Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La hora de la verdad     
 
 El País.    22/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL PAIS jueves 22 de septiembre de 1977

TRIBUNA LIBRE

La hora de la verdad

MANUEL FRAGA IRIBARNE Secretario general de Alianza Popular

En política, como en todo lo demás, llega la hora de la verdad. Un deportista puede decir a sus amigos

que es capaz de batir tal o cual marca, pero llega un momento en que hay que salir a la pista y enfrentarse

con el cronómetro. Un negociante puede convencer a determinados clientes para que le den dinero para

tal o cual inversión, ofreciendo espléndidos beneficios; llega un momento inexorable en que hay que

hacer la cuenta de pérdidas y ganancias. Los ejemplos pueden multiplicarse, y son necesarios, porque en

la vida normal todos sabemos que los plazos se cumplen y los vencimientos son inevitables.

La política, por supuesto, es un reino en el cual se funciona con una dosis mayor de fantasía. Las

ficciones y la prestidigitación aguantan más tiempo; la retórica tiene un campo reconocido; las relaciones

públicas y la televisión la han perfeccionado. Pero la imagen, la famosa imagen, no es masque eso, un

fantasma; puede imponer y asustar, pero no es una realidad, y cuando llega el amanecer, desaparece. Esa

es la hora de la verdad.

«Los hechos son testarudos». Intenta uno negarlos, pero no sirve. Los hechos están ahí, y todos los

conocemos. Hay una crisis económica seria; no falta uno solo de los factores negativos: inflación alta,

falta de productividad, ausencia de inversión, grave déficit del presupuesto y de la balanza de pagos,

endeudamiento exterior, descapitalización y endeudamiento de las empresas, hundimiento espectacular de

la Bolsa. Hay una crisis social seria; desmontado frivolamente el viejo sistema sindical, sin haber

preparado su relevo, hay cientos de edificios vacíos y miles de funcionarios mano sobre mano; los

servicios de todas clases que daban a los trabajadores se han interrumpido; las nuevas centrales sindicales,

en lucha por la afiliación, no tienen la entidad suficiente para dar esos servicios, ni la autoridad necesaria

para actuar como interlocutores válidos en las negociaciones colectivas; aparecen entonces los

«movimientos asamblearios», sus líderes improvisados, la subasta de las demagogias, las reuniones

tumultuarias en que se vota bajo la presión, y los piquetes amenazadores y violentos. Hay una crisis sería

del orden público, sobre la cual se da una información insuficiente; pero el número de manifestaciones

desmadradas, de enfrentamientos violentos durante su celebración y al final, de cartas amenazadoras, de

robos en casas particulares, de hurtos de automóviles, de violaciones, de toda clase de alteraciones de la

paz ciudadana, de enfrentamientos con las fuerzas del orden, van en triste y dramático aumento. Hay

crisis de la unidad nacional, que no puede confundirse con el legítimo deseo de descentralización y

autonomía. Se quiere retroceder dos o tres siglos en la evolución nacional; se insulta a la bandera de la

patria; se ignoran los asesinatos y los secuestros, y se quiere hacer héroes de quienes los planean y

ejecutan. Y todo ello en medio de la improvisación, la debilidad y la presión; en vez de tratar las cosas

seriamente y en las Cortes del Reino.

Estamos, en fin, en una grave crisis política, consecuencia de todo lo dicho y de la ausencia de unos

planes claros y responsables del Gobierno. Si en todo tiempo el Gobierno está obligado a gobernar, es

decir, no a un simple ir tirando, sino a presentar direcciones de marcha y programas congruentes, ello es

más necesario que nunca en un periodo de transición. En lugar de esto, vemos a un Gobierno que no

gobierna, una Administración parada y un partido de Gobierno que justamente porque está hecho desde el

Gobierno no puede ayudarle ni conectarle con el país real. En vez de programas positivos, sólo se nos

anuncian nuevas listas de concesiones sin contrapartida, mientras que desde otras posiciones se acepta

todo, sin ocultar que se trata de puntos de partida para nuevas posiciones y exigencias.

Finalmente, en el plano internacional, las cosas están como cabe esperar de lo ya dicho. Al débil no se le

ayuda, se le exige, se aprovecha la ocasión para sacarle nuevas concesiones. El famoso tema de Europa

vuelve ahora a sus justos términos, como algunos habíamos advertido a tiempo: Europa no es sólo

democracias, es muchas cosas más, y sobre todo un club de intereses. Francia quiere que entremos sin

nuestra agricultura; Alemania, sin libertad plena para nuestros emigrantes; Inglaterra, rebajando la presión

sobre Gibraltar, y así sucesivamente. Hasta el Consejo de Europa dice que quiere leer primero nuestra

Constitución.

Las esperanzas que algunos manejaron ahora tienen que pasar la prueba de esos hechos inexorables. Se

habló de que la economía, con un «modelo» mejor que el «desarrollismo triunfalista», iba a prosperar.

Pues parece que no aparece el tal «modelo»; de momento se gasta más en todo y no se resuelve nada. Se

dijo que las relaciones laborales, quitado el «corsé verticalista», se volverían más naturales, y el resultado,

más positivo. Pues tampoco parece confirmarse, por desgracia. También se dijo que el orden público, al

ser llevado con criterios menos «autoritarios y represivos», se lograría con menos enfrentamientos. Que

se lo digan a las buenas gentes de San Sebastián. También se postuló que la unidad nacional, en cuanto

aflojara el «férreo centralismo», se iba a perfeccionar; esperémoslo. En fin, que la política, con nuevos

modos, haría a los españoles «justos y benéficos». Estamos en ello.

No se trata, por supuesto, de fáciles recriminaciones ni de cómodos «lo dije». Mucho menos se trata de

pretender que todo lo de antes era perfecto; he sido y soy un reformista. Lo que ocurre es que reformar es

una cosa muy seria, y nada tiene que ver con la ligereza, el oportunismo y la improvisación.

Hablemos, pues, de lo que hay que hacer, de lo que podemos y debemos hacer. España está ahí, mirando

ansiosa a sus gobernantes y representantes. Todos respondemos, cada uno según sus posibilidades reales,

de lo que ocurra.

Me atrevo a hacer un puñado de modestas proposiciones.

En primer lugar, pienso que todos deberíamos hablar menos de generalidades y más de planes concretos.

Es el momento del «mostrad cómo». Basta ya de tirarnos a la cabeza grandes frases, como libertad,

democracia, justicia, orden, etcétera. Digamos de una vez qué queremos hacer este año y el que viene.

Porque, en segundo lugar, de eso se trata. Hay que establecer un plan a dos años, de ahora a septiembre de

1979. Un plan de seriedad, de austeridad, de ejemplaridad, de profesionalidad; no podemos seguir

improvisando y dando bandazos. Ese plan debe comprender una Constitución realista con sus leyes

orgánicas complementarias; un serio planteamiento del orden público y del respeto a la ley, y un acordado

enfriamiento de las cuestiones que no tienen solución a corto plazo. Todo ello con vistas a restablecer la

confianza y a restablecer la economía, hoy al borde de la catástrofe.

En tercer lugar, es necesaria la coparticipación de todos los grupos responsables en la acción y en la

responsabilidad. Ello no quiere decir que se haga, necesariamente, a través del Gobierno. Pero de un

modo u otro tiene que haber pactos básicos de programa, de acción constitucional y legislativa, de tregua

polémica y de carácter electoral. Sin lo cual el país seguirá deteriorándose y considerando que el sistema

político no le sirve para sus necesidades reales.

Es la hora de la verdad. No es momento de engañar a nadie, y menos de engañarse a sí mismo. Es la hora

de servir y de trabajar. Muchos son los que esperan la voz de marcha. Sepamos dársela, por lo que

valgamos.

 

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