Autor: Dávila, Carlos. 
 Su dimisión podría ser una maniobra para seguir controlando el partido. 
 Carrillo propone al menos conflictivo de sus posibles sucesores     
 
 ABC.    07/11/1982.  Página: 37. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

DOMINGO 7 11 –82

NACIONAL

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Su dimisión podría ser una maniobra para seguir controlando el partido

Carrillo propone al menos conflictivo de sus posibles sucesores

MADRID (Carlos Dávila). Santiago Carrillo ha ideado una maniobra inteligente y «controlada» para

seguir en el poder. Esta es la impresión más generalizada que abundada en los círculos políticos mejor

informados del comunismo español. Su dimisión, oficialmente «no forzada» por ninguno de los miembros

del Comité Ejecutivo, y «ofrecida» por el hasta ahora secretario general del PCE para dar ejemplo y abrir

así paso a una renovación profunda del partido, no es suficiente, sin embargo, ya para frenar el irresistible

descenso de una fuerza política que hace cinco años tenía 200.000 militantes y ahora 40.000, y que en la

última legislatura consiguió veintitrés escaños en el Congreso de los Diputados por sólo cuatro en el

período de sesiones que comienza dentro de unos días.

Carrillo, que ha pretendido explicar su estrepitoso fracaso en las urnas con el consabido tópico del voto

útil, ha hecho buena la frase ingeniosa del próximo presidente del Gobierno, Felipe González: «Carrillo

logrará lo que no consiguió Franco: terminar con el PCE.» De igual opinión eran antiguos miembros del

PCE que formaron el sector renovador y que fueron expulsados hace un año del partido. El Comité

Central, compuesto por cien miembros, se quedó «aligerado» de esta forma de las voces y los nombres

críticos que habían pedido formalmente la destitución de Carrillo. Uno de aquellos profesionales, Carlos

Alonso Zaldívar, que fue responsable de la política autonómica del PCE y gestor de los pactos

socialcomunistas para los Ayuntamientos y Diputaciones, aseguraba ayer que la maniobra de Carrillo era

tardía, al tiempo que mostraba su perplejidad por la designación del sucesor, sugerida por Santiago

Carrillo.

El ya ex secretario general del PCE se ha resistido, sin embargo, a abandonar su escaño parlamentario, el

único que el partido ha conseguido en Madrid. El número dos de la lista, Nicolás Sartorius, se ha

enfrentado en una lucha política desigual con el líder comunista: en una de las más borrascosas sesiones

del Comité Central, Sartorius apenas logró veinte votos de apoyo para sus propuestas de democratización

interna. Carrillo controlaba entonces y parece que aún controla un Comité Central formado casi en su 60

por 100 por comunistas leales que aún confían en el papel dirigente del viejo secretario general. Sin

embargo, algo ha cambiado, porque si las informaciones que han podido conocerse de lo sucedido en el

Comité Ejecutivo de la madrugada pasada son fidedignas, el «delfín» de Carrillo, Enrique Curiel, ex

secretario del Grupo parlamentario Comunista, ha dejado definitivamente de apoyar a su antiguo

patrocinador y se ha alineado tras lo que, quizá de forma indirecta pero firme, han impelido al

gerontócrata comunista a presentar su dimisión.

DIFICULTADES CON CARRILLO

Gerardo Iglesias es un dirigente obrerista al que, en principio, Carrillo apoyó en la gran

crisis comunista asturiana. Iglesias, miembro destacado de Comisiones Obreras de la minería, es un

dirigente joven que ha acumulado gran prestigio hasta ahora entre los militantes de su región. Pasa por ser

un hombre enormemente trabajador y rígido en sus concepciones ideológicas, que en el tiempo que lleva

en el poder ha pacificado un partido escindido desde el 79, que incluso ha podido ostentar una cartera en

el Gobierno autónomo que preside el senador socialista Rafael Fernández. Es pronto, sin embargo, para

afirmar que Iglesias, que posee concepciones políticas muy elementales, sea, en puridad, un hombre leal,

sin fisuras, a Carrillo, el hombre llevadero que Carrillo ha decidido imponer para seguir dominando el

partido. En el historial de Iglesias —recuérdese este dato— figura un significativo expediente

disciplinario, abierto a raíz del Congreso que los comunistas asturianos celebraron en la Ciudad

Residencial de Perlera. Para Carrillo, y a pesar de estas notables divergencias anteriores, Iglesias puede

ser, sin embargo, el menos conflictivo y el más acomodaticio entre todos sus posibles sustitutos. Pero

Iglesias aún se resiste a aceptar el cargo.

Su papel depende, en buena medida, del grado de aceptación que tenga en el sector llamado

«eurorenovador» y que encabezan el propio Nicolás Sartorious, el ex diputado catalán Jordi Solé Tura y

la experta en temas educativos, también catalana, Eulalia Vintró. La última impresión que existe es que

Nicolás Sartorius no ha querido explícitamente forzar también la dimisión de Carrillo como

parlamentario, lo que le hubiera permitido ocupar a él un escaño en el próximo Congreso de los

Diputados. Los que le conocen bien afirman que Sartorius está ya prácticamente apartado del partido e

incluso de la política y que quiere volcarse en el desarrollo de su despacho de abogado.

CAMACHO, HOMBRE CLAVE

El hombre clave del partido empieza a ser, a partir de este momento, el secretario general de la central

Comisiones Obreras, Marcelino Camacho, que ayer volvía a insistir en que su sindicato marchaba en

cabeza en las elecciones que se vienen celebrando en España. Camacho, muy distanciado de Carrillo en

los últimos tiempos y partidario de su sustitución, es el único que cuenta en el partido con una fuerza

poderosa que le respalde; contra alguna opción erróneamente extendida, Camacho ha moderado sus

actitudes y a él se debe que la línea dura de Comisiones no haya impuesto una política de agitación en la

calle. Camacho, sin embargo, es posible que mire con ojos de agrado la designación de Iglesias —

dirigente obrerista, al fin y al cabo—, sobre todo porque en la próxima lucha por el poder sindical

Comisiones está llamada a ser una fuerza mucho más reivindicativa que la UGT.

Lo más probable es que el Partido Comunista sufra en los próximos días la tercera escisión de los últimos

años. Es pronto para adivinar la magnitud de esta nueva y definitiva crisis, como resulta anticipado

también conocer quiénes acompañarán en su salida —si se produce— a Nicolás Sartorius. Los más

críticos ex compañeros de Carrillo aseguran que éste ha convertido al PCE en un partido casi testimonial

que ya no podrá tener la fuerza que consiguió en la época de los Pactos de la Moncloa ni cuando, tras las

municipales del 79, impuso sus condiciones y consiguió una representación consistorial que no le

correspondía por la exigüidad de los resultados logrados en las urnas. De aquel equipo negociador sólo

queda el concejal madrileño Juan Francisco Pla, al que Carrillo recompensó cediéndole un puesto en el

Comité Ejecutivo.

LA IMPOSIBLE REESTRUCTURACIÓN

El desastre electoral ha anticipado, desde luego, el relevo de Santiago Carrillo. El hasta ahora secretario

general del PCE había convencido a sus próximos colaboradores de que el partido conseguiría pasar con

alguna comodidad la frontera de los diez escaños y que, en cualquier caso, rozaría el grupo parlamentario,

pero, a la postre, ha perdido incluso un quinto lugar, el quinto puesto que utilizaba aprovechonamente

hace unos días otro fiel seguidor de Carrillo, Jaime Ballesteros, para pedir humildemente a Alfonso

Guerra que el PSOE les dejara formar grupo parlamentario. El PCE, que fue el primero en quejarse de la

decisión de CalvoSotelo de disolver las Cortes Generales, ha quedado destrozado tras su última y negra

peripecia electoral. Es muy difícil, pues, que un partido sin moral, dividido en bloques y sin voz

parlamentaria autónoma, pueda iniciar un imprescindible proceso de reestructuración, un proceso que, al

parecer, no podrá protagonizar un comunista expresamente propuesto por Carrillo, quien no supo o no

quiso, tras su larga vida en el exilio, emprender una política de rejuvenecimiento como la que realizó en

su momento el Partido Socialista. En el haber de Carrillo hay que apuntar, desde luego, su indudable

influencia en la moderación política del PCE y el decisivo papel que ha jugado en la transmisión de una

imagen comunista aceptable para la mayoría de la sociedad española.

 

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