Autor: Sentís, Carlos. 
   Los mejores mueren en la arena  :   
 Así lo manifestó Kennedy recientemente al embajador español, eligiendo un símil taurino. 
 ABC.    27/11/1963.  Página: 53. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

«LOS MEJORES MUEREN EN LA ARENA»

Así lo manifestó Kennedy recientemente al embajador español, eligiendo un símil taurino

Washington 26. (Por Carlos Sentís, director de la Agencia Efe.) Nadie lo ha retratado muerto. Ayer, día

de su postrer desfile—marcha militar—por las calles de Washington, lo mismo que los días anteriores, a

partir del viernes fatal de Dallas, nadie ha visto el cadáver. La madera y la bandera que envolvían el ataúd

interponían su opacidad entre su cabeza reventada por las dos certeras balas y la mirada de las gentes.

Ha habido presidentes de los Estados Unidos, muertos durante la función de su cargo, cuyo rostro en el

ataúd se ha visto por una mirilla, y otros han permanecido enteramente descubiertos. Franklin Delano

Roosevelt, que también murió de presidente efectivo, aunque no bajo las balas asesinas, no se mostró. Su

enfermedad, en los últimos días, maltrató muchísimo sus hasta entonces armoniosas facciones, y Eleonor,

su viuda, no quiso dejarlo al descubierto. El embajador ruso de la época—la amistad de Yalta no se había

todavía extinguido—protestó y dijo que él no podía informar de la muerte de Roosevelt a su Gobierno

mientras no lo viera por sus propios ojos. En esta última desgraciada ocasión, ni los rusos ni nadie han

reclamado la visión del glorioso cadáver del presidente. Mejor, mucho mejor que nadie lo haya visto

muerto. A John Fitzgerald Kennedy le cuadra muy bien una. posteridad de imágenes vivas y alegres, sin

mascarilla de cera antañona o la moderna imagen de reproducción sobre celuloide.

Muerto y enterrado, John Kennedy parece hoy vivir todavía. Las revistas que salen esta mañana, como se

imprimieron antes del viernes, se han pasado hablando o polemizan en torno de un Kennedy reinante.

Únicamente los diarios han podido ponerse a la par de tan inopinada defunción.

Anoche empezaron a avanzar tímidamente hacia el nuevo presidente, Lyndon B. Johnson; pero los

corazones no estaban con él. Las gentes no se cansan de ver a Kennedy una y otra vez en sus triunfales

momentos y en sus gloriosas jornadas evocadas, y también quieren ver repetidamente la película

televisada de su última jornada: cuando llega al aeropuerto de Dallas y lo recibe la multitud con palmas,

iniciándose, en coche descubierto, un desfile de Domingo de Ramos que acaba a los pocos minutos en

Calvario.

Ayer, Jacqueline, de vuelta del cementerio a la Casa Blanca, rompió a llorar —quizá la primera vez que lo

ha hecho en público—, al abrazar a nuestro embajador, que, acompañando al capitán general Muñoz

Grandes, le fue a dar el pésame.

El matrimonio Kennedy pasó su penúltimo fin de semana con Antonio Garrigues y los condes de Potoki,

embajadores de Polonia y residentes desde hace años en Madrid. La condesa Potoki es una Radziwill,

cuñada, por consiguiente, de Jacqueline.

En una comida en la Embajada de España, donde estos días residen los condes de Potoki, nos contaron

algunas conversaciones que sostuvieron con los Kennedy estos últimos días. El presidente, que no iba

siquiera a cazar porque le disgustaba ametrallar cualquier animal, tenía una gran debilidad por las corridas

de toros. Un día le preguntaron:

"—¿Cómo justifica esta afición a pesar de su gran amor por los animales?

"—El toro de lidia—contestó—tiene sus derechos durante la corrida: muere luchando, y esto lo cambia

todo."

Le gustaba emplear símiles taurinos, y cuando Garrigues y los Potoki le fueron a buscar a la salida de su

última conferencia de Prensa, que fue espectacularmente movida, les dijo; "Para mí esto es como una

corrida de toros. Y también me gustan los toros—dijo más tarde—porque los mejores mueren en la

arena."

También él ha muerto así

 

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