Autor: Urbano, Pilar. 
   PCE: ¿quién agita el vaso de agua?     
 
 ABC.    12/06/1982.  Página: 21-22. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

A BC/21

Hilo directo

PC E: ¿Quién agita el vaso de agua?

«Introduzca la cucharilla en el vaso de agua. Agítela velozmente en el sentido de las manecillas del reloj

unos segundos. Sin hacer pausa cambie de sentido el giro de la cucharilla. Y retírela con rapidez. ¡Tendrá

usted delante, inmediatamente, una tormenta en un vaso de agua!» (Marcelino Camacho, gran mandarín

de Comisiones Obreras, puedes patentar el invento. Es tuyo.)

Estas «grandes crisis» del Partido Comunista de España, con su liturgia de toque a rebato, gran debate,

convocatoria del Comité Central en Santísima Trinidad, 5; dimisiones anunciadas en cadena, y Pasionaria

presente..., sólo pueden contemplarse como «tormentas en vaso de agua». Porque, «transcurridos unos

instantes, el agua recobrará su inmovilidad anterior». Y nada habrá cambiado. «Llegaremos a un acuerdo

político... No se admitirán las dimisiones... ¡Ni las corrientes organizadas! Seguirá el mismo Comité

Ejecutivo, pero, eso sí, reforzado...» Y, de fondo, habrá sido otra vez la lucha de los halcones y las

palomas. Es claro que «la paloma», esta vez, es Nicolás Sartorius», el «conde rojo», que quiere un aire

nuevo «un comunismo moderno, de calle, capaz de convencer a alguien..., sin un centralismo de poder tan

férreo..., sin cesarismos carismáticos..., sin que el sencillo hecho de discrepar del "jefe" desencadene un

drama... y donde, de verdad, a una hecatombe electoral se le llame "hecatombe" y se pueda decir "hemos

hecho mal esto, y esto, y esto"...»

Pero... ¿quién agitó la cucharilla en el vaso de agua?

Estas «grandes crisis» comunistas..., o centristas..., o socialistas, porque en todos los partidos «cuecen

habas» (en todos, excepto en el de don Manuel Fraga: en el fraguismo se está, si se es, y si no... ¡a silbar a

la vía!: «Mi querido amigo, aquí está quien quiere estar..., la puerta siempre abierta»); estas «grandes

crisis», digo, hay que olfatearlas en pasillos, para que no te absorban y poder enterarte del argumento.

Que lo demás son palabras (debates... ¡cielos!... llevan dos días, y los que te rondaré... se ha abierto la

espita de la sinceridad... y todos son más carrillistas que Carrillo) y rituales de «yo dimito, y al fin

descanso». Así que por allí estuve. En los pasillos. Y fue entonces cuando vi salir a Marcelino Camacho

acalorado, disgustado: «¿¡Pues no dicen de mí que soy "prosoviético"¡?». Y a Jordi Solé Tura,

conciliando extremos «...¡que bien les vendría a todos que, de verdad, fuésemos "prosoviéticos": a

Estados Unidos, para marcarnos con su "INRI"; a las URSS, para tenernos como feudo!» Y a Carrillo.

«Yo no diría que esta crisis sea una maniobra de los "prosoviet"..., si acaso, una consecuencia.» Tal que

anoté la contraseña del fantasma, por si acaso.

Pero me preocupa lo de la cucharilla en el vaso de agua. Me siento con Nicolás Sartorius un ratito.

«Cuéntamelo todo...» Tiene nobleza de casta y de juventud: «Mi dimisión es irrevocable. Nadie, nadie,

puede obligarme a ser vicesecretario general cuando no estoy de acuerdo con los métodos de la dirección

que marca Santiago Carrillo, ni con la línea del equipo dirigente..., una línea vieja, obsoleta, sin arraigo en

la realidad de ahí afuera...» Y bien, el argumento es que al hilo de un análisis distinto de las «culpas»

andaluzas, se tensa el hilo entre Santiago y Nicolás. Y entonces Marcelino, en cuyo tema de separar

CC OO del PCE estaban todos de acuerdo, porque «un sindicato ha de ser plural y no de tal o cuál

partido», pone sobre la mesa su dimisión y una postdata «de buena fe»: que Nicolás Sartortus sea

secretario general —mando efectivo del partido—, que Santiago Carrillo sea «reina madre», presidente...,

y que Dolores Ibárruri sea... el león de la Metro, antes del «filme» y después del «filme»: un «aquí estoy,

camaradas, grrrrr, grrrrr, somos los de siempre». Vitola histórica.

Postdata que Santiago aprovecha hábilmente para convertir los debates del «gran aparato», más que en

una autocrítica de las elecciones andaluzas, en una revitalización de su liderazgo.

Carrillo me habla de «dos libros que tengo a medias... y si dejo el puesto aquí, pues..., ¡a recobrar mi

oficio: periodista!»; pero sabe que «un partido necesita de líderes con carisma». «¡Ah! y no me bastará

con que me pidan que siga..., han de cumplirse condiciones: que se respeten los acuerdos del X Congreso,

que no se reabra la crisis desde la dirección y que todo el mundo se corresponsabilice de la política del

partido, con sus fracasos electorales y sus escisiones y sus fugas de militantes... porque ¡ya está bien de

que todas las bofetadas me vengan a mí!»

Me asegura que «si me voy, me voy del todo... y, en las próximas elecciones, que no cuenten conmigo» y

que «de ser presidente, en vez de secretario general, como algunos desearían, y como algunos que yo sé,

fuera de aquí, están celebrando ya, ¡ni hablar! ¡yo no soy hombre de paja!».

Es evidente que Santiago Carrillo tuvo el acierto político de ponerle al comunismo, que había y se sabía

en el 76 («¡se siente, se siente... Carrillo está presente!», gritaban las mesnadas de CC OO y del PCE

ilegal y clandestino, con líder «tocado» con peluca), una decorosa pagatina, salvoconducto de

«eurocomunismo». Y así fue posible que se sentasen en el Parlamento, en la Mesa de los Pactos de la

Moncloa, en la sala de los «siete sabios padres de la Constitución...», y ¡hasta en la sala de los relojes, en

secuestro de «líderes de oro», codo con codo con Gutiérrez Mellado, cuando el otro «se siente, c...», del

23F. Y esa factura, de vez en cuando, Santiago se la muestra al PCE para «despabilar recuerdos».

PCE forzaría al socialismo a engullir esa porción de «rejería» desmontando su «necesario, perentorio...

afán de moderación». ¡Curioso, ¿verdad?: sí se quiere una política de «sensata moderación», hace falta un

Partido Comunista lustroso y con no menos de quince escaños!

Y es evidente, en fin, que un PCE sin Carrillo sería un PCE descafeinado, sin historia, sin «pedigree»

comunista, viejo-luchador-antifranquista..., etcétera. De modo que: los dos libros que tiene a medias, «Mi

diario de la transición..,», y la segunda parte de «Eurocomunismo y Estado», seguirán en el cajón,

Carrillo tiene cuerda para rato. Como dice un proverbio ruso, que aprendí de Gorki, «nunca la mantequilla

se hunde en un vaso de agua». Aunque Camacho agite la cucharilla.—Pilar URBANO.

 

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