El fin de un mito: Un partido como los demás     
 
 ABC.    13/06/1982.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

14 / ABC

OPINIÓN

DOMINGO 13682

El fin de un mito: Un partido como los demás

El Comité Ejecutivo del Partido Comunista de España ha pedido ayer formalmente a Santiago Carrillo y a

Nicolás Sartorius que retiren sus dimisiones como secretario general y vicesecretario del PCE. Este es,

por el momento, el último acto en el proceso de crisis del partido que a lo largo de la última década ha

pasado por tener la más extensa y disciplinada organización de entre los partidos españoles.

En los análisis políticos la imparcialidad es, en rigor, imposible. Aunque el analista ocupe una posición

independiente nunca puede ser neutral en su visión de la sociedad, en su escala de valores, en sus

prejuicios, ni tampoco en sus intereses, por mucho desprendimiento con que se coloque respecto a ellos.

Por eso, la crisis del Partido Comunista, la crisis de liderazgo de Santiago Carrillo debe ser analizada

desde tres perspectivas: desde la lógica interna del Partido Comunista, desde la lógica de sus rivales

(PSOE, UCD y Alianza Popular), y desde la lógica del interés general de la sociedad española.

Si eliminamos los tópicos que la propaganda difunde constantemente sobre el PCE, y que, en uno u otro

sentido, no tienen más función que convencer a los convencidos, la realidad del Partido Comunista es que

se trata de un partido como los demás. Esta afirmación chocará, sobre todo, a los militantes comunistas

que en su fuero interno siguen creyéndose no sólo los más puros y nobles agentes de la acción política,

sino, además, los poseedores únicos del instrumento ideológico y del aparato estratégico para cambiar el

modelo de civilización capitalista por el modelo socialista.

Por ser un partido como los demás, la dirección del Partido Comunista durante la transición ha hecho

cuanto estaba en su mano para situarse en buena posición electoral: quitar el miedo creado en torno al

Partido y a su líder, Santiago Carrillo; ser más moderado y más exagerado que el PSOE en los

interminables pactos con el Poder, y hacer constante gala de antisovietismo.

Con estas directrices, Santiago Carrillo abrazó, con la fe del carbonero, la reforma ofrecida por Adolfo

Suárez. Su única preocupación no fue la que tradicionalmente caracterizó a los partidos comunistas de los

años treinta —no tener nadie a su izquierda—, sino la de ser los más moderados y pactistas. Bien se trate

de los convenios colectivos, de las autonomías, de la forma del Estado o de la revisión del pasado, su

norte siempre ha sido el de sobrepasar al PSOE por la derecha.

A esto y no a otra cosa es a lo que Santiago Carrillo ha denominado eurocomunismo. Pero en la política,

como en la guerra, es la victoria o la derrota la que justifica el valor de la estrategia seguida. Santiago

Carrillo ha seguido la vía electoralista. Si el Partido Comunista hubiese obtenido en Andalucía el 20 por

100 de los votos, Santiago Carrillo tendría hoy la autoridad que Enrico Berlinguer tiene ante los

comunistas italianos. Pero el fracaso electoral del partido en Andalucía, tras los fracasos en el País Vasco

y en Galicia, implican el fracaso sin paliativos en la dirección y en el liderazgo de Santiago Carrillo, que

ha sacrificado la ideología propia del partido, la pureza política de sus militantes y el temor que inspiraba

a sus adversarios, en aras de unos votos que el pueblo finalmente le ha negado. Por eso, Santiago Carrillo

dice la verdad ante su partido cuando atribuye el fracaso andaluz al voto útil del electorado. Pero esta

verdad es más amarga para el líder Santiago Carrillo que para su propio partido. El secretario general

confiesa que el voto comunista es un voto inútil. Y con razón. ¿Para qué votar a un partido que va a la

zaga del PSOE y que no ofrece ninguna otra alternativa al electorado de la izquierda? Si el voto

comunista es inútil, en la actual versión del PCE, la consecuencia dentro de la lógica es obvia: o bien el

Partido Comunista ha dejado de ser un partido históricamente necesario, o bien tiene que cambiar en 180

grados su dirección. Como Santiago Carrillo no reconoce esta necesidad de cambio en el rumbo es

inevitable, el resultado a la vista: la paulatina y constante autodestrucción del PCE.

También es cierto que en lo que respecta a la democratización interna el PCE es un partido como los

demás. No es más ni menos democrático que el PSOE, que AP o UCD. Si el fenómeno es menos visible

en el PSOE o en AP es gracias al alza electoral. La crisis de UCD y la crisis del PCE son similares en sus

componentes: error de fondo en la dirección del partido y en su proyección ante la sociedad.

Hasta aquí la crisis del partido desde su lógica interior. Pero esa crisis afecta tanto al PSOE como a las

formaciones políticas de la derecha. Como afecta, quién lo duda, a la sociedad española en general. La

posición programática y electoral del PSOE en las próximas elecciones no puede ser la misma con un

Partido Comunista fuertemente arraigado o con una presencia comunista meramente testimonial. En esta

última hipótesis, que es la que plantea la actual crisis del PCE, el PSOE puede monopolizar de hecho el

espacio político de la izquierda, y tener las manos más libres para abrirse hacia la derecha. El peligro que

corre el PSOE a más largo plazo es el de no poder contener las aspiraciones más radicales de los votantes

que acuden a él decepcionados por el oportunismo electoral del PCE.

Para UCD y AP la disminución del PCE perjudica sus intereses electorales en la medida en que es el

PSOE quien puede recoger los frutos inmediatos de la crisis comunista. A más largo plazo, la sociedad

española no dejará de sentir esta grave crisis. El liderazgo de Santiago Carrillo ha sido indudablemente

malo para el PCE y bueno para el PSOE. Pero los españoles de la transición no pueden olvidar que el alto

precio pagado por Santiago Carrillo ha sido pagado por seguir unos caminos de moderación y de

consenso social, que hubieran sido difíciles de imponer a un Partido Comunista por cualquier otro

dirigente que no tuviera a sus espaldas un pasado en el que se acumulaba no poca tenacidad, mucha

resistencia y una enorme audacia. Procede reconocerlo así cuando nos hallamos —sea reelegido o

definitivamente separado— ante el obituario del secretario general del PCE.

 

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