Autor: Sinova, Justino. 
   ¿Requiem por Carrillo?     
 
 Cinco Días.    08/11/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

JUSTINO SINOVA

¿Réquiem por Carrillo?

¿Está acabado Carrillo? La etapa carrillista del PCE ha concluido prácticamente, pero es muy difícil que

el astuto político, acostumbrado a la adversidad, acabe en el retiro. De momento, se va de la secretaría

general del PCE, guardándose bien la retirada.

Hace ahora exactamente cinco años de la expulsión de Santiago Carrillo del paraíso del Kremlin. Se

celebraba el sexagésimo aniversario de la revolución de octubre y el líder del Partido Comunista de

España se hallaba en Moscú al frente de una delegación de viejos y nuevos militantes. Estaba previsto que

hablara en el mismo corazón del Kremlin, ante los máximos dirigentes del comunismo mundial, como

otros líderes extranjeros, pero a última hora llegó la excomunión: la intervención de Carrillo fue

prohibida.

Aquello no le importó demasiado al astuto comunista español, y así puede comprobarlo personalmente en

Moscú, pues era indudable que el veto del Kremlin daba alas a su naciente teoría eurocomunista. Diría

más: desde el primer momento sospeché, sin que me fuera posible confirmarlo, que el veto de Moscú fue

provocado intencionadamente por Carrillo.

Durante el vuelo Roma-Moscú, Carrillo preparó un manuscrito de su discurso que entregó a las

autoridades soviéticas a su llegada. Conociendo el rígido protocolo comunista y el control que las

autoridades soviéticas ejercen sobre las intervenciones en los actos públicos, sabiendo que es una norma

inexcusable la presentación por adelantado del texto de los discursos, ¿podía esperar Carrillo obtener

permiso para hablar en el Kremlin entregando a última hora unos folios manuscritos sobre el tema

considerado tabú por los soviéticos, el eurocomunismo?

El PCE, hoy

Quede la respuesta a esta sospecha para una investigación en momento más oportuno. Lo que Carrillo

sacó en limpio de aquel viaje fue un espaldarazo en occidente para intentar la construcción de una

organización comunista fuera del manto de Moscú, que tuviera mejores oportunidades de presencia en

países organizados en democracia liberal. Pero el resultado, cinco años después, no puede ser más

aparatosamente negativo. El único partido eurocomunista con peso relevante es el italiano de Enrico

Berlinguer. Los otros, o han vuelto a las fuentes, como el francés de Georges Marcháis, o tienen una

influencia prácticamente nula. El suyo ha cubierto la etapa más dramática de regreso a la frontera del

mundo extraparlamentario.

Carrillo busca un lugar a la sombra del nuevo líder.

El Partido Comunista de España, en el momento en que Santiago Carrillo dimite, es un partido

desangrado por las deserciones, desmoralizado por el escaso eco de su oferta electoral y aguado

ideológicamente por una construcción doctrinal que no le pertenece.

Carrillo tuvo la idea de eliminar la disidencia por un procedimiento expeditivo empleado en los sistemas

comunistas: por la depuración. Pero en una sociedad de libertades, los disidentes tienen a donde ir, tienen

salvación fuera de la iglesia del partido, y Carrillo no ha dado abasto para sancionar expulsiones. El

resultado es un partido con escasez de cuadros, sin nombres, sin figuras. Las listas electorales del PCE

eran un primor de vulgaridad. Salvo dos docenas, los demás candidatos eran ilustres desconocidos.

Con esas perspectivas y esas ofertas, el partido tenía que cosechar el fracaso más rotundo, que ya se

pronosticaba meses antes de las elecciones. El PCE ha pasado de ser la tercera fuerza política española a

situarse en el cajón de sastre del grupo mixto del Congreso, sin portavoz y sin perspectivas de presencia

en los debates.

La mayor parte de sus votantes se han ido al Partido Socialista, donde lógicamente cuadran más las

propuestas moderadas y dulcificadas del Partido Comunista. Hace unos meses, cuando publicó sus

reflexiones sobre Polonia, el PCE presentó un programa político que podría suscribir cualquier demócrata

liberal. En base a eso, el Partido Comunista había dejado de existir.

Si a todo esto se añade la durísima lucha interna que se mantiene en el PCE entre partidarios de una u otra

solución para el futuro, puede entenderse que el Partido Comunista sea hoy una organización en el

momento más crucial de su historia y resulta explicable que no estallara el comité en elogios y de las

súplicas cuando Carrillo puso su renuncia sobre la mesa. En el PCE hay un deseo vital, visceral de

deshacerse de Carrillo.

Ahora, en la sombra

Lo cual, por lo demás, no es nada fácil. Carrillo, que es un viejo luchador, un duro y astuto político

formado en la contrariedad y la persecución, y a quien la transición española debe un reconocimiento por

su aportación, que así hay que decirlo, no abandona tan buenamente la pelea. Dispuesto a continuar en los

máximos órganos de decisión del partido —lo que es lógico tratándose de su figura histórica — , hará

todo lo posible porque su mano pueda mover todavía algunos de los hilos de la secretaría general.

Si saliera elegido secretario general quien él ha propuesto, Gerardo Iglesias, a quien parece adornarle,

como máxima nota de su curriculum, la adhesión al jefe, Carrillo tendría todavía alguna oportunidad de

ser secretario general en la sombra. No sé cuando escribo si el comité central ha aceptado la propuesta de

Carrillo, pero, en cualquier caso, el viejo zorro político demuestra que está dispuesto a vender muy caro

su cadáver.

Se puede decir que la era Carrillo ha muerto, porque el PCE no puede permitirse el lujo de no aprovechar

la brecha abierta para avanzar en otra dirección. Pero Carrillo como político sigue vivo. Si Carrillo dejara

la política de pronto, le pasaría lo que a los jubilados que se ven de la noche a la mañana sin nada que

hacer. Pero ese descanso no está hecho para Carrillo. Después de esta última maniobra utilizando a

Gerardo Iglesias, tan burda que la vería un ciego, inventará otras de mayor o menor sutileza. Y, si hace

falta, provocará hasta que le detengan en el Kremlin... o le impongan la Orden de Lenin. Depende de lo

que interese.

 

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