Autor: Páez, Cristóbal. 
   El gabán, como síntoma político     
 
 Arriba.    13/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL GABÁN, COMO SÍNTOMA POLÍTICO

MALDITA lo. importancia que tiene, pero me chocó- Me chocó, digo, la forma en que se presentaron en el Palacio de la Moncloa, para conversar con el Presidente Suárez, los representantes de la oposición modelada y los representantes de la oposición democrática. Mientras el líder del Partido Socialista Democrático Español, señor García López, por su parte, y los líderes de Alianza Popular, señores Fernández de la Mora, López Rodó, Silva Muñoz, Thomas de Carranza y Julio Iranzo, por la suya, se protegían del frío con abrigos, los miembros de la mini-comisión negociadora, señores Satrústegul, González, Cañellas y Jáuregui desafiaban a las inclemencias del tiempo a cuerpo limpio.

Ignoro si unos y otros se habían puesto previamente de acuerdo, sobre los pormenores del atuendo. Ignoro, asimismo, si la anotada diferenciación entre ambos grupos estuvo dictada por motivos personales de orden térmico, ciertamente irrelevantes a efectos políticos, o por muy profundas razones de estilo. El caso es que el bando de la moderación optó por el gabán, con todas sus lejanas implicaciones burguesas, y el bando menos moderado, más duro y exigente, para entendernos, despreció no sólo tan confortable prenda de abrigo, sino incluso el liviano chaleco.

Quizá por haberse ahormado en la intemperie política, los señores de la oposición democrática se han familiarizado con todo linaje de crudezas, incluido el áspero cierzo invernizo del Guadarrama. Sea, a lo mejor, porque .para tales desabrigados personajes empezaba a lucir en la tarde de) pasado martes un sol caliente y largamente ansiado: la negociación con la más alta instancia política. El caso, insisto, es que estos señores se han pasado el frío por sus incipientes arcos del triunfo. A lo mejor llevaban celosamente ocultos las acreditadas camisetas y los acreditados calzoncillos del doctor Rasuré; pero, aunque así fuera, esto será un secreto confiado a la historia y a la paciente investigación de quienes honestamente la sirven. Allí, en el grupo de los señores Jáuregui, Satrústegui, González y Cañellas, fotografiado a la puerta del Palacio de la Moncloa una tarde casi glaciar, brillaron por su ausencia gabanes y suéters. Al menos en apariencia no hubo trampa ni cartón.

Una última precisión: Felipe González, alérgico a la corbata, no apareció despechugado. Llevaba, creo, una prenda camisera de cuello cisne, supongo que de algodón, pues si es de lana habría jugado con ventaja y la afición tendría motivos para sentirse justamente defraudada.

Y ésta es la pequeña historia, a lo peor superficial y mal hilvanada, de una jornada meteorológicamente desapacible y políticamente-te esperanzadora. De ella son protagonistas unos hombres precavidos, parte de los cuales parecen acreditar con su atavío su pasada permanencia en las estufas del Poder, y otros hombres que, como surgidos del frío, se encaminan a cuerpo limpio hacia el vedado de las estufas y las poltronas: oro, incienso y mirra.

Con la nieve, que faltó, y los pastores, que no se vieron por ninguna parte, este sucinto, tibio articulito no sería lo que es; sería —la pluma se me hace agua— un largo, caliente, mágico cuento de Navidad para ser contado, de padres a hijos, de abuelos a nietos, al cálido amor de la lumbre.

Cristobal Paez Jueves 13 enero 1977

 

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