Autor: Marco Linares, Victoria. 
 Lo que no se dijo del Sahara (XXXII). 
 Tristeza de un amanecer     
 
 El Alcázar.    23/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 38. 

Lo que no se dijo del Sahara

XXXII

TRISTEZA DE UN AMANECER

El miércoles 19 de noviembre llamé por teléfono a EL ALCÁZAR para enviar mi crónica, que,

desplazada por la triste actualidad del día siguiente, quedaría sin publicar.

Por Félix Mier, nuestro taquígrafo, tuve ya noticia de la desesperada gravedad del Caudillo,

cuya temperatura, según me informé, se mantenía en 33 grados, haciendo temer un fatal

desenlace.

TRISTEZA DE UN AMANECER

Más tarde, la televisión confirmó también aquella gravedad y luego el interés se centró en

Radio Nacional en una escucha de la que participábamos todos, especialmente en los cuerpos

de guardia de los distintos acuartelamientos.

Yo había comenzado a escribir en una síntesis todos los acontecimientos vividos en el Sahara

desde junio de 1970 y trabajando en ello me dormí vencida por el cansancio, como algunas

veces me ocurría, sentada allí mismo, en el sofá, ante la máquina de escribir.

Súbitamente, me despertó un extraño sobresalto como de ahogo, igual que ocurriera a otros

muchos españoles en aquel mismo momento, y como ellos, según he sabido mas tarde, un

reflejo irreprimible me llevó a poner el transistor, aunque, en verdad, el vuelco que ya me habla

dado el corazón se adelantó unos segundos a la voz que anunciaba a toda España la muerte

de Franco.

Durante unos momentos me sentí anonadada, como si aquella muerte hubiera llegado por

sorpresa, y lloré largamente, sin consuelo, todas mis lágrimas, mezclando recuerdos y

oraciones, igual que mezclaba en otros rezos, ya muy lejanos de la infancia, el nombre de Dios

y el de Franco, en un mismo fervor incapaz de entender aún que era al primero a quien debía

pedir para el segundo.

Después un cañonazo retumbó inesperadamente cortando mis reflexiones hasta que logré

comprender. Era una salva de artillería. Una salva sobrecogedora, como un terrible doblar a

muerto, resonando cada cuarto de hora en aquella ciudad que habla ido perdiendo ecos y

sonidos a medida que se marchaban sus habitantes...

Para mí lo más impresionante de aquella salva no era tanto el testimonio del luto nacional

decretado, como el dolor profundo y sin consuelo que llorábamos ya tantos españoles.

EN LA PLAZA DE ESPAÑA

Al menos, en aquel mundo que a mí me rodeaba, puedo afirmar rotundamente que, si con

ceder sólo unas horas de nuestras vidas hubiéramos podido salvarle, Franco habría sido tan

inmortal en vida como es en gloria.

Algo después me fui a la calle, no como otras veces en busca de noticias, ¿acaso podía ocurrir

aquel día algo más importante?, sino incapaz de soportar mi propia casa.

Nunca me pareció más desoladora la ciudad que a la luz incierta y grisácea de aquellas

primeras horas.

Aaiún era ya como un inmenso vertedero con restos de enseres rotos y tirados por doquier, que

durante la noche esparcían aún más los animales también abandonados que buscaban algún

alimento.

No se vela un alma exceptuando los centinelas de los acuartelamientos, y sólo se ola de vez en

cuando el rodar de algún coche y el triste fragor de las salvas, resonando con implacable

regularidad.

Al desembocar en la Plaza de España, hice un esfuerzo para contener la emoción al ver frente

a mí, en el Cuartel General y en el edificio de Gobierno, la bandera a media asta con un lazo

negro.

EL PÉSAME DEL POLISARIO

Un viejo amigo saharaui se acercó a darme el pésame.

—Es una gran desgracia. Yo te conocí hace muchos años cuando yo servir en Espafia con

ejército y yo ser oficial.

Y sacando del pecho del derrah un viejo documento, me lo enseñó orgulloso.

Otro amigo saharaui, éste muy joven y afiliado del PUNS, se acercó también.

—Lo siento, lo siento mucho. Le vi en Madrid el año pasado presidiendo el desfile, todo el

tiempo de pie, saludando y sin acusar fatiga; me impresionó su fortaleza. Y ahora, ¿qué va a

pasar?

Nunca he sabido si se refería al futuro del Sahara o al de España, pero la respuesta valla igual.

—Por encima de todo confío en Dios.

—Yo también, pero no sé si te veré más, me voy al campo.

En aquellos momentos no le entendí.

—¿Al campo?

—Sí, me voy con el Polisario, ya sabes, nos vamos varios; cuanto antes, mejor; esto se va a

poner muy feo y luego puede ser tarde.

Le dije adiós sin reparar demasiado en sus últimas palabras hasta que seis días después, a la

vista de los acontecimientos, comprendí todo su alcance y previsión.

Cuantos saharauis amigos me encontré, me expresaron su condolencia y aunque al parecer no

se publicó, creo justo destacar que en el Gobierno General del Sahara, se recibió un pésame

oficial del propio Polisario.

TESTIMONIO GENERAL

Mediada ya la mañana, entré en el casino. No habla otro tema de conversación, la

consternación era unánime y se comentaba no sólo aquella agonía ejemplar, sino aquel

mensaje suyo, con el último pensamiento para su querida Patria a la que, en vida y muerte, no

habla dejado de servir, y aquel llamamiento conmovedor que en nombre de ella misma nos

hacia de seguir sirviéndola junto a nuestro futuro Rey D. Juan Carlos.

A mí quizá lo que me impresionaba más era aquel perdón a cuantos quisieron ser enemigos

suyos por serlo de España, y al leer ahora la crónica de aquel día no deja de parecerme

curioso su contenido.

«Solamente un hombre como Franco podía conseguir que esos enemigos, aun a pesar de si

mismos, nos rindieran un servicio incalculable al darnos el mejor testimonio de cómo

reaccionaremos los españoles si alguien pretende interrumpir la obra que Franco empezó para

grandeza de España y de todos nosotros.

Teníamos quizá la confianza que nos daba la medida de nuestra generosidad; pero ellos nos

han puesto en alerta haciéndonos ver que mejorar a España es un privilegio al alcance de

todos los españoles, y una responsabilidad que, compartida entre todos, será mucho mas fácil.

Y como la generosidad no es olvido, el recuerdo de lo que ya fue sirvió para que

testimoniáramos ante Franco, el 2 de octubre último, el bloque compacto de nuestra unidad

garantizándole cómo vamos a cumplir la tarea que él nos ha encomendado.

Este es el testimonio que esta corresponsal ha recogido en la calle y en todos los centros

oficiales, porque la noticia de Aaiún es la misma que lloran todos los españoles.

Francisco Franco ya reposa en la gloria de Dios, porque la de este mundo se le quedó pequeña

hace mucho.

Sin embargo, aquella misma mañana y allí, en el propio Casino, fuimos ya testigos de la

primera ofensa al Caudillo muerto.

Victoria MARCO LINARES

Fotos: Archivo

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EL ALCÁZAR

 

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