Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   El centro-derecha, necesario     
 
 ABC.    23/11/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL CENTRO-DERECHA, NECESARIO

LA derecha no es una sola, y siempre ha sido más difícil unirla que a la izquierda. Simone de

Beauvoir dijo al respecto que la explicación filosófica es elemental: «El error es múltiple y la

verdad es una.» El problema es más compiejo: la izquierda es más ideológica y la derecha más

realista; en la izquierda es más fácil a unos pocos líderes orientar a una gran masa de

seguidores; en la derecha es mayor el número de personas de alto nivel profesional e

intelectual que opinan y discuten y critican.

Sin embargo, la derecha necesita, como el que más, unirse y actuar con eficacia. Conviene

aclarar por ello qué ideas son válidas hoy para lograr una eficacia real en la vida política de

hoy.

La primera formulación de la derecha, en España como en el resto de Europa, fue el

tradicionalismo; con tendencia integrista. Había en la España de comienzos del siglo XIX un

orden social creado a lo largo de siglos, en torno a la unidad religiosa más celosamente

defendida del Occidente; en torno a la vida típica de las aldeas y los pueblos agrícolas, y

apoyada en el sistema político de la Monarquía absoluta. Frente a la ideología liberal, que

propugnaba una mayor libertad intelectual y moral; frente al nuevo orden social, creado en

torno al comercio y a la industria, y a un mayor peso de las ciudades; y frente a la reforma

política, que postulaba una Monarquía constitucional, con un control parlamentario, se

organizaron toda clase de resistencias. De 1810 a 1840, la lucha entre la España tradicional y

la liberal fue a muerte, y la guerra civil de los siete años una de las más dramáticas de los

tiempos románticos. Más que en ningún otro país, la derecha integrista ha sobrevivido. Pero de

modo cada vez menos eficaz. Hoy nadie puede pretender volver a la España de Carlos IV. Los

carlistas proponen hoy un socialismo autogestionario; nadie defiende hoy que, malos como son

los suburbios de Madrid, Barcelona y Bilbao, sus gentes puedan volver a los cortijos andaluces

y extremeños, y a nadie se le ocurre hoy que puede haber un Rey como Fernando VIl.

Por lo tanto, no puede haber una derecha ultra o integrista. Sus escasos partidarios saben que

sólo podría imponerse por la fuerza, y el resto del país lo sabe también.

En la década de ios años 40 del pasado siglo apareció una segunda versión de la derecha: los

moderados. La derecha moderada equivale al orleanismo francés; acepta el nuevo mundo

liberal, pero desea estabilizarlo frente al desplazamiento constante hacia la izquierda de otros

grupos que de «liberales» en Cádiz (1810-1814) pasan a «exaltados» en los «tres mal

llamados años» (1820-1823), y a «progresistas» en los años 40. para ser más tarde

«demócratas» y más tarde «republicanos», pronto desbordados por los anarquistas y los

socialistas.

Los moderados conciben un Estado más fuerte (una de sus grandes creaciones es la Guardia

Civil, relevando a la demagógica Milicia nacional), y basado en el desarrollo de la empresa

capitalista. Una burguesía de negocios sustituye a la burguesía romántica y de agitación.

Esta resurge en la revolución de 1868, pero Cánovas logrará, a fin de siglo, el gran éxito de

convertir a ios moderados en iiberaiconservadores. El Partido Conservador, con todos sus

defectos, logra (sobre todo con Maura, íncomprendido y defenestrado por la unión de las

izquierdas y el maquiavelismo de Palacio) un planteamiento serio del Estado constitucional, un

claro lanzamiento del desarrollo económico y un restablecimiento de la convivencia basado en

la mutua tolerancia. Un gran período intelectual y el comienzo del despegue económico-social

son sus consecuencias más indiscutibles.

En los años 20 de este siglo resurge algo que ya había encarnado Narváez, que no acabó de

cuajar Primo de Rivera, y que habrá de ser uno de los elementos más importantes de ese

complejo fenómeno que fue el franquismo. Es el equivalente de lo que fue el bonapartismo en

Francia, sobre todo en el segundo imperio. Una derecha no ultra, no exclusivamente burguesa,

tan desarroilista como conservadora, que entiende que las crisis económicas y sociales de

nuestro tiempo requieren instrumentos más eficaces que los ya superados del Estado liberal; y

que la resistencia a la revolución exige igualmente medios más enérgicos que los tradicionales.

No cabe negar los frutos positivos de la Dictadura y del período franquista para el desarrollo

económico y social; no cabe ignorar tampoco que hoy estamos en un momento histórico v en

una actitud de la opinión radicalmente diferente de la de los años 20 y 30.

¿Cuál es, pues, la actitud válida de una derecha civilizada, realista, con posibilidades efectivas

como alternativa de Gobierno, no golpista, con visión de futuro? A mi juicio, la respuesta es

ciara: el centro-derecha, que de una forma u otra es la derecha actual en Inglaterra, en Francia,

en Alemania y en Estados Unidos, aunque los nombres y las fórmulas locales no sean las

mismas.

El centro-derecha no es ultra, ni integrista. Sus objetivos no son la sociedad perfecta, ni sus

métodos consisten en tratar de imponerla, por las buenas o por las malas. Participa de un

respeto a la tradición, pero reconoce que ha de ampliarse y enriquecerse en cada generación;

defiende la moral pública, en todos los sentidos de la palabra; acepta el progreso y la tolerancia

dentro del orden y de la Ley; juega dentro de las regias democráticas, con todas las

consecuencias.

El centro-derecha es un instrumento al servicio del puro capitalismo. Cree que el sistema de

libre empresa es superior al capitalismo de Estado; pero acepta la función social de la

propiedad, un sistema fiscal justo, y la economía de mercado la concibe como economía social

de mercado, al servicio de la comunidad. Pero no cree en la burocratización de la economía, ni

en la escuela única, ni en el progresismo .utópico como sistema, sino en la realidad del trabajo,

del ahorro V de la seriedad.

El centro-derecha, en fin, no es partidario del golpe ni de la dictadura. Cree que, sin un Estado

fuerte la sociedad va a la deriva; cree que la democracia fuerte es preferible a la demagogia;

pero respeta demasiado a las Fuerzas Armadas para pedirles lo que no pueden ni deben

hacer. Las desea fuertes para la defensa de los enemigos interiores y exteriores; desea un

orden público real y creador de confianza; no aceptará bromas pesadas sobre la unidad

nacional. Pero desea actuar desde la sociedad civil y dentro de una Constitución realista y

flexible, aceptada por la mayoría.

El centro-derecha es necesario. El centro-derecha es posible. Hacerlo exige esfuerzos de

muchos y no pocos sacrificios. No los regatearán quienes piensen que España es lo más

importante.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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