Ante las negociaciones España-USA     
 
 ABC.    18/03/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC. MARTES 18 DE MARZO DE 1975. EDICION DE

ANTE LAS NEGOCIACIONES ESPAÑA- U. S. A

La cuarta tanda de las negociaciones hispano-norteamericanas ha finalizado hace unos días. Las

Delegaciones encabezadas por los señores Rovira y McCloskey se han despedido con un brindis,

sabiendo que es mucho el camino por andar, que habrá, necesariamente, más tandas aunque la situación

internacional haya variado tan espectacularmente en el último año como para que las prisas vengan por

parte americana, y que, finalmente, habrá de llegarse a un entendimiento que mejore las actuales

condiciones que rigen las relaciones entre los dos países. Han quedado muy lejos las fechas del 26 de

septiembre de 1953, cuando España de mano norteamericana, entraba de nuevo en sociedad, apoyada

también por el Vaticano, y del 26 de septiembre de 1963, en que se renovaban los Acuerdos y se

ampliaban las concesiones a los Estados Unidos.

Lo que se encuentra sobre el tapete de la mesa de negociaciones no es sino su propia naturaleza

contractual. España pretende, con todas las bazas morales posibles, que su relación con Norteamérica

revista caracteres de Tratado, y esta última se empeña en que no se pase del simple Acuerdo. El Tratado

compromete a la nación norteamericana con la española. Su firma se condiciona a la aprobación del

mismo por el Congreso. El Acuerdo hace depender la relación de una simple afirmación del presidente de

los Estados Unidos.

Pretender a estas alturas un compromiso si no parcial tampoco pleno, puede perecer ridículo. No puede

haber ni amigos ni aliados a medias, máxime cuando es la seguridad de los países implicados lo que está

en juego. Porque si bien en los Acuerdos hasta el momento renovados se han incluido aspectos

económicos y culturales, a nadie se le oculta que la importancia de los mismos ha venido dada por su

faceta política y militar. Buena prueba de ello la dan las bases instaladas en nuestro suelo —Torrejón y

Rota, especialmente—, consideradas esenciales para la seguridad del hemisferio.

Los Acuerdos hispano-norteamericanos han servido, además, en los veinte años largos de su vigencia,

para comprometer unilateralmente a España con la Ó.T.A.N., la Organización del Tratado del Atlántico

Norte, a la que desde un principio ha pertenecido Portugal. Los vientos de fronda que soplan sobre el país

vecino desde el pasado 25 de abril han convertido a la nación lusitana en foco de temores y de dudas para

el resto de los países miembros de la O. T. A. N. Muchos dan por hecho un brusco viraje portugués hacia

una izquierda que lleve a su separación del viejo organismo atlántico.El flanco más occidental del mismo

quedaría así desguarnecido. Y esta posibilidad, que se apunta cada día con más fuerza, no ha pasado

inadvertida a los negociadores.

España podría suplir, perfectamente, esa posible defección de Portugal. Nadie más interesado que

Norteamérica en que España ocupase el puesto que en un ordenamiento lógico de la estrategia de defensa

de Occidente le corresponde. Y si nunca ha habido argumentos políticos de peso para impedir la presencia

de nuestro país en la O. T. A. N., menos los hay ahora, con un futuro político que se adivina plural. Cabe,

sin embargo, pensar en la conveniencia española. La exquisita discreción de nuestra diplomacia no ha

permitido el filtrado de datos suficientes como para bosquejar un panorama verosímil de. preferencias o

conveniencias hispanas; Sin embargo, no hace mucho, un diario norteamericano apuntaba la hipótesis de

que España exigía, o podía exigir, el abandono de las bases conjuntas por parte estadounidense. Y el

mentís del secretario de Estado. Henry Kissinger calificándolo únicamente de prematura y errónea tal

conjetura, no contribuyó precisamente a aclarar la situación.

Con todo, y pese a los escarceos norteamericanos en Marruecos, hay un dato objetivo que acabará por

imponerse. El entendimiento de España con la Europa del Oeste y con la propia Norteamérica se hace

necesario, ineludible. Tan obvio como que el peligro que, en caso de conflicto, representan las bases, debe

conllevar la adecuada contrapartida, tanto política como económica.

 

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