Grotesca campaña     
 
 ABC.    23/08/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

GROTESCA CAMPAÑA

A muchas y muy diversas partes es capaz de llevar la pasión política; negativas, las más de ellas:

inconvenientes y perjudiciales, al cabo, para la comunidad nacional en que tal pasión se desata. Echadas

a rodar las cosas, cuesta abajo, por la pendiente de la pasión, cualquier resultado cabe esperar. Y así y

todo sorprende a veces el desenlace, por lo imprevisto del lugar y lo arbitrario de la ocasión en que se

produce; tal como ha ocurrido con el «New York Times», que días pasados arremetió desaforada, injusta

e inadmisiblemente contra España y su Régimen, so capa de una venta norteamericana de aviones

británicos a España; aunque motivada en lo básico su afrentosa andanada por los resortes mismos de la

campaña que, a propósito de Watergate, tiene entablada el periódico neoyorquino contra la Casa Blanca.

El «Times» de Nueva York ha metido en el mismo saco asuntos tan heterogéneos y dispares como son los

que corresponden a la política interna de los Estados Unidos, para los que dispone de abundantes medios

lícitos, y los que afectan a la política interna de un país amigo de Norteamérica, cuyas relaciones se

encuentran articuladas en compromisos internacionales suscritos, en rigurosa continuidad —porque así

convenía a los intereses nacionales estadounidenses—, por cuatro distintas Administraciones de

Washington: republicanas dos de ellas —las de Einsenhower y Nixon— y demócratas —K e n n e d y y

Johnson— las otras dos.

No es ni medianamente correcto en cualquier suerte de moral política o de ética periodística, poner a los

pies de los caballos el buen nombre de un país y el del sistema político que le sirve, por la razón subjetiva

de que ello pueda contribuir al éxito de una campaña —la de Watergate— en la que a los españoles, como

pueblo, nada se nos ha perdido ni para bien ni para mal. Nada tienen que ver tampoco los planes de

modernización de nuestro sistema de defensa, asistidos por volúmenes de gasto que, proporcionalmente a

los recursos nacionales, se encuentran entre los más bajos del mundo, con las motivaciones íntimas que

llevan al equipo editorial de «New York Times» a fiscalizar los comportamientos electorales de la

presente Administración republicana. El «New York Times», sin embargo, ha sacado de la caja de los

truenos el repertorio de los insultos más agresivos y los tópicos más rancios contra nuestro país,

basándose en la circunstancia de que el Gobierno de Nixon, al que editorialmente combate, cumple los

compromisos de colaboración pactados con España; compromisos que desarrollan una continuidad con

los que suscribieron anteriores Administraciones.

Allá los norteamericanos con sus problemas políticos internos y con los modos y sistemas que su

legalidad constitucional les confiere para encararlos. A nosotros los españoles, en cuanto pueblo que

sostiene con Estados Unidos una relación de amistad leal, puede preocuparnos, y nos preocupa, que el

desenlace final del presente debate sobre Watergate se avenga lo más posible a las exigencias del bien

nacional suyo. Pero hasta ahí solamente. Por lo demás, no entramos ni salimos en algo que es y

corresponde al modo en que administran los norteamericanos recursos que su Constitución les reconoce.

Sería lo contrario, lisa y llanamente, injerencia en los asuntos internos de una comunidad nacional; es

decir, lo mismo que el «Times» neoyorquino ha hecho con España, en la inercia de la pasión política

suscitada por un asunto, el de Watergate, nacionalmente propio e intransferible, igual a la hora de sus

planteamiento que en la de sus consecuencias.

Existe, además, otro enfoque a la hora de explicar los íntimos resortes de ese insulto editorial que el

«New York Times» acaba de lanzar. Así, junto al empeño de abatir políticamente a Nixon, utilizando para

tal fin recursos ilícitos y fuera de toda ética, es probable, en muy alto grado, que el influyente rotativo se

haya visto influido, en sustancial medida, por poderosos sectores extraperiodísticos de su país. Sectores

que si, por una parte, contemplan con disgusto la firme defensa que España hace de una solución justa

para el problema del Próximo Oriente, advierten con resentida inquietud, por otra, cómo España se

encuentra situada en condiciones envidiables ante el decurso del asunto de la crisis mundial de energía.

Irritados tales sectores por la posición diplomática de España y por la situación nuestra entre las

coordenadas geoeconómicas derivadas de la disputa árabe-israelí, han debido pesar también lo suyo en la

inadmisible postura adoptada por el «Times» de Nueva York contra la entrega de unos aviones de caza.

Resulta, en efecto, que tales aparatos entregados a España son capaces —según tal periódico— de poner

en peligro la seguridad de terceros al tiempo que contribuyen a solidificar un sistema político —que tilda

de «fascista»— con ejecutoria de casi cuarenta años al servicio del bien común de los españoles. Y resulta

también que el mismo periódico otorga indulgentes silencios opinativos para el país y el Gobierno que, en

el extremo opuesto del Mediterráneo, medra en la negación de todo derecho político al pueblo palestino y

pasea por el mundo, como razón justificatoria de la apropiación militar de territorios ajenos, la doctrina

nazi del «lebesraun», enmarcada en argumentos de seguridad nacional...

Resumiendo: «New York Times», con el insulto disparado editorialmente contra España, ha querido

apuntarse dos tantos para la talega de sus intereses, en este caso ilegítimos: involucrar a nuestro país en la

batalla que tiene declarada a la Casa Blanca y cumplir con las servidumbres de su propio «lobby». Con

las bastardas influencias a que se debe.

 

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