Autor: Sinova, Justino. 
   El partido comunista no existe     
 
 Diario 16.    25/01/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

JUSTINO SINOVA

El partido comunista no existe

La teoría construida por Carrillo para el PCE ha conseguido aguar el tradicional dogma comunista. En la

declaración del comité central sobre Polonia, la doctrina comunista no aparece por ninguna parte. Ha sido

sustituida por las bases teóricas de la democracia occidental y liberal. ¿Dónde está, pues, el Partido

Comunista? ¿No es cierto que doctrinalmente ha desaparecido?

La suicida operación en que está empeñado Santiago Carrillo, consistente en eliminar la disidencia del

Partido Comunista de España por medio de la expulsión de quienes no acatan la férrea disciplina de

partido, está amenazando seriamente la estabilidad y el futuro de esa organización. Pero acaso esta

circunstancia no sea la más relevante del momento del PCE, porque la nueva teoría de Carrillo está

aguando de tal modo la tradicional doctrina comunista que hace dudar de su existencia.

Uno de los últimos expulsados del PCE, Luis Larraque, que está redactando su ficha para entrar en el

PSOE, resumió la semana pasada en un interrogante el gran drama del comunismo español: «¿Para qué un

partido eurocomunísta sí ya existe un partido socialista?» Electivamente, Santiago Carrillo ha llegado a

identificar su teoría comunista en un espectacular proceso de retorno, con lo que entendemos hoy y aquí

por socialismo. Ha construido un castillo teórico que habría que situar en el espacio que ocupa el Partido

Socialista.

La última declaración del PCE, uno de los documentos más importantes de los últimos tiempos, la

resolución del comité central sobre la situación en Polonia, es una interesante muestra de la final teoría

comunista española, el punto de llegada de la doctrina eurocomunista carrillista, de difícil superación si el

PCE no quiere sobrepasar ridiculamente los límites de su propia descomposición argumental.

La declaración

La doctrina contenida en ese documento, que conserva la formalidad comunista de la extensión y del

estilo dogmático, es difícilmente censurable por quien cree sinceramente en el sistema democrático, en el

sistema democrático occidental quiero decir; en algunos pasajes parece simplemente el «catón» del

pensamiento liberal. Y así, como se comprenderé con facilidad, se aleja a gran distancia de las teorías que

dominan en el mundo comunista.

He aquí algunas de las frases significativas de la larga declaración:

• El partido es una «fuerza democrática, empeñada en una lucha por las libertades individuales, sociales y

nacionales».

• El partido predica el «pluralismo en la organización del poder del Estado».

• Acepta también el «juego de mayorías y de minorías a través de la pluralidad de partidos y de la

alternancia en el poder».

• Defiende «los derechos y libertades individuales y colectivos, entre los cuales, la libertad de asociación,

palabra y prensa; la libertad religiosa y el derecho de huelga».

• El partido «reconoce la pluralidad de tendencias sociales y no aspira al monopolio del poder».

¿Hay quién dé más libertad, más garantías individuales, más posibilidades de democratización? Cualquier

individuo seriamente convencido de la necesidad de libertad, del respeto a los derechos de los demás,

podría limar sin problemas este programa que es, ni más ni menos, que la negación de los dogmas que se

mantienen en el mundo comunista. ¿Qué pensarían de esto —si llegaran a conocerlo— los ciudadanos del

paraíso comunista que no pueden obtener permiso para salir de él ni siquiera de vacaciones? ¿Qué

pensarán quienes sufren condena por intentar organizar asociaciones al margen del sagrado partido

comunista, en nombre del pluralismo? ¿Qué dirán los obreros polacos, duramente represaliados por

ejercer su derecho a la huelga? Hasta el conocimiento del modelo español de comunismo les habrá sido

prohibido. La doctrina carrillista es otra disolvente teoría occidental.

La reacción

Este montaje carrillista no es comunista. El partido comunista no existe, porque su doctrina ha acabado

convirtiéndose en la de un típico partido socialista. Cuando el comunismo trata de cambiar su cara y de

suavizar sus formas y sus métodos acaba en algo ya inventado. Y, así, no existe, por que lo que hay es el

armazón de un partido socialista que ya fue fundado con anterioridad y que tiene su espacio político

perfectamente delimitado.

Escribía recientemente Javier Martínez Reverte que «si un día triunfa en Europa el modelo soviético hacia

el imperialismo, a Carrillo no le quedará otra salida que refugiarse en la Embajada U.S.A. y pedir

pasaporte para Washington». Era una forma humorista de certificar la no existencia del partido

comunista desde el desencanto de alguien que una vez creyó en Carrillo. Pero yo pienso que Carrillo

conserva celosamente guardada una posibilidad de reacción. Y me explicaré.

La grave contradicción que supone una teoría como la carrillista frente a la realidad comunista trata de

resolverla Carrillo decretando que el modelo soviético 110 es exportable. Pero no dice que es

precisamente el modelo soviético el que sigue a pies juntillas el PCE para su organización interna.

Pregunte quien dude a Luis Larroque, a Ramón Tamames, a José María Mohedano, a Eduardo Mangada o

a tantos otros disidentes fulminados por el dedo stalinista del partido.

Y así, mientras destroza la teoría comunista con aportaciones del más clásico estilo liberal y acaba en

realidad con el Partido Comunista, reproduce en el interior de la organización, a escala, el modelo

comunista de siempre, jerarquizado, controlador, dogmático, donde se disuelve la iniciativa particular

porla acción totalitaria del partido que marca «nomenklatura». Santiago Carrillo es un político

inteligente, hábil y ocurrente. Y arriesgado porque a base de dulcificar su PCE ha conseguido construir

una teoría que no es la de un partido comunista. Pero como también es astuto hasta límites insospechados,

se ha guardado en la manga una carta de la baraja.

P. S.— En su nueva sección de DIARIO 16 «Érase esta vez», Luis Carandell y Manuel Soria no

dedicaban el pasado sábado su atención a Enrique Curiel, nuevo secretario de prensa y publicaciones del

PCE, y decían de él que «políticamente raya en la socialdemocracia». Yo aprecio las grandes cualidades

de Curiel para la comunicación y el entendimiento. Pero como todo no depende de su buen hacer, lo tiene

muy difícil, muy difícil.

 

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