Fortaleza y debilidad de los comunistas españoles     
 
 El País.    06/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

debilidad de los comunistas españoles

LA "PURGA" desatada dentro del PCE contra los discrepantes, iniciada con la expulsión del sector

mayoritario de los comunistas vascos, proseguida con la disolución del comité de Valladolid y continuada

con la amenaza de destitución de los concejales madrileños, simpatizantes con Lertxundi, amenaza

rematar su escalada con una auténtica escabechina en todos los ámbitos y escalones de la organización. El

clima de abierta discusión del X Congreso, celebrado el pasado mes de julio, había suscitado expectativas

sobre la capacidad de los comunistas españoles para incorporar los hábitos de discrepancia y respeto a la

opinión de las miñonas, sin los cuales la democracia no puede existir. Los hechos parecen demostrar que

la primavera eurocomunista era frágil y provisional.

La depuración se apoya, sobre todo, en la justificación de que los expulsados o sancionados han

conculcado determinados artículos de los estatutos del partido. Pero es curioso señalar que la "actividad

fraccionar, imputada a los discrepantes, también es practicada por la dirección en su apoyo al sector

minoritario de Ramón Ormazábal frente a la mayoría del Comité Central de los comunistas vascos o en su

respaldo a la fracción carrillista del PSUC frente a las otras tendencias de los comunistas catalanes.

Cualquier observador podría, sin esfuerzo, dar la razón a los expulsados y sancionados cuando amparan

sus comportamientos en las tesis defendidas por Santiago Carrillo en sus libros, artículos e informes de

los últimos cinco años. Cabía una honesta esperanza de que el comunismo español alumbrara formas

nuevas, hacia dentro y hacia fuera, compatibles con las formas democráticas. Hoy, sin embargo, parece

más bien que todo el juego se inscribía en el deseo sempiterno de tantos políticos por asegurar su dominio

a través de una legitimación democrática, pero también de sacrificar ésta, si es preciso, con tal de

mantener aquél.

Ese fenómeno no se circunscribe a los comunistas, y es perceptible también en la involución hacia el

pasado de los sectores conservadores de nuestra clase política hoy en el poder que participaron

activamente con la dictadura.

La prueba de fuego de las convicciones democráticas no es ostentarlas de labios hacia afuera mientras no

se corre el riesgo de perder el poder, sino serles fieles aunque esa actitud suponga la pérdida del dominio.

Es de suponer que Santiago Carrillo creyó sinceramente que el eurocomunismo no sólo le reconciliaría

con un país sediento de libertades, sino que además resultaba una posición inteligente para la

implantación electoral y el aumento de militancia del PCE. Los comicios generales de junio de 1977 y

marzo de 1979 darían, no obstante, una respuesta insatisfactoria a las expectativas electorales, cifradas

tras la muerte de Franco en una votación superior a la del PSOE. El X Congreso del PCE se encargó

además de mostrar que la doctrina eurocomunista también llevaba en su seno una carga democrática

capaz de poner en jaque incluso el liderazgo de Santiago Carrillo.

Esta es, pues, en cierta medida la historia del alguacil alguacilado, y por eso la dirección trata ahora de

echar por la borda a los militantes molestos. Sin embargo, sería injusto no reconocer la contribución que a

la causa de la paz y la concordia nacional ha hecho Carrillo en el último lustro y el gran capital de

credibilidad política, fruto de su lucha contra la dictadura, que los comunistas españoles han empleado, no

sólo para asegurarse un lugar en la democracia española, sino para fortalecer ésta aun a costa de intereses

menores o de grupo. En este panorama de desorientación es lamentable ver que el PCE puede también

naufragar en la confusión y el personalismo de unos y de otros.

 

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