Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   Hacia el parlamentarismo     
 
 ABC.    09/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

HACIA EL PARLAMENTARISMO

LA clave orgánica de toda Constitución es el procedimiento para designar al Gobierno. El

borrador, que por feliz indiscreción se acaba de hacer público, opta por el parlamentarismo.

Según el artículo 85, será presidente del Gobierno aquel candidato que, avalado por uno o más

grupos parlamentarios, obtenga para él o. en final votación de emergencia, para su Gabinete

más de la mitad de los votos de los diputados qué componen el Congreso. También por

mayoría absoluta, el Congreso podrá sustituir al presidente, a propuesta de una décima parte

de los miembros de la Cámara. El sistema es, en suma, el del parlamentarismo puro con dos

correctivos. El primero es que no se podrá derribar al presidente sin sustituirlo

simultáneamente, con lo que se evita el vacío legal de poder. Él segundo es que esa décima

parte de los diputados que propone el relevo sólo podrá hacerlo una vez cada período de

sesiones. Esta última limitación es de poco alcance, puesto que el período inicial de sesiones

es sólo de tres meses y, agotada la primera opción, aún quedarían nueve décimas partes de

diputados para presentar nuevas proposiciones de reemplazar al presidente, o sea, una posible

moción de crisis gubernamental cada nueve días. Este es el esquema nacional que habrá que

multiplicar por el número de regiones autónomas, también parlamentaristas. Hasta aquí, el

proyecto provisional de la Ponencia.

El parlamentarismo lo inventó la Revolución francesa (art. 63 de la Constitución de 1793 y art.

132 de la de 1795). La inviabiiidad del sistema condujo a la dictadura de Bonaparte, nombrado

cónsul en 1799 y emperador en 1804. El parlamentarismo renace a la caída de Napoleón III en

1871, se deteriora profundamente en ios años treinta y, tras la catástrofe, es abolido por Pétain

en 1940. Restablecido por la IV República (art. 45 de la Constitución de 1946), lleva al país a

un tal punto de descomposición que el general De Gaulle inátaura el presidencialismo de la V

República, la llamada «monarquía republicana» (art. 8 de la Constitución de 1958). La historia

institucional de la Francia contemporánea es la de una recurrente tentación de

parlamentarismo, reiteradamente fracasada.

Todas las Constituciones; españolas, desde la de 1812 (art. 171) a la de 1876 (art. 54),

reconocen al Rey la potestad de nombrar y separar libremente a los ministros, aunque la

realidad política registrara ciertas prácticas parlamentaristas. El modelo demoliberal quebró

constantemente hasta 1876, y se descompuso a partir de 1902 hasta su total quiebra en 1923,

fecha del comienzo de la dictadura de Primo de Rivera.

El parlamentarismo propiamente dicho lo implantó en España, por primera vez, el artículo 64 de

la Constitución de 1931. La característica más acusada de aquel régimen fue la inestabilidad

gubernamental y, consecuentemente, el desorden y el subdesarroilo económico. En cinco años

y cuatro meses se sucedieron doce Gobiernos, lo que arroja una duración media de sólo cinco

meses para cada Gabinete. El parlamentarismo fue el verdugo constitucional de la II República,

el que nos condujo a las desahuciadas vísperas de la guerra civil.

El parlamentarismo consiste esencialmente en la confusión de la función legislativa y la

ejecutiva, puesto que el Gabinete depende enteramente de la, asamblea. Los legisladores

elaboran las normas y, además, designan y destituyen a los presidentes del Consejo. Para los

teóricos idealistas del Estado, que son legión, el parlamentarismo será bueno o malo según

que se postule, como Montesquieu, el dogma de la separación de poderes, o el de su

unificación. Mas, para los que sostenemos una teoría racional y empírica del Estado, las

fórmulas constitucionales son meros procedimientos que no son buenos ni malos en sí mismos,

y cuya relativa conveniencia dependerá de su adecuación a unas circunstancias dadas, y de su

capacidad para realizar en ellas el orden, la justicia y el desarrollo en un grado razonable. El

parlamentarismo suele funcionar en aquellas democracias inorgánicas donde existe el

bipartidismo o una coalición estable y mayoritaria porque en ambos supuestos hay un respaldo

parlamentario para mantener un Gobierno con autoridad y sin la cotidiana angustia de

sobrevivir.

Inglaterra es hoy un ejemplo de parlamentarismo viable dentro del bipartidismo, y Alemania lo

es dentro del sistema de coalición. Pero el parlamentarismo resulta improcedente en los casos

de pluripartidismo con grupos todos ellos minoritarios y regularmente enfrentados. En tal caso,

las mayorías para constituir Gabinetes o son imposibles o son efímeras, lo cual conduce, como

en la Alemania de Weimar, las Repúblicas hispanoamericanas y tantas otras, a la inestabilidad

y, en definitiva, al desgobierno.

Las características sociopolíticas expresadas por las elecciones del pasado junio son

claramente adversas a la viabilidad del parlamentarismo en nuestra patria. En el Congreso hay

ocho grupos y ninguno de ellos es mayoritario. El más numeroso de todos, el centrista, está

seriamente amenazado de dispersión y su consolidación es muy problemática. Los restantes se

caracterizan por unas posiciones programáticas tan distanciadas que hacen extremadamente

improbable la formación de coaliciones estables y eficaces. Incluso en una situación transitoria

de presidencialismo regio, como la del actual paréntesis constituyente, la autoridad del

Gobierno es tan precaria que para las decisiones esenciales ha tenido que acudir al expediente

pseudocoalicionista de los llamados Pactos de la Moncloa. Si la nueva Constitución

estableciera, como prevé el borrador conocido, un parlamentarismo puro con la Corona

reducida a un símbolo, ¿podría el sistema dar lugar a un Gobierno duradero y fuerte? Con la

actual configuración del Parlamento, mi respuesta es negativa. Y todo parece indicar que el

futuro Congreso presentará una composición todavía más desfavorable para el

parlamentarismo, porque probablemente serán menos numerosas las grandes minorías

socialistas y centristas, y porque habrá mayor dispersión partitocrática.

Por todo ello, me temo mucho que el parlamentarismo puro que se nos propone y que es la

institución política más fracasada de la Historia de España, desemboque en un desgobierno

creciente como el que padecimos en los agitados y decadentes años de la II República.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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