Gibraltar, al hilo de una visita     
 
 ABC.    17/08/1973.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABC. VIERNES 17 DE AGOSTO DE 1973. EDICIÓN DE LA MAÑANA PAG 14.

G1BRALTAR, AL HILO DE UNA VISITA

En días pasados visitó España el primer ministro de Malta, Dom Mintoff. Su estancia en nuestro país no

debe pasar inadvertida al comentario; toda vez que durante ella fue, también, huésped del Gobierno

español. El primer ministro maltés alcanzó en tiempos, si pasados, recientes, justa fama internacional por

el modo, tan tenaz y espectacular, con que defendió hasta que cumplidamente prevalecieron los intereses

nacionales de Malta en el complejo y atirantado momento de la política mediterránea. Parco y asaz

limitado en recursos económicos y demográficos, ese archipiélago sito sobre el propio gozne de las

subcuencas del Mare Nostrum, no ha alcanzado a ser más que eso: «un portaaviones», como se le

definiera en el Almirantazgo británico. Los ingresos derivados de su renta de situación militar eran tan

preponderantemente exclusivos como —en su exigüidad— limitadores respecto a cualquier opción de

independencia nacional efectiva.

El largo flamear de la Unión Jack sobre las piedras que fueron yunque en que se batió la defensa de la

Cristiandad, redujo a Malta, por la propia dinámica de los propósitos imperiales, al puro y estricto soporte

de unas conveniencias que no eran las suyas. Mintoff se propuso, hasta principiar el camino de su

consecución, que Malta dejara de ser «una cantinera» más del Imperio británico. Se esforzó,

consiguiéndolo, para que los ingresos generados por la situación de su país alcanzaran cotas desde las que

fuera posible otear otros horizontes. Financiarse la posibilidad, la libertad, de ser otra cosa...

Sobre el caso de Malta cabe decir que, en cierto modo, existe paralelismo de fondo con la situación que a

manos de la misma potencia padece Gibraltar. El emplazamiento de fuerzas militares extranjeras

británicas— en el Peñón, no sólo ha generado consecuencias nefastas para el desarrollo económico de una

amplia zona del Sur, sino que, al propio tiempo, ha hipotecado hasta esterilizarla, en lo económico, en lo

político y en lo militar, la privilegiada renta de situación que nuestro país tiene: sobre el cruce de dos

mares, en la intersección de dos Continentes y como nexo del tráfico marítimo euro-americano.

La reconversión práctica que Dom Mintoff ha conseguido de las vinculaciones bilaterales con Gran

Bretaña en otras —orgánicas y económicas— multilaterales, con varios países de la O. T. A. N., es asunto

cuajado de incitaciones para una meditación del tema de Gibraltar. Puesto que, precisamente, por ondear

allí el pabellón inglés, no puede nuestro país moverse con el vigor y la firmeza que necesita para encarar

primordiales capítulos de su política europea y atlántica. La presencia británica en Gibraltar reduce la

situación —dicho sea con la crudeza que la cuestión merece— a una «depreciación operativa» por parte

de algunos Gobiernos europeos, firmes en la creencia de que la colonia, por ella misma, aporta, en lo que

a la Península Ibérica se refiere, lo necesario para el esquema defensivo en que abrevan ellos su

seguridad. Y aunque para una hipótesis límite piensan que la O. T. A. N. dispondría, aparte del Peñón, de

la dimensión de profundidad territorial necesaria en nuestro suelo, por gracioso consentimiento hispano,

no se les parece columbrar la posibilidad de que España dejara un día su incondicional afección a un

sistema que no sólo tolera la vergüenza histórica de una colonia en suelo de Europa, sino que, por vía

indirecta, aunque ostensible, comparte el usufructo del expolio. Y si de la O. T. A. N. se habla, algo

parecido puede decirse también del Mercado Común, cuya seguridad militar total descansa —excepción

hecha de Francia— sobre el andamio de la Organización del Tratado Militar de la Defensa Atlántica.

España es algo más que portaaviones anclado en el matraz geopolítico del Mediterráneo.

Al Gobierno español, con toda seguridad, no le pasaron inadvertidos los signos íntimos de las fintas

negociadoras a que se vio obligado, en defensa de los intereses nacionales suyos, el primer ministro

maltés. El Mediterráneo —laboratorio en el que se reducen, verifican y miden los metabolismos de las

hegemonías mundiales— es uno de los espejos en los que España puede ensayar también danza y

dialéctica nuevas para las propias y legítimas conveniencias.

Gibraltar —sentenciado está por la Historia— es fruta que, madura, caerá por su propio peso. Pero son

precisamente las condiciones históricas del presente político internacional las que acrecientan

posibilidades y aceleran el ritmo de la maduración. Asida está la presencia británica en el Peñón a un

complejo de intereses, la sombra de cuyas ramas agostan muchos de los legítimos de España. Ese

complejo, esas ramas, ese árbol del que pende la colonia de Gibraltar, lastre poco menos que absoluto de

nuestra política exterior, es susceptible de ser sacudido a fintas y a golpes de «contragibraltares». La

diplomacia española ha dado por concluida la fase de complacencia y espera. Y hay mucho legítimo para

redimir una ilegítima hipoteca»

 

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