Autor: Sopena Daganzo, Enrique. 
   Carrillo: Retirarse a tiempo     
 
 Diario 16.    02/07/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

2 julio83/Diario 16

ENRIC SOPENA

Periodista

Carrillo: Retirarse a tiempo

La crisis que actualmente se registra en las alturas del PCE tiene su origen en la negativa del viejo líder

Carrillo a aceptar el retiro. Es difícil que una vieja estrella de la política acepte verse olvidado por sus

seguidores. Tal vez sea ésa la causa del atrincheramiento de los fieles carrillistas contra Iglesias y los

suyos.

Pocas cosas hay más tristes que el espectáculo que se deriva de la resistencia de algunas viejas glorias a

retirarse, sean estas viejas glorias del ámbito deportivo, artístico, científico o político.

La contemplación, por ejemplo, de un veterano jugador de fútbol que se niega a colgar las botas,

convencido de que los años no han pasado para él y que arrastra su figura por esos campos de España,

produce un sentimiento penoso, entre caritativo y de irritación, ante la incapacidad de algunas gentes para

asumir su propia realidad.

La contemplación, estos días, de Santiago Carrillo genera sentimientos parecidos. A la vista de su

comportamiento, no faltarán quienes piensen que las acusaciones que han vertido contra él sus enemigos,

como Jorge Semprún o Enrique Líster, no son todas ellas exageradas, o fruto del resentimiento o de la

animadversión personal e ideológica.

Esta visión de Carrillo, rodeado de sus fieles, atrincherado entre su fiel guardia pretoriana, atacando

duramente a Gerardo Iglesias, es una visión que invita a los ingenuos a desmitificar, en cierta medida, a la

izquierda. Atribuirse posiciones de izquierda no equivale a monopolizar actitudes personalmente

ejemplares o sujetas a un mínimo código ético.

Eclesial

La lucha por el poder, en el seno de la izquierda —de la izquierda no sólo comunista, por supuesto—, ha

reproducido tantas veces las intrigas y las traiciones tan características de la derecha que sólo la

salvaguarda de los objetivos últimos posibilita que mucha gente, a pesar de todo, opte por planteamientos

políticos progresistas, un poco con la resignación de los cristianos que diferencian con sabiduría, y con

habilidad, los errores y los vicios de clérigos, obispos y aun pontífices de la esencia sagrada de la Iglesia

y, más allá, del mensaje admirable de Cristo.

Carrillo no parece admitir que su momento de gran figura de la política quedó ya muy atrás. De hecho,

empezó a perder el tren cuando sus pronósticos sobre la caída del viejo régimen no se cumplieron en

absoluto. Carrillo apostó claramente en favor de la ruptura, con un Gobierno provisional que convocara

elecciones constituyentes y con un consiguiente protagonismo de su partido, que el desarrollo de la más

reciente historia de este país no ha confirmado. Desde los fracasos sucesivos de aquellas exhortaciones a

huelgas generales pacíficas, hasta sus diatribas contra el entonces Príncipe de España, Santiago Carrillo,

como máximo líder del Partido Comunista, no se ha caracterizado por sus aciertos. Releer ahora muchos

de los artículos de Carrillo, releer sus opiniones vertidas a la publicidad en los postreros años del

franquismo o los primeros del tránsito, producirían estupor. Y no tanto por las afirmaciones allí

contenidas, cuanto porque más tarde, a la vista de que las cosas no circularon según las previsiones, jamás

ha podido escucharse públicamente, de boca de Carrillo, eso que en la tradición marxista se conoce por

autocrítica. El más ciego triunfalismo, la capacidad de convertir en victorias derrotas más que

estrepitosas, ha sido una de las notas más acusadas en este hombre que, en el transcurso de su dilatada

vida pública, ha jugado los papeles más variopintos, siempre desde el dogmatismo de quien se

consideraba insustituible.

Estalinista fiel

Carrillo ingresó en las Juventudes del PSOE, de la mano de su padre, Wenceslao, y acabó conduciendo

gran parte de los jóvenes socialistas de los años treinta al Partido Comunista, hasta el punto de que, a raíz

de los lamentables hechos que rodearon la caída de Madrid, acabó renegando de su progenitor. Carrillo ha

sido un ferviente estalinista, y ahí están muchas de sus afirmaciones entusiastas hacia Stalin.

Carrillo ha sido, como, por otra parte, correspondía a los comunistas del mundo entero en aquellas

décadas, un ardoroso defensor del «Paraíso Soviético». Carrillo provocó la expulsión de Semprún y de

Claudín porque éstos, en los sesenta, sostenían teorías que luego hizo suyas: las teorías, en definitiva, del

llamado eurocomunismo.

Con la misma casi tranquilidad con la que incorporó muchas de las tesis renovadoras de los mencionados

Semprún y Claudín, el entonces secretario general creyó oportuno deslizar el PCE hacia el disentimiento

de la ortodoxia del Kremlin e impuso su doctrina de comunismo en libertad entre unas bases que

observaban con un cierto estupor cómo el partido de siempre avanzaba — o retrocedía— a bandazos,

únicamente fundamentados en la pretendida infalibilidad del líder.

Aceptada la lógica de la reforma, Carrillo vivió en España su época más gloriosa, cuando cierta derecha

lo mimaba, maravillada de que los comunistas, contra lo que su ignorancia y su cerrilismo les había hecho

pensar, no devoraran a los niños crudos ni violaran a las monjas por las esquinas.

Carrillo pasó de la clandestinidad a ser objeto de la curiosidad pública y quizá debió pensar que,

proyectando una imagen de absoluta moderación, terminaría por cosechar el voto de los banqueros sin

perder el de los trabajadores. Desgraciadamente para él, esta, política de entreguismo apenas sin

contrapartidas —salvo las que podían satisfacer su vanidad personal— no incrementó un solo voto

proveniente, para entendernos, de los banqueros, y, en cambio, produjo el alejamiento de las clases

populares, tras unos años en los que el PCE se transformó en una especie de UCD bis por el número de

peleas intestinas a las que se vio sometido.

Ilusión fraguista

La noche del 28 de octubre todavía Carrillo intentaba consolarse soñando en el Fraga de 1979 y

consideraba una especie de insulto que los periodistas le hablaran de su dimisión como secretario general.

Después se inventó la fórmula Gerardo Iglesias, para reinar después de morir e incluso para resucitar en el

instante más oportuno. Su maquinación, en esta ocasión también, le ha salido rana.

El Carrillo de estos días, tan radical, tan exasperado, tan distinto del Carrillo que, curiosamente en U.S.A.,

anunció el fin del leninismo en el PCE, todavía, sin embargo, puede prestar un servicio a su partido y, a la

postre, a la democracia española: irse a casa. El silencio y la discreción acaso hagan que sus virtudes, que

las tiene, vuelvan a sobresalir, una vez instalado ya en la historia.

 

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