Autor: L. H. A.. 
   Homenaje norteamericano a los marinos españoles que realizaron el primer viaje de circunnavegación  :   
 El embajador de los Estados Unidos entrega al señor Castiella una placa en Sanlúcar de Barrameda como recuerdo de la histórica azaña. 
 ABC.    15/05/1960.  Página: 91. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC. DOMINGO 15 DE MAYO DE 1960. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 91

HOMENAJE NORTEAMERICANO A LOS MARINOS ESPAÑOLES QUE REALIZARON EL

PRIMER VIAJE DE CIRGUNNAVEGACION

EL EMBAJADOR DE LOS ESTADOS UNIDOS ENTREGA AL SEÑOR CASTIELLA UNA PLACA

EN SANLUCAR DE BARRAMEDA COMO RECUERDO DE LA HISTÓRICA HAZAÑA

PRONUNCIARON DISCURSOS EL MINISTRO DE ASUNTOS EXTERIORES

Y MR. LODGE

Sanlúcar de Barrameda 14. (De nuestro enviado especial.) Yo no sé por qué se acusa a los Estados Unidos

de ser un pueblo absolutamente materialista. Es cierto que todos los americanos poseen un televisor, una

nevera y un automóvil. Pero esto no es bastante para achacarles falta de espiritualidad. Aunque muchos

pueblos no posean todos esos lujos materiales, la verdad es que desean poseerlos. Y en todo caso el

materialismo de unos y otros es idéntico.

La Armada norteamericana ha coronado con éxito la primera vuelta submarina al mundo. El "Tritón"

siguió la misma ruta que el "Victoria" de Elcano, y, al pasar ante Cádiz, asomó la flor de acero de su

cubierta, como tributo y homenaje al país que realizó la hazaña gloriosa. Bello gesto ejemplar para una

nación sobre la que ha caído el peso de la dirección del mundo actual. La proeza del "Tritón"—dijo el

embajador norteamericano—pone de relieve, de manera alentadora, los valores intemporales del espíritu

humano en que está basada nuestra civilización.

Hemos venido hoy a Sanlúcar de Barrameda para bañarnos en su blancura luminosa y para presenciar

cómo el señor Lodge, en nombre de la Armada norteamericana, entregaba al ministro español de Asuntos

Exteriores una placa conmemoradora de la gesta de Elcano. Un sol deslumbrador, anclado entre celajes,

lo llenaba todo de luz. No es extraño que al llegar a Cádiz Gautier escribiera: "En realidad, lo que en

nuestro país llamamos sol es, junto a esto, una lamparilla agonizante a la cabecera de un enfermo," En

torno al estrado levantado en la plaza del Cabildo, un pueblo sano se arracimaba inquieto y expectante.

Aquel torrente de colores vivos hería en los ojos. El embajador norteamericano, con su grave voz de

orador consumado, pronunció un discurso lleno de calor y pasión. Se adivinaba la sinceridad y la

admiración en el elogio que hizo de la gesta de Elcano y de las dificultades que tuvo que vencer.

Pigafetta, al que citó el embajador, escribió en otro pasaje de su célebre narración del viaje: "Estuvimos

tres meses y veinte días sin poder embarcar provisiones ni bebidas. No comimos más que galleta reducida

a polvo, llena de larvas y que apestaba, debido a la porquería que dejaron las ratas cuando se comieron las

galletas buenas, y bebimos agua de color amarillento que olía mal. Comimos incluso las pieles de buey

que teníamos estibadas bajo la verga mayor." Antes que el embajador, había hablando el alcalde de

Sanlúcar y después lo haría, con viva emoción, el señor Castiella, para agradecer la placa que se le

entregaba y que venía a enlazar, en una sola, la hazaña del "Victoria" y la hazaña del "Tritón". En el

estrado presidencial se encontraba ,un militar glorioso, el Infante D. Alfonso de Orleans, a quien el

pueblo de Sanlúcar tributó la más encendida ovación de la mañana. Acompañaban al Infante, el

embajador de Portugal, señor Augusto des Laudes; el almirante Bustamante; el gobernador militar de

Cádiz, general Oca; el gobernador civil, señor Sánchez González; el alcalde de Sanlúcar, señor Zaragoza,

y otras autoridades españolas y norteamericanas.

Terminado el acto, el gentío se dispersó y, en el Ayuntamiento, españoles y americanos rivalizaron en

amable cordialidad. He aquí un ejemplo admirable de comprensión y hermandad sincera. Con actos como

los de hoy aprenden los pueblos a entenderse y a amarse más que con conferencias y tratados. Luego,

desde el avión que nos devolvía a Madrid, tuvimos ocasión de ver a lo lejos a Cádiz, la ciudad milenaria,

donde el silencio canta. Galdos hubiera dicha que sobre las aguas tranquilas, parecía una ringlera de

diamantes montados en plata.—L. H. A.

 

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