Autor: Martín Descalzo, José Luis. 
   No pretendemos una ruptura con el gobierno ni un desconocimiento mutuo, sino una sana colaboración sin componendas ni intercambio de privilegios, bajo un signo diferente al de otros tiempos     
 
 ABC.    28/11/1972.  Página: 43-44. Páginas: 2. Párrafos: 27. 

ABC. MARTES 28 DE NOVIEMBRE DE 1972 EDICIÓN DE LA MAÑANA, PAG. 43,

LA IGLESA EN EL MUNDO DE HOY

«NO PRETENDEMOS UNA RUPTURA CON EL GOBIERNO NI UN DESCONOCIMIENTO MUTUO, SINO

UNA SANA COLABORACIÓN SIN COMPONENDAS NI INTERCAMBIO DE PRIVILEGIOS, BAJO UN

SIGNO DIFERENTE AL DE OTROS TIEMPOS»

El condena! Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal, abrió

la XVII Asamblea precisando las intenciones y metas de !a jerarquía española en

este momento

"NO HAY EN NUESTRAS DELIBERACIONES OBJETIVOS POLÍTICOS. PERO NI EL HALAGO PODRA

HACERNOS CEDER NI LA AMENAZA PODRA HACERNOS CALLAR"

Colaboración e independencia entre la Iglesia y el Estado: en estas palabras

podría resumirse el, firme a la ves que distensivo, discurso del cardenal

Enrique y Tarancón en la sesión de abertura de ía XVII Asamblea Plenaria de la

Conferencia Episcopal. El clima era visiblemente sereno (casi excepcionalmente

sereno, si recordamos la tensión polémica que —más desde el exterior que. en el

interior— caracterizó las anteriores sesiones de apertura) y sobre ella./parecía

gravitar un hecho que puede caracterizar el estilo de esta XVII Conferencia: la

mayor parte de los obispos españoles acaba de regresar de Roma y las impresiones

de todos venían a reflejar la consigna del Pava de proseguir serenamente una

inteligente renovación. Único signo de nerviosismo era, tal vez. el control de

Zos carnés a los periodistas, debido quisa a los rumores de que un grupo de

partidarios de la objeción de conciencia pretendían invadir —para realizar en

ella una huelga de hambre— la residencia del Pinar donde la Asamblea se celebra.

Rumor infundado, pues aunque existe verdaderamente un grupó de cristianos (dos

sacerdotes y ocho seglares) que proyectan hacer durante estos días un ayuno

total, ni tiene éste un carácter de huelga de hambre presionadora, ni intenta

otra cosa que apoyar con un gesto religioso la tarea de los obispos ni pensó en

modo alguno hacerlo en la residencia del Pinar, sino en una casa próxima, cuya

dirección no ha sido dada, pues los protagonistas del ayuno desean no

convertirse en moao alguno en escándalo periodístico ni en otra llamada a la

atención que a la de las conciencias. Asi se lo han manifestado en una carta —

privada y en modo alguno polémica— a los obispos.

La sesión de apertura, tuvo su centro en el largo discurso —18 folios— del

cardenal presidente, discurso que, como es lógico, tenía el carácter general de

prólogo al trabajo de estos días, aunque marcaba con claridad el estilo y

enfoque en que éstos se van a realisar.

El discurso de monseñor Enrique y Tarancón tomaba su arranque del hecho del

interés que estas Asambleas provocan en la opinión publica visibilisado allí por

la presencia, de numerosos periodistas.

Esta intervención de los medios de comunicación —señalaba— «.puede ser un bien.

Puede orientar a la opinión pública y puede servirnos también a nosotros al

presentarnos unos aspectos o ciertas motivaciones que pueden sernos útiles a la

hora de juzgar o decidir». «Pero encierra también un peligro: que nos dejemos

impresionar por tas disquisiciones periodísticas.» IMS razones exteriores —

precisaba— «pueden matizar nuestras deliberaciones, pero por sí solas ni deben

condicionar nuestras decisiones ni deben ocupar un primer lugar en nuestras

motivaciones.»

LA POSTURA DE LA CONFERENCIA

A continuación el cardenal presidente se detuvo para definir con muy medidas

palabras la postura de la Conferencia Episcopal frente a torcidas

interpretaciones, y subrayó los puntos siguientes:

í..´ La Conferencia Episcopal Española, desde el primer momento de su

existencia, ha querido ser fiel al Concilio y a las orientaciones de Pablo VI.

Ha iniciado claramente un camino de renovación. Y si es cierto que toda

renovación puede encontrar resistencias —siempre existirán los que

instintivamente se asustan de cualquier novedad en la vida y en la actuación de

la Iglesia—, es de esperar que los obstáculos serán mucho mayores a (medida que

se progrese en esa tarea renovadora.

2." Nuestro pueblo —el pueblo cristiano de España— de tal manera había encarnado

el espíritu religioso del catolicismo y la misma actuación de la Iglesia que

llegaron éstos a constituir el entramado de

su vida social. Y esto, en principio, es digno d« elogió —ahora que se habla

tanto de «encarnación» no puede censurarse esa encarnación, que se hizo

legítimamente en otros tiempos—, pero ofrece dificultades especiales en un

momento de renovación eclesial.

Nuestro pueblo necesita, evidentemente, una formación profunda y esmerada, que

ineludiblemente habrá de ser lenta, para asimilar sin peligro algunas de las

reformas que se imponen.

Para evitar en estos momentos el peligro de confusión y hasta de escándalo será

indispensable que nosotros nos esforcemos para que todos puedan ver y entender

que la única finalidad que buscamos en todas nuestras de liberaciones y

acuerdos, el único móvil que nos impulsa, la única razón que nos justifica, es

el mejor servicio a la iglesia y, concretamente, a esta porción fiel pueblo d*

Dios —la Iglesia en España—, que nos ha sido encomendada. Que no son móviles o

razones de otro género, —aunque fueran legítimas en sí mismo, y aunque tengamos

que considerarlas también con interés para matizar nuestras decisiones— las que

nos mueven a escoger los temas o a dar detersniníMias directrices, sino únicas y

exclusivamente, el cumplimiento de nuestro deber de Pastores del pueblo de Dios.

Bien sé que a pesar de nuestra preocupación y de- nuestros esfuerzos no

lograremos avitar totalmente las suspicacias ni conseguiremos que todos

reconozcan nuestra rectitud de intención y nuestro afán de servicio. Incluso

algunos puestea llegar a sospechar que se oculten intencionéis meramente humanas

¿o políticas? en el mismo planteamiento de los teínas. Esto es inevitable y no

puede ser rasen para que nosotros callemos cuando tenemos obligacion de hablar o

para «rae soslayemos temas que pueden ser conflctivos.

Procuremos ser humildes, sencillos. Reconozcamos paladinamente nuestra debilidad

personal.

Procuramos extremar nuestra caridad y nuestra. delícadeza. Batanees seremos

fuertes, con la fuerza del Señor. Ni el halago podrá hacernos ceder ni la

Muesnaza podrá nacernos callar. Callando y hablando nosotros queremos hacer un

servicio a Dios y a los hombres, aun a aquellos que de momearte quizá no lleguen

a comprender la razón íntima y verdadera de nuestra conducta.

LA ASAMBLEA CONJUNTA

Tros esta primera parte, que podíamos salificar de «clarificación de

intenciones», el cardenal Enrique y Tarancón pasó a estudiar los que serán temas

centrales de esta Asamblea, pero se detuvo para clarificar antes un problema que

está como telón de fondo de ellos: el de la Asamblea conjunta. Y habló así:

Quizá convenga decir también una palabra sobre cada uno de los temas principales

que vamos a tratar, pero creo «ue es ineludible anteponer una reflexión general

sobre el «hecho positivo y dinámico tí» ia Iglesia de España» —según lo ha

calificado la misma Conferencia—que va a servir como de fondo a algunos de esos

temas. Me refiero a la Asamblea Conjunta sobre la que se lia hecho toda suerte

de alucnbraciojnes que quizá hayan impedido evse aípareeiese claramente su

auténtico significado, incluso Que tengantodos una idea exacta de su propia

identidad.

El porqué de la celebración de esa Asamblea Conjunta, es sobradamente conocido,

Yo no pretendo, además, hacer historia. Su justificación creo «ue está clarísima

aunque no sea más que por el lecho de que en muchas naciones —con procedimientos

parecidos o distintos, pero con idéntica finalidad?— se ha realizado esa sisma

experiencia.

Desde el primer momento de su convocatoria hasta el último instante de su

celebración se afirmó claramente y en todos los tonos —constaba, además,

expiícita-¡uiente en el reglamento de !a misma--;- «we .esa Asamblea no tenía

autoridad jurídica, no era un acto de magisterio, ni era una manifestación de la

autoridad eclesial.

•Cuando 1» Conferencia —la jerarquía— la- asiimció, no pedia intentar de ninguna

mañera canonizarla ea todas sus expresiones y detalles. Reconoció >jue era tm

«hecho .positivo y dinámico» —muy importante, además— para la Iglesia en España,

y se comprometió a recoger las sugerencias «u» sobre los problemas existentes

entre nosotros y sobre las imposibilidades y caminos de solución apartó aquel

dialogo que nadie podrá negar, que, con JKUS fallos inevitable —todas las obras

humanas los tiene, incluso los tuvo el mismo Concilio—, fue verdaderamente

importante.

Ahora, precisó a continuación, corresponde a los obispos emitir el «juicio

definitivos sobre aquellas conclusiones. Para ello tendrán en cuenta, «iodo lo

que más o menos autorizadamente sv ha dicho y escrito sobre estos temas»: el

documento de ía Santa Sede, «que la Asamblea ha recibido con el debido respeto,

aunque lamentando, como era lógico, que apareciese de forma sorprendentemente

extraña y con matice® de escándalo, pero que tóeos hemos leído con el interés

que merece», los escritos de teólogos y cuanto se ha publicado en ía Prenso o ha

sido transmitido privadamente a los obispos. Todo ello ^servirá para emitir

juicio y para tomar decisiones».

Nuestro intento—´prosiguió—no es dar la razón a unos o a otros, y macho menos

molestar a nadie. No pretendemos aparecer como «vencedores», porque la verdad es

«ue no puede ni debe baber vencidos. No queremos imponer ningún criterio

personal, sino manifestar etsál ha de ser la Enea de pensamiento y de conducta

que liemos de aceptar todos en beneficio´ del pueblo de Dios.

Yo creo sinceramente que, hasta ahora al menos, hemos logrado no perder la

serenidad ni el equilibrio, indispensables para enfocar rectamente esios

problemas. Y «ue no hemos sido nosotros—la Conferencia— los que hemos fomentado

¡a disolución, que si se ha producido ha sido en contra de nuestra voluntad y

habiendo puesto de nuestra parte todos los medios —hasta el silencios qise tanto

cuesta ea determinadas circunstancias— para evitarla.

EL APOSTOLADO SEGLAR

A continuación pasó a examinar cada, uno de los tres temas que serán centrales

en esta Asamblea. Y el primero de ellos el del apostolado seglar. Tema •—dijo—

«que lleva un lastre complejo ideológico, personal y hasta afectivo en algunos

cosos». Este tema —subrayó el cardenal— deberá plantearse ahora desde una

coordenada central: «la promoción apostólica y pastoral de toda la comunidad

eclesial, de todo el pueblo de Dios, como una unidad y un todo-». En el marco de

esta promoción integral son neo sólo convenientes, sino necesarios, los

movimientos apostólicos de seglares», la Acción Católica entre ellos, pero todos

han de considerarse ^medios para conseguir esa promoción apostólica y pastoral

de toda la comunidad». Este nuevo planteamiento exigirá superar «los esquemas y

las prácticas utilizadas hasta ahora´». No se trata simplemente de reconstruir,

pues eso seria, tanto como «limitarnos a poner remiendos nuevos en vestidos

viejos», cuando lo que hace falta es encontrar «.odres nuevos que puedan

contener sin romperse el vino nuevo de esa actuación apostólica y pastoral de

los seglares que nos ha presentado olaraments el Concilio».

COLABORACIÓN ENTRE LA IGLESIA, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO

Pasó después al tema más formulado, que el cardenal tituló, ano sin intención»,

colaboración entre la Iglesia, la sociedad y el Estado, y no como suele hacerse,

relaciones de la Iglesia y el Estado. Y añadió:

«Y prefiero titularlo así porque de esta manera s« puede comprender claramente

hasta por el mismo enunciado que no se traía de «na «ruptura» o de un

«desconocimiento mutuo» como algunos, no sé si siempre sincera y lealmente, han

querido entender.

Se traía precisamente de buscar esa «mejor cooperación», esa positiva y sana

colaboración para bien de todos que lia de tener actualmente, no sólo por

exigencias de la misma Iglesia, sino por exigencias también de la propia

comunidad y política consciente de su autonomía y de todos los derechos que le

competen, y aun por exigencia de la misma psicología del hombre moderno que no

admite «componendas» ni intercambio d« competencias y privilegios, ha de tener,

digo, un signo diferente al que tuvo en otros tiempos y ha de utilizar anos

medios distintos a los que, con refía intención y con eficacia, sin duda, se han

utilizado comúnmente

No sólo no pretendemos, desinteresarnos de los bienes humanos sociales y

políticos de nuestros hermanos los hombres, o poner dificultades a la acción de

la legítima autoridad; antes, por el contrario, queremos prestar a todos el

mejor servicio, el que nos correspondí» como pueblo de Dios, contribuyendo a

«difundir eaáa vea más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de

cada nación y entre las naciones», procurando «fomentar y elevar todo cuanto de

verdadero, de bueno y de bello hay en la comunidad humana», para «consolidar la

paz en la Humanidad para gloria de Dios», como nos ha señalado el Concilio.

Y somos conscientes de que esto lo hemos de conseguir, como precisa el snismo

Concilio, «con nuestra fiel adhesión al Evangelio y con el ejercicio de nuestra

misión específica en el mundo; sin pretender otros poderes que ni nos

pertenecen, ni nos convienen, sino apoyándonos exclusivamente en la palabra de

Dios y «utilizando todos y sólo aquellos medios que sean conformes *1 Evangelio

y al bien de todos según la diversidad de tiempos y situaciones».

En ese afán positivo de leal cooperación, que como dije en otra ocasión —no

conviene perderlo de vista— se puede realizar tanto «asintiendo como

disintiendo», pero que incluye esios dos conceptos: independencia y cordialidad

que deben ser complementarios par» lograr una recta y sana cooperación; es,

digo, ese afán positivo de leal cooperación el >iue nos mueve a plantear este

problema, que si en todas Sas partes del mundo es de actualidad —bien lo hemos

visto en el modo de proceder de otras Conferencias Episcopales—, —entre nosotros

tiene matices propias y encierra, no hay por qué ocultarlo, una especial

dificultad. Dificultad que todos nos hemos de esforzar en superar, a fin de que

se pueda conseguir el mayor bien deseable eoa el menor deterioro posible. Es ese

afán positivo >&e leal cooperación el que va a estar presente en nuestras

deliberaciones y el que va a inspirar nuestra decisión fina!. Queremos servir a

Dios, a la Iglesia y a la comunidad humana, a la que también nosotros

pertenecemos, de fe. mejor manera posible.

PALABRAS DEL NÚNCIO

Finalmente el cardenal Tarancón se detuvo en un tercer e importante tema: el de

la promoción de las vocaciones sacerdotales, al que la Asamblea dedicará su

atención en las jornadas finales y sobre el que tendremos que volver.

El acto dé apertura se cerró con las tradicionalmente sencillas palabras del

nuncio de Su Santidad, que presentó a tos obispos su «saludo afectuoso y

fraterno* e invitó a los prelados españoles a actuar «cow profundo sentido de

responsabilidad, con valentía y prudencia y, sobre todo, con visión

sobrenatural».

La sesión de apertura se cerraba asi en un, clima de sereno optimismo que parece

el clima ideal para los importantes temas que se habrán de afrontar u lo largo

de toda la semana. La jornada de hoy se centrará en el estudio de un amplio

informe —setenta folios— ¿obre el apostolado seglar y probablemente la de mañana

verá ya la lectura de la ponencia sobre las relaciones entre la Iglesia y la

comunidad política, informe esperado con el máximo interés por los prelados y

cuyo pase al pleno fue decidido —según parece no sin intensa discusión— por la

Comisión Permanente, que ha dejado al pleno la función de valorarlo y ¿Le

determinar tíos ulteriores trámites posibles- para su elaboración y destino». El

tema queda asi abierto a ¿ornadas que serán, sin duda, importantes. Todos los

comentarios preveían hoy que las conclusiones podrían ser tan firmes y tan

serenas como lo fue el discurso introductorio de esta XVII Asamblea.— P. MARTIN

DESCALZO.

 

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