Autor: Azcárate, Manuel. 
   Una conferencia que puede resultar esclarecedora     
 
 El País.    07/05/1980.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

8/INTERNACIONAL

EL PAÍS, miércoles 7 de mayo de 1980

TRIBUNA LIBRE

Una conferencia que puede resultar esclarecedora

MANUEL AZCARATE

Los documentos de la conferencia recientemente celebrada en París por veintidós partidos comunistas de

Europa oriental y occidental me sugieren los siguientes comentarios:

I. El objetivo esencial de los principales promotores de la conferencia (y me refiero obviamente a los

soviéticos, no a los polacos y franceses) era explicitar de una u otra forma, el alineamiento de los partidos

comunistas europeos en torno a las posiciones de política exterior de la Unión Soviética en un momento

particularmente delicado de la situación internacional. Alineamiento, por tanto, con uno de los dos

bloques militares que existen hoy en el mundo.

En cierto modo, el trasfondo «teórico» de la conferencia ha sido expuesto por el delegado soviético Boris

Ponomariov: no existe tercera vía: o con el imperialismo o con el Pacto de Varsovia; no cabe otra

posición para el movimiento obrero y revolucionario.

Es intentar colocar lo que yo llamaría «las gafas de los campos» sobre dicho movimiento obrero y

revolucionario para que intente mirar al mundo a través de ellas. Ahora bien, esas gafas son hoy

totalmente deformantes. Impiden ver la realidad contemporánea y, por tanto, actuar sobre ella, elaborar

una estrategia progresista y revolucionaria.

Vivimos en una época de la historia del mundo en la que se enfrentan el socialismo y el capitalismo. Pero

el socialismo es algo diferente, es mucho más que el bloque militar encabezado por la Unión Soviética.

Asimismo no es posible reducir el capitalismo al conjunto de países integrados en el pacto de la OTAN,

dirigido por Estados Unidos.

Fuera de la dialéctica de los dos bloques está esa parte gigantesca y tan dinámica del mundo actual,

representada principalmente por los pueblos, por los cientos de millones de mujeres y de hombres que se

han liberado en el último periodo de las cadenas del colonialismo, que han sido hasta ayer meros objetos

de la historia, pero que hoy afirman una creciente voluntad de protagonismo en los destinos del mundo. Y

ese Tercer Mundo (independientemente de lo inadecuado del término) se sitúa básicamente en el

movimiento de los no alineados.

No puedo por menos de recordar una experiencia personal que conocí cuando asistí como asesor, en

nombre del Partido Comunista de España, de la delegación de nuestro país en la Asamblea de la ONU, el

mes de octubre pasado, en Nueva York. Cuando Hussein de Jordania habló en dicha Asamblea, lanzando

airadas acusaciones contra la política de Estados Unidos por los acuerdos de Camp David, prácticamente

toda esa Asamblea se puso en pie, en una actitud de crítica y de condena de la política de Estados Unidos.

Pues bien, esa misma Asamblea es la que ha votado, por una mayoría aplastante una condena de la

intervención soviética en Afganistán, y la demanda de que las tropas de la URSS sean retiradas de dicho

territorio.

El anticolonialismo, al margen de bloques

Los principales pasos que se han dado en los últimos tiempos en la liberación de los pueblos de las

dominaciones coloniales e imperialistas me refiero a Irán, Zimbabue, Nicaragua (y mañana el pueblo

saharaui) se han producido fuera de la dialéctica de los bloques. Y. por tanto, querer encerrar la visión del

mundo actual en un juego exclusivo Estados Unidos-URSS, Pacto de Varsovia-OTAN, es ignorar y

colocarse de espaldas a algunas de las principales transformaciones progresistas que (dentro de

contradicciones inevitables) están teniendo lugar.

Hay que decir que estas mismas gafas de los «dos campos» se las colocan también los dirigentes

norteamericanos cuando atribuyen todo progreso revolucionario, todo cambio que no les place, a la

siniestra mano de Moscú.

En resumen (y es una de las razones básicas por las cuales el Partido Comunista de España, y

probablemente otros partidos, se han negado a asistir a la conferencia de París), si el movimiento obrero

europeo se dejase encerrar en la dialéctica de los dos bloques, de hecho renunciaría a toda capacidad de

influencia en el ámbito internacional y, sobre todo, se cerraría el camino hacia lo que es, en mi opinión, la

cuestión decisiva: avanzar hacia un acuerdo, una alianza, de las fuerzas obreras y democráticas de Europa

occidental con los pueblos del Tercer Mundo en lucha por su independencia política y económica.

2. En otro orden de cosas, la conferencia de París ha puesto de relieve los hechos siguientes: la fuerza de

las tendencias centrífugas dentro mismo del Pacto de Varsovia, atestiguada por la ausencia de Rumania.

Las ausencias de Yugoslavia, cuyo papel es decisivo como cabeza de los no alineados; del PCI, el más

fuerte del mundo capitalista, y de otros, como los de España, Gran Bretaña, Holanda o Suecia, han

evidenciado una diferencia seria en cuanto al propósito mismo de celebrar un encuentro de ese género.

Y, al mismo tiempo, la voluntad de algunos partidos, y más concretamente del Partido Comunista de la

Unión Soviética, de hacer pública esa diferencia, de explicitar la existencia de actitudes opuestas como

precio imprescindible para presentar, como mínimo, un alineamiento de un cierto número de partidos en

torno a la Unión Soviética.

Creo que es muy significativo que los órganos de prensa soviéticos no hayan publicado, o lo hayan hecho

con una parquedad, una timidez extraordinaria, los nombres de los partidos comunistas que no han

asistido a la conferencia de París. Este hecho indica, en mi opinión, que el alineamiento buscado en la

conferencia de París tenía, al menos, una fuerte intencionalidad de política interior. El escasísimo efecto

que una conferencia de ese género podía tener en la política internacional era algo tan evidente que pocas

personas podían abrigar ilusiones al respecto. En cambio, estamos muy acostumbrados a percibir la

importancia que los soviéticos dan, con vistas a su propia opinión pública, a «gestos» en el plano

internacional, aunque sean muy artificiales y vacíos de eficacia real.

3. Es sintomático, por otra parte, que los resultados escritos, el documento aprobado en la conferencia de

París, abogue por un nuevo acuerdo con otras fuerzas, socialistas, socialdemócratas, cristianas, para una

lucha común por la paz. Cuando, precisamente, en las argumentaciones dadas por varios partidos

negándose a acudir a la convocatoria de París, se decía que lo importante, lo decisivo en estos momentos

era avanzar hacia ese amplio agrupamiento entre comunistas y otras fuerzas igualmente interesadas en la

causa de la distensión, la paz y el desarme.

Podría parecer, por tanto, que en este orden hay coincidencia entre los que han asistido a la conferencia y

los que no han asistido. Yo creo que esto sería una forma superficial de ver las cosas.

Vayamos al terreno concreto: ¿es que alguien puede imaginar que el acuerdo, la aproximación, la posible

acción común con socialistas, socialdemócratas y cristianos, se puede lograr a partir de un alineamiento

con las posiciones del Pacto de Varsovia, con la política exterior de la Unión Soviética? Creo que basta

hacer la pregunta para contestarla.

Llegamos entonces al punto más sustancial de la diferencia: ¿se trata, para los partidos comunistas,

concretamente de Europa occidental, de hacer propaganda de las posiciones que defienden en el terreno

diplomático, en la vida internacional, los Estados del Pacto de Varsovia? ¿Se trata de hacer llamamientos

a reuniones amplias para, en cierto modo, «aparentar que somos los buenos»? ¿O se trata de hacer

política?; es decir, de desplegar una actividad de propuestas, de iniciativas, de conversaciones, de

encuentros abiertos desde el principio a otras fuerzas, socialistas, socialdemócratas, progresistas, con

vistas a construir de verdad un nuevo agrupamiento, una nueva posición en Europa occidental ante los

problemas de la paz, de la distensión y del desarme; una nueva posición que no puede ser ni el apoyo a la

política aventurera y demencial en la que se hunde cada vez más el imperialismo norteamericano; y que

tampoco puede ser el apoyo a la política soviética, caracterizada en el último periodo por la intervención

militar en Afganistán.

Un eurocomunismo no propagandístico

4. La posición eurocomunista, que creo es la que hemos mantenido el PCE y una serie de otros partidos,

se diferencia, pues, en algo que es fundamental: en la concepción de lo que debe ser el papel del

movimiento obrero y democrático de Europa occidental; no un papel de propaganda de la política que

elaboran y definen otros, sino un papel propio, autónomo, independiente, capaz de influir en un cambio

real de la situación, y de contribuir, por tanto, junto con otras fuerzas, a la superación de la terrible crisis

que estamos viviendo en la situación internacional, de alejar los peligros de guerra, de ayudar al retorno

de un clima que permita tender puentes, poner mesas para negociar, volver a la distensión y propiciar,

incluso, una forma nueva de abordar los problemas del control y reducción de los armamentos.

Tomemos el tema de los euromisiles: a partir de una acusación a los soviéticos de que han logrado una

superioridad al instalar los SS20, los norteamericanos han logrado imponer que la OTAN decida la

construcción de los Pershing2 y de los Cruise. Es obvio que, si las cosas siguen por ese camino, el rearme

nuclear de Europa, con las medidas de la OTAN, con las lógicas medidas que tomaría después el Pacto de

Varsovia, llegaría a extremos aterradores. Se crearía de hecho una situación en la cual Europa podría ser

totalmente destruida en una guerra nuclear incluso sin la intervención de las armas nucleares estratégicas

que poseen las dos mayores potencias.

¿Cómo debemos colocarnos, los comunistas de Europa occidental, ante este problema? ¿Apoyando la

posición del Pacto de Varsovia e insistiendo exclusivamente en que la OTAN no debe llevar a cabo sus

decisiones de rearme nuclear?

Nosotros creemos que el camino es otro: los comunistas, las fuerzas de izquierda de Europa occidental,

colocándose fuera de la lógica de los bloques, y en nombre de los intereses reales de los países europeos,

deben exigir que se abra sin retraso una negociación sobre ese problema entre los dos bloques;

negociación abierta, negociación en la cual se busque la definición de un equilibrio auténtico de un lado y

de otro, en la que se pongan todas las cartas sobre la mesa, como ha ocurrido en las negociaciones SALT;

negociación tendente a lograr que ese equilibrio se realice no aumentando de un lado y de otro las armas

nucleares, sino disminuyéndolas y, en lo posible, haciendo desaparecer los euromisiles del horizonte

europeo. Lo que implica que no sólo hay que exigir a la OTAN que anule las decisiones tomadas, sino

probablemente también, si ello resulta de las negociaciones, exigir a la Unión Soviética, al Pacto de

Varsovia, que suprima parte de su armamento nuclear.

Pero una posición de este tipo es inconcebible en una conferencia como la que han celebrado algunos

partidos comunistas en París.

5. Ante las nuevas actitudes cargadas de peligro que se manifiestan en la política de Estados Unidos, por

un lado con la operación demencial en Irán, por otro con la reafirmación de que está dispuesto a repetir

acciones de ese género, se observa en Europa occidental una tendencia a una política de disminuir su

subordinación.

La tendencia a la autonomía de Europa occidental difícilmente la pueden plasmar Gobiernos de la

derecha, representantes de los grandes monopolios capitalistas. La derecha puede expresar esa necesidad

objetiva de Europa, incluso a través de las veleidades y fracasos de sus Gobiernos; no puede realizar,

crear la nueva política europea que es hoy imprescindible.

De ahí el gran desafío para la izquierda europea. En el seno de ésta, fuerzas que tradicionalmente han

seguido la política norteamericana, por ejemplo, al iniciarse la guerra del Vietnam, están evolucionando

hacia posiciones nuevas. En el seno de los partidos socialistas y socialdemócratas empiezan a

configurarse actitudes que empujan hacia una autonomía de Europa occidental en la actual crisis

internacional, buscando de colocar al Viejo Continente no como un instrumento o una pieza de un bloque,

sino como un factor capaz de ayudar a disminuir la confrontación de las dos superpotencias, a buscar vías

de negociación, de distensión. Ello se ha reflejado en las resoluciones de la Internacional Socialista en su

reunión de Viena, en el reciente documento del Partido Laborista inglés sobre el eurocomunismo,

etcétera.

Presentar la «euroizquierda» como algo que ya existe sería exagerado y erróneo. La izquierda europea

está aún atravesada por dificultades, contradicciones y obstáculos que no ofrecen un cuadro muy

optimista. Sin embargo, hay síntomas de que pueden resultar históricamente caducas las causas que

provocaron las grandes escisiones de los años veinte; y de que el diálogo entre comunistas y socialistas

debería centrarse hoy sobre las posibles alternativas a la crisis y de un modo más urgente, sobre una

contribución efectiva a la solución de los problemas internacionales, se abre paso cada vez con más

fuerza.

Manuel Azcárate es el encargado de relaciones exteriores del PCE.

 

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