Cardenal Enrique y Tarancón:. 
 Hoy no sirve la idea de la catolicidad     
 
 Informaciones.    15/12/1975.  Página: 1,9. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

Director: JESÚS DE LA CARDENL AL ENRIQUE Y TARANCON:

((Hoy no sirve la idea de la catolicidad de España»

«¡SE ACENTUA LA DIFERENCIA ENTRE LA SOCIEDAD CIVIL Y LA COMUNIDAD

ECLESIASTICA»

«QUE. NADIE NOS ACUSE A LOS OBISPOS DE QUERER ROMPER CON LA IGLESIA DE 1937»

CARDENAL ENRIQUE Y TARANCON, EN LA APERTURA DE LA ASAMBLEA EPISCOPAL

i! NO SIRVE U IDEA DE LA UNIDAD CATOLICA DE ESPAÑA

• LA JERARQUÍA ECLESIASTICA NO PUSO ARTIFICIALMENTE EL NOMBRE DE «CRUZADA» A

LA LLAMADA GUERRA DE LIBERACIÓN.

• LA IGLESIA ESPAÑOLA, DISPUESTA A ASUMIR EL CAMBIO.

• SE EQUIVOCAN LOS QUE NOS ACUSAN DE OPORTUNÍSIMO.

MADRID, 15. (INFORMACIONES.)

LA consigna de los católicos españoles durante la guerra civil de que «España no

podía dejar de ser católica sin dejar de ser España», que motivó la carta

colectiva de los metropolitanos en 1937, por la que se calificaba de Cruzada la

contienda, consigna «que tuyo aires tfe grito guerrero y sirvió indudablemente

para defender valores sustanciales y permanentes de España y del pueblo

católico, no sirve para expresar hoy las nuevas relaciones entre la Iglesia y el

inundo, entre la religión y la patria ni entre la fe y la política, ha dicho el

cardenal Enrique y Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal Española en

el acto inaugural de la vigésima tercera asamb1ea plenaria de los obispos, que

en esta ocasión tiene lugar en Los Negrales, a cuarenta kilómetros de Madrid."

Del importante discurso del cardenal Tarancón parece deducirse la inoportunidad

hoy de la confesionalidad católica del Estado español. El presidente de la

Conferencia Episcopal ha comenzado su discurso con las siguientes palabras:

«Celebramos esta asamblea en un momento importante, que bien puede considerarse

histórico para nuestra Patria. Es lógico que yo me refiera a él en este discurso

de apertura, ya que nos afecta aquí y en esta asamblea como pastores de la

Iglesia.» En resumidas cuentas, los obispos durante esta asamblea van a tratar

de concretar su postura ante el cambio político en España. El cardenal Enrique v

Tarancón ha dejado sentado que «nadie puede ignorar que, como resultado de un

proceso creciente, se va acentuando cada vez más la real diferencia entre la

sociedad civil y la comunidad ec1esiástica», y que «nuestra fidelidad al

Evangelio y a nuestro pueblo nos impulsa hoy como entonces (se refiere a la

postura de la Iglesia durante la guerra civil) a asumir los cambios».

LA «CRUZADA» V EL CAMBIO

«Una figura auténticamente excepcional —ha dicho el cardenal— ha llenado casi

plenamente una etapa larga —de casi cuarenta años— en nuestra Patria. Etapa

iniciada y condicionada por un hecho histórico trascendental —la guerra o

cruzada de 1936— y por una toma de postura clara y explícita de la jerarquía

eclesiástica española, con documentos de diverso rango, entre los que sobresale

la carta colectiva del año 1937. Yo era ya sacerdote cuando se implantó la

República en España. Y había, recorrido casi todas las diócesis españolas como

propagandista de Acción Católica, mienbro de la llamada Casa del Consiliario,

cuando empezó la contienda de 1936. Y quiero decir ahora que, prescindiendo del

estilo personal de aquella carta colectiva que descubría fácilmente a su autor,

el contenido de la misma no podía ser otro en aquellas circunstancias

históricas. La jerarquía eclesiástica española no puso artificialmente el nombre

de Cruzada a la llamada guerra de Liberación: fue el pueblo católico, de

entonces que, ya desde los primeros días de la República, se había enfrentado

con el Gobierno, el que precisamente por razones religiosas unió fe y Patria en

aquellos momentos decisivos. "España no podía dejar de ser católica sin deiar de

ser España"

Pero esta consigna que tuvo aires de grito, guerrero y sirvió indudablemente

para defender valores sustanciales y permanentes de España y del pueblo

católico, no sirve para expresar hoy las nuevas relaciones entre la Iglesia y el

mundo, entre la religión y la Patria, ni entre la fe y la política. Tampoco es

justo juzgar el pasado y, concretamente, actuaciones de la Iglesia, que asumió

la manera de pensar y de sentir de su pueblo en un momento dado, con la,

perspectiva histórica y la „ mentalidad moderna que ha incorporado nuevos datos

y experiencias a su pensa, miento sobré la libertad religiosa y-la autonomía de

la política. Se equivocan los que juzgan duramente a la jerarquía y hasta llegan

a acusarla de oportunismo, porque no mantiene uña postura comprometida con un

sistema político determinado. Y yerran también los que^ en virtud de reacciones

opuestas o de opciones políticas que se erigen colitó exclusivas del Evangelio

pretenden llevarnos a compromisos políticos de signo diferente. Que nadie los

acuse a.los obispos de querer romper con nuestros predecesores, ni con la

Iglesia española del año 37: somos sus herederos, elegidos por el Espíritu Santo

para guiar hoy el pueblo de Dios y nuestra fidelidad al Evangelio y a nuestro

pueblo es la que nos impulsa hoy como entonces a asumir los cambios que,

querámoslo o no, están repercutiendo profundamente en la conciencia cristiana de

nuestros fieles.

AUMENTA LA DIFERENCIA IGLESIA-ESTADO

Nadie puede ignorar que como resultado de un proceso creciente, se va acentuando

cada vez más la real diferencia entre la sociedad civil y la comunidad eelesial.

En primer lugar, porque la pertenencia al Estado es un hecho necesario y la

pertenencia a la Iglesia deriva de un acto libre de conversión; en segundo

lugar, porque aún en la hipótesis de que todos los ciudadanos formaran

libremente parte de la Iglesia, ésta seguiría teniendo su propia naturaleza, sus

propios" objetivos, sus propios medios y fines específicos. Por su origen

histórico y sus finalidades, la Iglesia no es asimilable con ninguna otra

institución o ideología humana; y aunque el Evangelio deba tener repercusiones

reales sobre todos los aspectos de la vida del individuo y de la sociedad como

tal, no puede ser reducido a ningún sistema o ideología de naturaleza secular.

El Evangelio es una oferta histórica de gracia hecha por Dios a los hombres de

cada cultura y de cada generación y requiere, por tanto, la aceptación libre por

parte de éstos: lo cual quiere decir que no puede ser impuesto, sin más, como

norma de convivencia civil por ninguna autoridad humana, ni a través de ninguna

estrategia política. Le basta al Evangelio transformar las conciencias j

proyectar su luz sobre las estructuras sociales y políticas que han de ser

creadas y moderadas por la conciencia ciudadana.»

Tras aludir a las recientes y reiteradas orientaciones del Episcopado Español

sobre estos temas, el cardenal Enrique y Tarancón, ha dicho: «No siempre hemos

sido escuchados y en alguna ocasión ni siquiera bien ´interpretados. Pero es

Justo reconocer que nuestros documentos colectivos han ido abriendo horizontes y

despertando en las conciencias de muchos españoles una comprensión mas

actualizada de la misión de la Iglesia.

Gracias a Dios —ha añadido—, no partimos de cero y hasta me atrevo a afirmar que

estamos medianamente preparados para hacer frente, con la ayuda de -Dios, a las

responsabilidades de este momento. Cuando tuve que actuar en un acto reciente —

en la celebración de la eucaristía en la que quiso participar ejemplarmente el

Rey de España, para invocar públicamente el auxilio del Espíritu Santo—,

sabiendo, desde luego, que hablaba bajo mi responsabilidad estrictamente

personal, pero teniendo en cuenta que mis palabras iban a interpretarse como

manifestación de la postura de la Iglesia —no por mi persona, evidentemente, si

no por el cargo que ostento—, me bastó hilvanar conceptos y hastá frases

literales del Concilio y de los documentos de está Conferencia para explicar el

sentido de aquella solemne celebración. Y me creí en el deber —no siempre

resulta lo más fácil hacer lo que se cree en conciencia que debe hacerse— de

explicar a todo el mundo cuáles son los compromisos de la Iglesia con la Patria,

qué es lo que ésta le puede pedir y qué -lo que la Iglesia puede dar a aquella

comunidad nacional a la que amamos, tanto, por lo menos, como los demás, y a la

que queremos servir, hasta con el sacrificio personal, desde nuestro propio

campo y en el cumplimiento de nuestra misión específica.

Nuestra oración sincera por don Juan Carlos I, Rey de España, llena de respeto y

amor hacia su persona y hacia la autoridad" qué encarna, no fue en aquella

ocasión una fórmula más, y yo me atrevo a pedir desde aquí a todos los católicos

españoles que se unan a ella de corazón y perseveren en este grato deber de todo

cristiano de,pedir por, las legítimas autoridades del Estado.

Cuando la Iglesia anuncia el Evangelio y trata de actualizarlo auténticamente

para la sociedad en la que realiza su misión, propone metas u objetivos tales

como la Justicia, la paz y la fraterna convivencia, pero respeta el campo

estricto de la política en el que dentro de los límites de la ética cristiana,

los creyentes han de elegir los medios, determinar las posibilidades y programar

los momentos, colaborando y compitiendo con el resto de los ciudadanos. La luz

del Evangelio proyectada sobre la sociedad y sobre todas las realidades

temporales no concluye a formas políticas concretas, aunque sí puede excluir

aquellas qué atontan contra la pacífica convivencia o los derechos fundamentales

del hombre o se valen de medios o estrategias no conformes con el Evangelio.

ALGUNOS PROBLEMAS

Esta Conferencia Episcopal expuso ya no hace mucho la doctrina sobre las

relaciones entre la Iglesia y la comunidad política. Y poco o nada podríamos

añadir a aquellos documentos. Creo sin embargo que dentro de la Iglesia y en la

conciencia de muchos cristianos, como consecuencia de la convivencia civil, se

plantean cada vez más angustiosamente problemas que afectan a la vida y

concordia de las comunidades cristianas, a las relaciones de los fieles entre sí

y con sus pastores y a un* a la misma credibilidad y eficacia de la Iglesia y de

su misión al servicio del Evangelio y de los hombres. Por eso será necesario que

reflexionemos expresamente sobre algunos problemas que ya se han manifestado en

los últimos años y que sin duda se manifestarán más intensamente en un futuro

inmediato.

No es un hecho nuevo entre nosotros la existencia de fanatismos político-

religiosos, pero sí su agresividad y exaltación pseudorreligiosa para recubrir

ideas y opciones políticas de distinto signo que

amenazan con romper la unidad religiosa de los creyentes por la primacía que

conceden a las ideas y a los con flictos políticos y llegan a veces a negar la

comunión con los miembros de la, Iglesia que mantienen otras ideas políticas o

con los pastores que no satisfacen sus aspiraciones o sus exigencias de orden

político más que religioso. Y hasta se intenta juzgar la vida de la Iglesia y

reestructurar radicalmente sus instituciones desde unas opciones estrictamente

políticas.

ORACIÓN POR EL REY

Él desmedulamiento de una auténtica vida de fe que se alimenta del contacto

con Dios por medio de la oración y que ha de mantenerse principalmente por

medios sobre naturales, es también una triste realidad —más o menos consciente—

producida en parte por el mismo ambiente del mundo ®i que estamos inmersos, que

se emborracha con la eficacia y reacciona incontroladamente contra el llamado

«espiritualismo angélico» o «desencarnado». El temporalismo comienza allí donde

los cristianos desatienden los valores sobrenaturales y olvidan el fin

escatológico de su acción apostólica. Todos esos fenómenos —esas realidad es

preocupantes— han de hacernos pensar mucho en estos momentos. Nos están

exigiendo —yo creo que con urgencia— una palabra de orientación y una postura

clara y terminante. Y digo que nos lo exigen porque es fácilmente previsible que

en los años próximos se desarrolle entre nosotros una mayor preocupación por los

asuntos políticos y una mayor participación de todos los ciudada ños en los

asuntos públicos. Lógicamente, los sacerdotes, religiosos y seglares católicos

que sienten cada día más fuertemente su responsabilidad en el orden temporal,

exigirán de nosotros una clara idea de la diferenciación entre la misión de la

Iglesia y los objetivos de la sociedad civil y política, los métodos propios de

la Iglesia y los métodos de las instituciones y acciones políticas.

PRINCIPIOS

Dado nuestro temperamento, un poco y, hasta un mucho apasionado, propenso

fácilmente al -radicalismo exclusivista, sobre todo por la dialéctica de las

tensiones que ya se han producido, el pluralismo político que es lícito entre

los católicos, como dice claramente el Concilio, someterá a prueba la unidad de

la comunidad eclesial. pondrá en peligro la disciplina y puede degenerar en un

problema auténtico de fe. En este campo intraeclesial y estrictamente pastoral,

en el que tenemos el derecho y deber de intervenir, yo me atrevería a sugerir

algunos principios o pistas de reflexión que pueden exigir ahora nuestra

intervención:

a) La autonomía 4e lo temporal que tiene sus propias leyes y sus peculiares

exigencias, que deben ser respetadas por la Iglesia, aunque esto suponga una

disminución de su relevancia y de su influencia social, y la autonomía de la

misma Iglesia para realizar íntegramente su misión de predicar y .aplicar todo

el mensaje de Cristo, autonomías que han de completarse y en ninguna manera

interferirse en laa formas concretas de una sana y fecunda colaboración.

b) La responsabilidad que tienen los cristianos como ciudadanos, aun

por razone» de fe, de colaborar en el desarrollo de la sociedad de que forman

parte, para mantener y proteger los derechos de todos los hombres y conseguir

una convivencia fraterna en un ambiente de justicia, de libertad y de paz.

c) Este distanciamiento de la Iglesia como tal, respecto a las formas o

instituciones políticas, cuyo fruto primero es el de relativizar hasta ciertos

límites las opciones políticas, no sitúa a la Iglesia en una región etérea de

completa neutralidad respecto al quehacer humano, sino en su propio

terreno, para poder desempeñar su misión con mayor limpieza y

credibilidad, al servicio de la auténtica justicia en el mundo

d) Cómo debe actuar la fuerza unitiva de la fe y de la Eucaristía, por

encima de las divergencias sociales y políticas.

e) La necesidad de mantener la identidad religioso-sobrenatural de la

Iglesia de Cristo, que es, por voluntad de su Fundador, una sociedad única, con

una misión específica que se realiza en este mundo, pero con proyección siempre

hacia el reino futuro.

f) La peculiaridad del ministerio sacerdotal, que tiene una misión sagrada

que, aun teniendo una proyección necesaria en la vida individual y social del

hombre, ha de se» siempre «dispensador de los misterios de Dios», vínculo de

unión de la comunidad cristiana, teniendo obligación de sacrificar posturas y

actuaciones que, aun siendo cristianamente legítimas, pueden oscurecer su

función sagrada o entorpecer su fuerza de unidad. .

Ya sé que todos estos principios están en los documentos conciliares y han sido

recogidos y aplicados en algunos de los documentos de la conferencia. Me da la

impresión, sin embargo, de que por razones que no son del caso, no han tenido

toda la .difusión que merecían ni han sido entendidos por todos correctamente.

Yo me atrevería a pensar que se hace indispensable, partícularmente ahora por

!os motivos que he expuesto, una nueva exposición de los mismos con una claridad

y un estilo que facilite su comprensión para hacer un poco de luz en medio de la

confusión que reina —no lo podemos ignorar— en

muchos grupos de nuestro pueblo de Dios, de cuya buena voluntad no se

puede dudar, pero cuyas posturas y actuaciones nos están preocupando muy

hondamente.»

INFORMACIONES

15 de diciembre de 1975

 

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