Autor: Montaner, Carlos Alberto. 
   La atomización del PCE     
 
 ABC.    31/10/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

OPINIÓN

SÁBADO 31-10-81

La atomización del PCE

Uno de mi calle me dice que conoce a un tipo que le hace caso a Santiago Carrillo. Yo no me lo creo.

Tiene que probármelo. A Santiago Carrillo ya no le hace caso nadie. Entre afganos, moscovitas,

socialdemócratas, vascos, catalanes, gallegos y canarios, el Partido Comunista de España pasa por una

fase —con perdón— de liliputización que puede transformarlo de fenómeno político en rareza

antropológica.

Pero, curiosamente, los demócratas no deben alegrarse de los descalabros del PCE. Es preferible que los

cabezas calientes dispongan de un espacio político como el del PCE para ejercer sus radicalismos, sin que

contaminen (más) el muy moderado PSOE del señor Felipe González. Y, además, lo que es más

importante, es preferible un Partido Comunista pequeño pero bien implantado en todo el territorio

nacional y con un sentido unitario del país que una balcanización de los comunistas en crispados

grupúsculos regionales. A fin de cuenta los partidos nacionales, incluyendo, irónicamente, a los

comunistas, son factores de cohesión en un momento histórico en el que nada se necesita más que vencer

las tentaciones cantonalistas desmelenadas.

Es muy peligroso que UCD sea un partido castellano o que Alianza Popular se atrinchere solamente en

Galicia. Juega con fuego la izquierda socialista del PSOE cuando describe sus querellas como una pugna

entre madrileños y andaluces. Esa dialéctica de las fronteras conduce, inevitablemente, a la de las pistolas,

o sea, a la que hay que evitar a toda costa. La federación de España en regiones autónomas capaces de

pactar un común destino nacional sólo puede realizarse a través de pocos y fuertes partidos arraigados en

todo el país.

Una fragmentación y debilitamiento de las fuerzas políticas nacionales dejaría a las regiones autónomas

sin instrumentos eficaces de negociación y diálogo, es decir, totalmente incapaces de urdir la

complejísima trama de relaciones que une, separa y regula las esferas de poder en los estados federados.

Un estado democrático puede darse la organización política que le plazca —tan federado como Suiza o

tan centralizado como Francia—, pero para ejecutar el diseño elegido no puede prescindir de saludables

partidos nacionales. Más aún: la democracia no es posible sin estos grandes canales de conducción de las

fuerzas políticas. Mal síntoma, pues, lo que ocurre en tierra de los camaradas. Como diría Berlanga, no es

bueno que Carrillo esté solo. Por lo menos tan solo.

Carlos Alberto MONTANER.

 

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