Funcionan las instituciones     
 
 Informaciones.    26/09/1970.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Funcionan las instituciones

LA semana Que acaba ha dado pábulo a un sinfín de comentarios en torno al caliente otoño político. Comenzó con la reunión de la Comisión Permanente de las Cortes, que concedió un suplicatorio, a petición del Pleno del Supremo, para procesar a un procurador en relación con el asunto Matesa. Y terminó con la reunión del Consejo del Reino, sobre la que se montaron toda clase de cabalas. Entre ambas reuniones también tuvo lugar la del Consejo de ministros y la del Consejo de Estado. En esta última juró su cargo de consejero el teniente general Diez Alegría, portavoz en el Consejo, según sus propias palabras, «de la defensa de la Patria».

Esta intensa actividad de reuniones y de Consejos pone de relieve un hecho trascendental: funcionan las instituciones.

Cuando el señor Fueyo, el más «duro» de nuestros aperturistas y el más aperturista de nuestros «duros», contestó a la famosa pregunta «¿Después de Franco, qué?» con la famosa respuesta «Después de Franco, las instituciones», le faltó una aclaración: las instituciones son también, y funcionan, con Franco en la Jefatura del Estado.

De manera sutil pero acelerada, estamos asistiendo al velos rodaje de estas instituciones, que configuran el ordenamiento político del régimen y que son en definitiva garantía de continuidad política y de paz para el país. El hecho de que en palabras del propio Jefe del Estado la española sea una Constitución abierta, no significa que no haya sido completada ya, en todos sus engranaje, para el normal funcionamiento. El hecho de que leyes esenciales, como la relativa al asociacionismo, la de Régimen Local, la

Electoral y la Sindical, permanezcan pendientes, no empaña, la realidad observable de una actividad cada vez más fructífera en las Cortes —o niveles de permanente y a niveles de «familiares», que hoy se reúnen en San Sebastián— en el Consejo de Estado, en el del Reino... Asistimos a una normalización de nuestro devenir político, cuyo final último es el objetivo de la continuidad. Y cuyo medio de realizarse es el cumplimiento de la ley.

Este buen funcionamiento de ¡as instituciones, esta normalización de nuestra vida política es en definitiva la mejor prueba de la madures, responsabilidad y buen sentido político que los españoles hemos aprendido duramente a tener. Pero esta misma madurez y responsabilidad es la que nos mueve a lamentar abiertamente determinados hechos anecdóticos —aunque trascendentes en su anécdota— que desdicen de la realidad de un pueblo con estabilidad política y empeñado en su desarrollo económico. Anécdotas tan reveladoras como las cautelas establecidas en torno a las elecciones municipales, otro tema candente de la semana que hoy se cierra.

El aparato administrativo no alcanza la altura del aparato político. Y este, a su vez, adolece de un punto de retraso con respecto al palpito de la vida misma de la nación. Esta realidad constatable es la que nos hace hoy reflexionar sobre un hecho contundente: si las instituciones funcionan por si solas, y funcionan bien, y si con ello está garantizada to paz social y el orden político estable, es preciso perder recelos y temores y eliminar travas administrativas que impiden el normal desarrollo de nuestra democracia.

 

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