Autor: Armero, José Mario. 
   Con tiempo suficiente han comenzado las negociaciones de los acuerdos España-Estados Unidos     
 
 ABC.    13/11/1974.  Página: 25. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

¿ANTE TODO FIRMAR?

Con tiempo suficiente, como corresponde a la organizada agenda de la política

norteamericana, han comenzado las negociaciones de los acuerdos España-Estados Unidos,

que expirarán en agesto del próximo año. Durante casi diez meses, representantes de las dos

naciones discutirán los nuevos planteamientos que son consecuencia de las nuevas

situaciones de América de España y del mundo. La diplomacia española negociará con toda su

preparación y entusiasmo, lo mismo que la americana. Sin embargo, parece flotar en el

ambiente, como en anteriores ocasiones, una convicción previa por parte española: firmaremos

de todos modos; sólo se trata de sacar las mayores ventajas posibles, pero con la idea de la

subordinación a un principio de continuidad de los acuerdos. Y de ser así, ¿es esta una postura

negociadora fuerte? Insisto en que ésta es una impresión amplísimamente compartida.

Las negociaciones no van a pasar, ni siquiera a título informativo, por nuestras instituciones de

participación política. Y la Prensa no podrá hacer otra cosa que mologar en todo caso. Por

tanto, sin noticias de como se irán desarrollando las conversaciones, sólo cabe reflexionar en

voz alta sobre tema de tan relevante importancia.

El primer matiz que surge es el que ya he apuntado: que se trata «de renovar y» que parece

que se excluye a priori la posibilidad de que no lleguemos a un acuerdo, esta postura no parece

muy adecuada, ya que siempre en la negociación de todo convenio o contrato —sea público o

privado— una posición negociadora fuerte ha de contar con una manifestación expresa o tácita

sobreentendida— de que se está dispuesto a no firmar y eso es lo que permite apurar al

máximo la ponderación objetiva de las ventajas e inconvenientes de los pactos. El matiz, sutil,

pero fundamental, viene a ser este:en lugar de reunirse para hablar de renovación hay que

reunirse para hablar si nos interesa o no continuar con los acuerdos».

La realidad es que está muy extendida la especie de que los convenios con los Estados Unidos

son estímulos o inyecciones que necesita el Gobierno español para reforzar su imagen

respecto a la opinión pública anterior presentármele del brazo de un poderoso aliado. Y no

cabe duda de que los acuerdos con los Estados Unidos, en un cierto momento jugaron un

papel muy importante, políticamente bien explotado. Baste recordar sin entrar en detalles, lo

que significaron las visitas a Madrid de Eisenhower y de Nixon. Por otra parte, la Prensa

extranjera, en interpretación de muy poderosos columnistas, ha presentado nuestros acuerdos

con los norteamericanos como un prestigio para nuestro Gobierno y como una intimidación a su

posición. Todo esto produce una imagen perjudicial ante el pueblo de los Estados Unidos, a la

par que da una posición de fuerza a los negociadores que ahora volvemos a tener enfrente en

la mesa. Porque esa opinión internacional, quiérase o no, crea un clima que no favorece

nuestra dialéctica y envalentona a nuestro interlocutor. Qué duda cabe que es un factor que

intenta arrinconarnos en un emplazamiento de inferioridad.

Pero las cosas, los planteamientos, han cambiado mucho en este año de 1974 en que se

comienza a discutir.

La España de hoy puede sentarse a la mesa de la negociación en condiciones muy distintas a

como se sentó en 1953 e incluso en 1970. En esta última fecha pudo pesar todavía el recuerdo

de lo que supuso para nosotros la firma del primer acuerdo: fue un espaldarazo que nos sirvió

de mucho para nuestra economía y para una más cómoda postura internacional. Creo que fue

Galbraith quien dijo que muchos de los esquemas de la sociedad no están dictados por

razones del momento, sino que vienen dictados por la época de la escasez. El bloqueo, la vieja

posición de las Naciones Unidas, la Piensa mundial influyeron decisivamente. Son las

humillaciones, vergüenzas y miedos de épocas pasadas. Pero, superadas aquellas tristes

etapas, hoy, ante los negociadores norteamericanos, los nuestros tendrán que ser conscientes

de que hablan en nombre de una España remozada y con vocación de un futuro moderno.

Porque en el peor de los casos, ¿que podría suceder? Si los acuerdos no se renovaran no nos

encontraríamos ante ningún cataclismo. Decidimos pero estamos a permanecer dentro de la

esfera del mundo occidental el convenio con los Estados Unidos no es algo de la máxima

importancia en estos momentos. Es más: el interés del Gobierno norteamericano se acentuaría

muy considerablemente sobre nosotros. La posición estratégica de España, su papel

fundamental en la defensa de Europa y del Mediterráneo no cambia en absoluto por el hecho

de formalizar de nuevo un tratado que expira en 1975. ¿Alguna cuestión económica? La verdad

es que hoy por hoy las compensaciones de orden material no pueden impresionarnos ni

siquiera en la actual y difícil coyuntura. No es montante como para tener en cuenta a estas

alturas. Por otro lado podría pensarse en un frenazo a las inversiones norteamericanas en

España. No es un argumento presentable. Esas inversiones que han sido importantes, seguirán

viniendo por simples criterios de rentabilidad y seguridad, ya que nunca llegaron protegidas por

los «marines». Y el pragmatismo americano prima sobre cualquier otro factor.

Así que eso de «las bases de los americanos» que la propaganda convirtió en casi panacea en

los años cincuenta, hoy ha perdido para nosotros muchísimo valor. No tanto, ni mucho menos,

para los Estados Unidos.

Por otra parte, y por si el hilo de los argumentos hasta ahora aquí esgrimidos pueden antojarse

a alguien como una invitación a terminar esos acuerdos, he de apresurarme a señalar que no

es esa mi intención. Lo mismo que pienso que es preciso empezar a negociar con la idea de

que es posible» no llegar a ningún acuerdo, pienso también que es necesario empezar las

conversaciones con la buena voluntad de tras una discusión y unas condiciones muy honrosas,

firmar.

Pero si firmamos habremos de hacerlo como los demás, dentro del juego completo. Somos un

apéndice de la O. T. A. N., organización a la que deberemos pertenecer y que aglutina un

grupo de países que desean salvaguardar la libertad de sus pueblos, su patrimonio común y su

civilización, fundados en los principios de la democracia, las libertades individuales y el imperio

del derecho», como dice el preámbulo del Pacto del Atlántico Norte, los acuerdos de España

con los Estados Unidos en cuanto a defensa son limitados por cuanto en caso de ataque

armado a nuestro territorio, no existe la obligación de asistencia mutua y tendríamos que

superar los problemas del Senado o del Congreso. Tampoco por aquí hay grandes garantías y

las que hubiera se pasan en posibilidades remotas. El ingreso en la O. T. A. N. sería la solución

adecuada incluso con retirada del mando unificado y con cierre de las bases norteamericanas

sin dejar de pertenecer a la O.T.A.N. como hizo Francia bajo la presidencia del general De

Gaulle y ha hecho Grecia más recientemente.

Estas son unas reflexiones en el umbral de unas negociaciones cuya importancia ha sido

desmesurada en el pasado. Creo que están, pasadas en realidades concretas quizá

impulsadas por un sentimiento legíti mo de cabeza alta de conciencia erguida. Jose Mario

ARMERO

 

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