíritu de sacrificio que no pocas

reces requiere la convivencia humana.

Si la diversa sensibilidad de los miembros de la familia puede dar origen a

tensiones espontáneas entre los esposos y entre las generaciones que componen el

hogar, también la permanente cercanía de todos lia de facilitar el diálogo

enriquecedor. tanto en el orden humano como en el espiritual. En ese diálogo han

de superarse los obstáculos aue dificultan e! buen entendimiento, el

reconocimiento de los deberes y derechos de cada uno. la disponibilidad total al

servicio de los otros, el respeto y la ayuda mutua en los problemas morales y

religiosos.

La familia en analogía con la Iglesia ha de ser la primera expresión y escuela

de comunidad reconciliada, pues no en vano la familia cristiana es llamada

«iglesia doméstica» (efr. LG. 11. b).

ES NECESARIO SUPERAR LOS EFECTOS NOCIVOS DE LA GUERRA CIVIL QUE SISUEN SIENDO

OBSTÁCULO PARA UNA PLENA RECONCILIACIÓN

La actitud crítica ante las actuaciones del Gobierno no debe interpretarse, en

principio, como una forma de enemistad, sino de colaboración

28. LA JUVENTUD.—Si se quiere promover la reconciliación en nuestro nafa, es

necesario prestar especial atención a la compleja problemática de la juventud

actual. Su voz debe ser oída; su crítica de la sociedad presente y su deseo de

un mundo más justo y más humano, debe constituir un estímulo para todos. LoS

jóvenes, por su parte, tienen el deber fle buscar la coherencia entre su vida

personal y los valores que defienden.

Los cristianos que, de uno u otro modo, se relacionan con las tareas educativas

—profesores, alumnos, padres, gobernantes...—, siéntanse urgidos a promover

cuantas reformas vengan exigidas por una convivencia más abierta y responsable

aue abra paso a la reconciliación entre las generaciones.

Los jóvenes que en el campo, en ©1 mar, en el taller, en la oficina, en el

estudio, sirven a la sociedad, deben contribuir con su esfuerzo al nacimiento de

una sociedad en la que la mutua colaboración y la reconciliación fraterna

triunfen sobre el egoísmo v sobre el rencor.

24. EL MUNDO LABORAL.—El trabajo ha de entenderse como una de las expresiones

más válidas de la inserción del hombre en la sociedad. La actitud ante el propío

trabajo es factor determinante de una vida pacificada o, por el contrario,

principio generador de conflictos y contradicciones insuperables.

Los cristianos vemos en ´el trabajo profesional, realizado según las exigencias

de la vocación personal, y en conformidad con el designio de Dios, el camino

apto para desplegar las facultades humanas hacia la perfección personal.

Paralelamente sabemos que el trabajo se ennoblece en la medida en que sirve al

desarrollo de la comunidad humana, según el plan de Dios.

El hombre se reconcilia con lo que su trabajo tiene de costoso cuando acepta,

con ´espíritu de fe y con libertad Interior, el-sacrificio y la entrega a los

demás, que concreta en ´su servicio a la comunidad. Pero esto exige a su vez que

el trabajo sea justamente valorado y retribuido, y que la persona del trabajador

sea reconocida y respetada en todos sus derechos.

25. Por tanto, si la sociedad española Quiere caminar hacia una

reconciliación efectiva, es preciso que los trabajadores puedan hacer valer

eficazmente sos dereCHOS y participar, con plena responsabilidad y sin temor a

represalias, en la defensa de sus intereses y justas aspiraciones, tanto en la

empresa como en !a ordenación de la vida económica nacional. t para ella es

necesario avanzar hacia un utas amplio reconocimiento jurídico fle su derecho *•

nnirse y a actuar libremente en Asociaciones auténticamente representativas

(cfr. GS 68, 75).

La acción asociada de los trabajadores, junto con una acertada política social,

sso sólo ha de ir eliminando las discriminaciones e injustas desigualdades en la

distribución áe los frutos del trabajo, sino «sue debe promover transformaciones

más profundas dentro y fuera fie las empresas, en la misma ordenación de las

relaciones entre las fuerzas´ productivas.

36. LA CONCORDIA POLÍTICA. — La verdadera reconciliación en la convivencia

cívico-política supone, como ya hemos dicho (n. 18), espíritu de mutua

aceptación y voluntad sincera de participar activamente en la tarea común. Todos

somos miembros de la sociedad y todos, hemos de contribuir a transformarla y

mejorarla. Esta tarea no se puede cumplir dignamente si los ciudadanos y grupos

sociales no cultivan y difunden las virtudes morales, sociales y cívicas que,

con el auxilio de la gracia Divina, les capacitan para forjar una nueva

humanidad >cfr. GS 30 b). Y a su vez, - estas actitudes fundamentales se

fortalecen y se hacen más operativas cuando las estructuras aue sostienen y

canalizan la convivencia responden, en lo posible, a una recta concepción de la

persona humana y del bien común.

27. En nuestra patria él esfuereo progresivo por la creación de estructuras e

instituciones políticas adecuadas ha de estar sostenido por la voluntad de

superar los efectos nocivos de la contienda civil que dividió entonces a los

ciudadanos en vencedores y vencidos, y sue todavía constituyen obstáculo serio

para una plena reconciliación entre hermanos. La idelidad al mandato de Cristo,

que nos urge al matuo perdón, debe hacer posible, en la„vida privada y pública,

lo que tan duro y difícil es para el corazón de! bombre. Las nuevas generaciones

qae no vivieron aeuel conflicto nos piden, y con razón, la generosidad

suficiente para construir´unidos en la esperanza un futuro más justo y más

fraterno.

28. Para avanzar en nuestro país por el camino hacia la reconciliación es

necesario lograr «n reconocimiento más efectivo de todos los derechos de las

personas y de los grupos sociales, dentro de los límites del justo orden público

y del bien común. A la vez que queremos recordar el deber ciudadano de acatar el

ejercicio de la atondad pública´—regulado éste por adecuadas normas jurídicas—,

se hace necesario nrgir la oportuna adaptación de las normas legales al avance

progresivo de la conciencia cívico-social del país. El desajuste en este campo

es un factor permanente de desequilibrio, incompatible con una sincera voluntad

de´ reconciliación política.

29. Más en concreto, consideramos obligado, com ya hemos dicho en otras

ocasiones, aue se garanticen eficazmente los derechos de reunión, expresión y

asociación. Este es un camino apropiado para eliminar la tentación de resolver

los problemas de la convivencia política mendianíe el recurso o fórmulas

violentas,"ya tiendan a frenar el dinamismo natural de la sociedad, ya a

provocar cambios estructurales en la misma.

30. La progresiva toma de conciencia del valor propio de las minorías y de

su

- derecho a afirmar sus propias peculiaridades, dentro del respeto al bien»

común, ha de traducirse también en formas jurídicas adecuadas. Por otra parte,

la verdadera reconciliación entre los diversos sectores socioeconómicos, y las

regiones de nuestro país, exige mayor justicia social en el tratamiento de los -

problemas de las áreas deprimidas, especialmente del campo, y en la atención de

las migraciones, tanto nacía el exterior como en el Interior.

31. Finalmente, para que la paz y la reconciliación se abran paso en la

sociedad, es insoslayable hacer efectivo entre los hombres el imperio de la

justicia en el ámbito de la educación y de la información, en la organización

sanitaria, en la Seguridad Social, en la atención a las clases pasivas y en

cualquier actividad supeditada al bien común. La inserción del hombre en la

comunidad adquiere asi una dimensión política aue el cristiano debe asumir bajo

la inspiración evangélica del amor al prógimo.

32. EL VALOR DE LA CRITICA.—la actitud crítica ante la realidad social o a»íe

los proyectos y actuaciones de gobierno no debe interpretarse en principio contó

postura de rechazo o ¿e enemistad. Siempre que salvaguarde la honestidad y

respete a las personas, constituye una forma de colaboración y un servicio al

bien comun que enriquece la convivencia social.

Sólo en un plano de eon concurrencia leal, en «1 que se puedan someter a crítica

los diversos programas de vida colectiva, es posible salvar la libertad del

espíritu humano frente a campañas ds opinión e imposiciones ideológicas ame con

su intolerancia amenazan permanentemente a la convivencia pacifica.

33. ASUMIR LOS CONFLICTOS— También los intereses enfrentados, las tensiones

y los mismas eonfEctos, han de encontrar un adecuado tratamiento legal croe

asegure la libertad de las partes afectadas, anuida los abusos y salvaguarde los

interese* superiores del bien común.

A este propósito «uereinos insistir en la necesidad Se revisar la legislación

actual sobre conflictos laborales colectivos, de modo aue el sistema económico

social vigente se asegure a los trabajadores la defensa de sus propios derechos

y de sos legítimos intereses y se eviten actuaciones al mareen de la ley.

En todo caso, las cristianos han de vivir las situaciones conflictivas con

voluntad sincera de reconciliación y mantenerse fieles a los normas éticas de

honestidad, verdad y respeto a los derechos ajenos. No puede ser camino de

reconciliacion el que pasa por la negación de aqullos mismos derechos qee se

pretenden instaurar,

NO PODEMOS ACEPTAR LA LUCHA DE CLASES DENTRO DE LA IGLESIA, NI LA OPOSICION A

LA RENOVACION PROMOVIDA POR LA JERARQUIA

84. LA RECONCILIACIÓN DENTRO

DE LA IGLESIA.—Para que la «Iglesia, precisamente por ser mundo reconciliado?,

sea también, en palabras de Pablo VI, «realidad natural y permanentemente

reconciliadora» (Exhortación del Pablo VI, de 8 de diciembre de 1974), debe

comenzar por promover en su seno una reconciliación incesante. Por ello recuerda

incansablemente a ms obispos y sacerdotes que la eficacia de su ministerio

depende en gran parte de su testimonio de reconciliación. En esta misma línea

los elementos más activos y responsables ds la comunidad cristiana han de

comprometerse en una aeción pedagógica, programada y coordinada, que .fomente el

espíritu de caridad, el acercamiento y conocimiento mutuos, al diálogo y la

responsatailización en ta-reas de Iglesia.

Somos conscientes de que las divergencias y conflictos que padecen los

cristianos en sus relaciones terrenas repercuten en la. comunidad eclesial, xiel

mismo modo que las divergencias entre grupos o entre los mismos pastores de la

Iglesia tienen su repercusión en la sociedad civil. Pero ni los cristianos

pueden marginarse de los avatares de los hombres, en los aue se forja o se

Quiebra-la comunidad fraternal, ni pueden tampoco olvidar que de su vida

comunitaria eclesial han de extraer la luz y- la energía necesarias para superar

los conflictos con ánimo veraz, sentido recto y amor generoso.

Para que la Iglesia pueda ser signo y agente de reconciliación, los cristianos

deben reconocerle el derecho a iluminar desde el Evangelio los problemas y las

realidades temporales aun cuando su juicio contradiga las propias opiniones e

intereses. Pero introducen elementos contrarios a la comunión eclesial quienes

al ejercer en nombre de la Iglesia esa función iluminadora proyectan su propia

luz y no la del Evangelio, impidiendo el legítimo pluralismo de la comunidad

creyente.

Así, por ejemplo, una apresurada identificación de la preferencia evangélica por

los pobres con la llamada «opción de clase», supone acotar a los pobres en un

determinado sector social y canonizar la lucha de clases desde la misma Iglesia.

Tal posición, además de apoyarse en un análisis de discutible valor científico,

sa opone abiertamente a la consustancial universalidad de la Iglesia y, por

falta de espíritu crítico y de coherencia con la fe, pone en grave riesgo la

credibilidad misma de una comunidad cristiana que la hiciera suya.,

35, PLURALISMO Y FIDELIDAD.— Cooperan positivamente a la reconciliación en la

Iglesia Quienes aceptan de buea grado el legítimo y necesario pluralismo

teológico cuyo único fundamento válido es el misterio de Cristo expresado en el

contenido objetivo de Ja fe católica (Exhortación de Pablo VI, 8 de diciembre de

1974).

La aceptación lúcida y gozosa de ¿a riqueza de ese misterio de Cristo,

inexpresable en su totalidad, ha de liberarnos del peligro de aprisionar

indebidamente la realidad de la fe en una determinada expresión de escuela. Así

el pluralismo teológico demuestra de manera tangible ¡a catolicidad de la

Iglesia indivisa.

Pero no se puede invocar el pluralismo para «tomar posiciones contra el

Magisterio auténtico del Romano Pontífice y de la Jerarquía Episcopal, únicos

intérpretes autorizados de la divina revelación contenida en la Sagrada*

Tradición y en 1a Sagrada Escritura» (Exhortación de Pablo VI, de 8 de.

diciembre de 1974). una actividad teológica o una libertad de pensamiento dentro

de la Iglesia Católica, que hiciera caso omiso de la necesaria dependencia del

Magisterio, introduciría el racionalismo y el subjetivismo en el seno de una

comunidad «ue se autodefine como comunidad de fe, abriendo naso a un relativismo

doctrinal incompatible con la naTuraleza y el sentido comunitario del credo

cristiano.

38. LA COMUNIÓN CON LA IGLESIA. El afán legítimo por superar ciertas expresiones

de la vid» de la Iglesia en las que el aspecto institucional ha tenido y quizá

tiene todavía un peso excesivo, facilita el encuentro entre los miembros del

pueblo de Dios. Ahora bien, la misma fe con la que acatamos el misterio del

Verbo encamado nos capacita para reconocer a la Iglesia «una realidad única que

nace de un doble elemento humano y divino» (Exhortación de Pablo VI, de 8 de

diciembre de 1974). La ínstitueionalización de la comunidad que deriva del Nuevo

Testamento está al servicio de la caridad entre los hermanos. No puede por ello

reducirse la Iglesia a una pura y exclusiva comunidad ¡interior de caridad que

no responde al plan de Cristo ni puede evitar su propia disgregación.

37. Quienes quieran trabajar por la reconciliación en la Iglesia reflexionen

sobre las consecuencias ane una crítica poco caritativa, y en ocasiones injusta,

de la_ institución eelesial puede acarrear lo mismo si procede de sectores no

creyentes que si nace de las filas mismas d«l pueblo fie Dios.

Sin embargo, en ana Iglesia reconciliada debe haber también lugar a una crítica

serena y reflexiva iluminada por la fe. E! espíritu de Dios opera también en

quienes, de verdad, buscan formas más paras de vida evangélica para la Iglesia,

y actúa en quienes con imaginación creadora, alumbran modos de organizaron, de

agiles y adaptados a la sensibilidad humana y cristiana de nuestro tiempo.

38. EXIGENCIAS ECLESIALES.—Por fidelidad & la misión evangelizadora

recibida de Cristo afirmamos la necesidad de adaptar la vida eclesial a las

exigencias oe un momento histórico marcado por el cambio. Ahora bien, todo el

proceso reconciliador de la comunidad cristiana exige que la renovación y

purificación de la Iglesia esté Inspirada por un auténtico sentido ecleslal que

se manifieste en voluntad de pertenencia a una tradición, que no se puede

interrumpir sin traicionar el carácter apostólico de nuestra fe: la

confrontación de las posiciones personales o ael grupo, en formas mas

universales de realizar !a comunidad ecleslal: el deseo ce autentificar con la

propia conducta, personal o comunitaria, la crítica realizada y la renovación

anunciada: el respeto a la verdad, la honradez y la rectitud en los

procedimientos utilizados: el rechazo de toda narcializaclón apasionada respecto

de las ooslclones .que se quieren criticar o rechazar: la conciencia de la

propia debilidad y la aceptación humilde de la propia posición de pecado, y

sobre todo, una revisión permanente que descubra si es. efectivamente, el amor

cristiano el móvil de las acciones realizadas. Estas y otras exigencias, que

podríamos señalar, han de constituir la base firme de una ética ecleslal de

renovación y Cambio, a fin de que las tensiones Inevitables que la comunidad

cristiana ha de experimental sean asumidas en una voluntad superior de

comprensión de amor de unidad

39. EL MINISTERIO RECONCILIADOR,—La fuente más fecunda de unidad

éclesial está en la libre y sincera adhesión a Cristo y a su Evangelio, que ha

de inspirar constantemente el esfuerzo de obispos y sacerdotes, religiosos y

seglares, por mantenerse unidos en la fe y en la caridad, olen actúen

Individualmente bien unidos en grupos v en otras forma de vida comunitaria.

Todos, sin embargo, corremos el peligro ce empobrecer, herir y aun romper la

comunión ecleslal. olvidando la verdadera naturaleza de la Iglesia y aplicando

indebidamente a su organización y a sus actuaciones los criterios v esquemas

propios ae la sociedad civil.

Ahora bien, cuando la comunión eclesial padece o se quiebra estamos todos

obligados a restablecerla. Para ello no hay otro Camino que el esforzamlento ñor

redescubrir, desde la fe. el auténtico ser de la Iglesia.- con sincero deseo de

reconciliacion.

Elemento constitutivo del ser de la Iglesia es el carlsma de los pastores,

responsables del servicio a la unidad y del ministerio de la reconciliación. Por

tanto, para restablecer la unidad perdida y sanarla cuando se debilita o padece,

es necesario que ellos sean aceptados en el ejercicio de su misión con sincero

espíritu de fe y cordial docilidad

Sin embargo, la autoridad que en la Iglesia se ejerce en nombre de Cristo no

debe Impedir la vigencia efectiva de los derechos que, como hombres y como

cristianos, corresponden a todos los fieles. Estos, a su vez, tanto cuando

ejercen sus propios derechos como cuando los reivindican, habrán de hacerlo con

espíritu de comunión Sería lamentable que derivaran a la formación de grupos

que, con sus presiones sobre los pastores y entre ellos mismos, hicieran más

difícil o pusieran en peligro la comunión ecleslal.

Los pastores han de ser libres para trascender las posiciones y opciones de los

Individuos y de los grupos, y para unificarla en la Integridad del Evangelio

(cfr. Exhortación de Pablo ,V1 de 8 de diciembre de 1974).

Finalmente, como Pablo VI nos pide en su exhortación tantas veces citada, para

que la reconciliación sea posible es necesario que «nuestro comportamiento esté

Imbuido de benevolencia y de misericordia, perdonándonos mutuamente como Dios

nos ha perdonado en Cristo» (Exhortación de Pablo VI de 8 de diciembre de 1974).

AFIRMAMOS LA NECESIDAD DE ADAPTAR LA VIDA ECLESIAL A LAS EXIGENCIAS DEL MOMENTO

HISTÓRICO SIL RENUNCIAR A LA TRADICIÓN, QUE ES VIDA, NI INCIDIR EN LA RUTINA,

QUE ES MUERTE

La Iglesia vive los afanes del pueblo español y le desea un porvenir digno y

Solidario

40. Al cerrar estas consideraciones, en las que hemos intentado desentrañar lo

que lleva consigo una reconciliación cristiana, nos sentimos impulsados,

nosotros los primeros, a producir frutos dignos de reconciliación. Como

servidores de la comunión eclesial y de la paz de la sociedad, sabemos a cuánto

nos obliga e3 oficio pastoral. Tenéis perfecto derecho a que cada obispo en su

sede y todos en fraternidad colegial, testimoniemos, de palabra y con signos

convincentes nuestra voluntad reconciliadora.

No caemos fuera, como miembros del pueblo de Dios, de las limitaciones humanas

de los demás cristianos. Pero no las pondremos tampoco por pantalla para rehuir

nuestros deberes de ejemmandad.

solicitamos las plegarias de todos para que la Conferencia Episcopal Española

sea cada vez más, ante todos los fieles de nuestro país, un signo de cristiana

libertad, de veracidad, de comprensión, de aceptación fraterna y de sincera

comunión. Que nuestras variantes personales y pastorales enriquezcan v nunca

turben al pueblo de Dios. Que la fraternidad jerárquica estimule la fraternidad

del clero v del lalcado

43.´. SENTIMIENTOS DE COMUNIÓN. Expresamos aquí públicamente nuestros

sentimientos de comunión y docilidad para con la persona y las orientaciones de

nuestro Santo Padre el Papa Pablo VI.

Queremos vivir con él el espirita del Año Santo, qne siempre ha ineremenitado

el estrechamiento de lazos entre las Iglesias locales y la sede de Pedro.

También nos sentimos hermanados con todos los obispos de la Iglesia Católica y

deseamos que la Iglesia de España intercambio cada vez más sus dones v servicios

con las comunidades católicas de todos los continentes

Afirmamos también, con humilde sinceridad, nuestra apertura de corazón para con

todos los sacerdotes españoles, de todas las edades, de todos los ministerios

pastorales, de todos los estilos de vida, de todas las tendencias de

pensamiento. Quisiéramos saber presidirlos en la candad con la mansedumbre y la

ejemítorldad de] Maestro. Les pedimos indulgencia para nuestras limitaciones v

oración por nuestras responsabilidades.

Tengan-por suyas estas palabras los religiosos y las religiosas, cuya

participación creciente en las iglesias locales es uno de los signos más

esperanzadoies del momento. Y los laicos, hombres y mujeres, con particular

predilección los jóvenes. Les necesitamos a todos y les pedimos que acepten

nuestro servicio con ojos de fe. Queremos hacer Iglesia con todos. Sentimos él

peso y la alegría de continuar en la Santa Mesla el ministerio de los Apóstoles.

En este espiritu de fraternidad dirigimos también un respetuoso saludo a los

hermanos de otras Iglesias cristianas asentadas en nuestro país y pedimos al

Señor que acelere el momento de la comunion plena con ellos en la unidad de la

Iglesia.

42. SERVICIO AL PAÍS—Finalmente, esperamos hacernos oír, como voz amiga y

bienintencionada, por todos los dirigentes y por, todos los ciudadanos de

nuestro país. La Iglesia vive los afanes del pueblo español y le desea un

porvenir digno y solidario. No se croza de brazos en lo que le compete o de ella

duende. Respeta de corazón las competencias de otras esferas comprende las

dificultades de toda gestión pública. Anima, a cuantos ejercen alguna

responsabilidad de gobierno, a que la afronten con fidelidad a su conciencia, en

la verdad y en la justicia.

Ojalá nuestras palabras en este documento, Incluso las que expresan reservas por

ideas o actitudes desviadas, no las utilice nadie como piedra contra el hermano

ni las reciba con resentimiento. Quedaría así desvirtuada la limpia intención

que las Inspira desde la primera hasta la última.

Invocamos sobre nuestra Iglesia y sobre nuestro país la bendición de Dios, la

grada del Espíritu Santo y la protección de la Virgen María

 

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