Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
   No, a la demagogia     
 
 ABC.    22/10/1977.  Página: 39. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

O, 22 D J£ OCTUBRE DE 1977. PAG. 3»

NO, A LA DEMAGOGIA

Por Federico SILVA MUÑOZ

NO me gusta mirar hacia el pasado, porque creo que, casi siempre, y más en nuestros días, hay que

encararse con el presente y mucho más con el futuro de nuestra nación. Si hoy hacemos alguna referencia

al pasado no es por afán nostálgico ni panegirista, sino porque en ese terreno nos plantean la dialéctica

política del momento con el lugar común de que la dictadura ha apaleado a los trabajadores, que han sido

las víctimas de ella.

No se puede negar la evidencia de que la España de 1977, en el orden económico, no guarda parentesco

alguno con la de los años veinte o treinta, habiendo conseguido alcanzar el noveno, según unos, o el

décimo lugar, según otros, en la lista de las potencias industrializadas del mundo, aumentando la renta per

cápita en un 383 por 100. Y cuando aquel tópico funciona libremente por el país, nos encontramos con el

rigor de las cifras, de los datos y de las afirmaciones de un organismo tan cualificado e imparcial como la

O. C. D. E., que, en su informe anual sobre España, manifiesta que en 1976, a pesar de la elevación de los

salarios nominales, los aumentos de los salarios reales fueron inferiores a los años precedentes, como

efecto, en último término, de la inflación, pero que, no obstante, se mantuvo el aumento sostenido de los

salarios reales: en el período 19701974 ese aumento de los salarios reales fue del 9 por 100 anual,

mientras que en el bienio 1975-1976 fue tan sólo del 3,8 por 100; la participación de los salarios en la

renta nacional pasó del 57,2 por 100 en 1970 y 66,3 por 100 en 1976. Queda, pues, bien claro que las

retribuciones salariales se llevan las dos terceras partes del total de la renta nacional. Por otra parte, los

datos de la contabilidad nacional de España difieren en muy poco de estas cifras y llegan a análogas

conclusiones.

Las cifras cantan, aunque muchos se sorprendan. Los primeros sorprendidos son los expertos de la O. C.

D. E. que, al parecer, influidos por cierta literatura panfletaria, han podido comprobar que la participación

de los asalariados en la renta nacional de España es mucho más grande de lo que suponían, y llegan a

decir que es una de las más elevadas entre los principales países industriales.

Aspiramos muchos españoles, creo que la inmensa mayoría, a que la participación de los trabajadores por

cuenta ajena en la renta nacional sea la mayor posible.Pero una cosa es que aspiremos a algo mejor o a

mucho mejor, y cosa diferente es que la realidad de los hechos actuales se tergiverse y se diga lo que no

es. Y lo que es está claramente expresado en las cifras expuestas: España es una de las naciones

industrializadas de más alta participación de las rentas salariales en la renta nacional. Mas observe, quien

quiera tener juicio propio y no dejarse llevar por engañosas imágenes, que en el cuatrienio 1970-1974 los

salarios reales, que es lo que cuenta, crecían al 9 por 100, en el bienio 1975-1976 sólo lo hacían al 3,8 por

100, aunque los salarios nominales sigan subiendo. Lo importante es atajar la inflación y aplicar los

remedios políticos y económicos que la producen o aceleran, porque corremos el gravísimo riesgo no sólo

de estancarnos, sino de perder lo conseguido, lo que sería el más duro golpe para la democracia.

La traducción concreta de ese aumento de participación de la población asalariada en la renta nacional ha

sido puesta de relieve recientemente por el estudio del Servicio Sindical de Estadística sobre bienestar

social en España, que señala una serie de extremos que es preciso considerar: el incremento del nivel de

vida no ha permitido aún cubrir las necesidades fundamentales de la sociedad española. La cobertura de

nuestras necesidades pasa del 32 por 100 en 1950 al 74 por 100 en 1975. Queda, por tanto, un 26 por 100

sin cubrir. Los niveles de satisfacción de alimentación, educación y sanidad son buenos (el 87 por 100),

en tanto que en vivienda, seguridad y ocio (70, 67 y 67 por 100, respectivamente), los niveles son peores.

La dieta de los españoles ha evolucionado favorablemente hacia tipos más racionales. Se ha alcanzado Un

punto de calorías cercano al nivel de satisfacción. Se ha llegado a un buen nivel de proteínas (92 gramos

por persona y día), y las de ori. gen animal se han convertido en las más importantes, dentro de la dieta.

En vivienda se ha visto una notable expansión, con una mejora de los indicadores de cantidad y servicio.

La propiedad de vivienda se ha configurado como el régimen de tenencia más frecuente.

En servicios sanitarios hay que hacer notar un aumento de los mismos, pero no una mejora sustancial de

la calidad. Hay una desproporción sustancial entre cantidad y calidad de la sanidad.

La población escolarizada ha aumentado sensiblemente, con lo que el analfabetismo de la población de

más de diei años se redujo del 17 al 6 por 100 a lo largo del periodo analizado.

Pienso que el cambio político y la crisis económica han incidido sobre nuestro país en un momento

especialmente delicado. Nos hallábamos, en el orden económico y social, en un proceso de crecimiento

espectacular y, por lo que resulta de los estudios y cifras antes transcritos, en un proceso también de

reajuste y redistribución de rentas no menos importante. Las consecuencias del cambio político y de la

crisis económica nos ponen al borde de la paralización o de la regresión en uno y otro proceso. Y esto hay

que impedirlo a todo trance.

A estas alturas en la evolución de los acontecimientos es muy difícil que creamos en cualquier género de

«recetas», pero de lo que sí estamos seguros es de que lo único posible en estos momentos es crear

confianza en los diversos sectores de la actividad económica, lo que ha de conseguirse asegurando el

imperio de la ley, el mantenimiento del orden público, la estabilidad política, la participación y

responsabilización creciente de los trabajadores en algo tan sustancial para ellos y para todos como es la

Economía, el freno de la demagogia, el ejercicio de la autoridad y todas las medidas políticas

consiguientes. Paralelamente será válido cualquier modelo económico para la solución de la crisis que,

respetando la economía social de mercado y la libre empresa, sea congruente con la tarea política antes

descrita, porque de no ser así, lo que estamos, quiza inconscientemente, es construyendo otra sociedad

distinta. No se puede olvidar la elemental consideración de que para construir esa sociedad distinta, sobre

la base de un Estado omnipotente, nacionalizador, planificador de toda la actividad económica y

encargado de suprimir todas las opciones de la libertad personal, lo primero que tienen que hacer sus

epígonos es destruir lo existente. Andando el tiempo todo quedaría claro, pero sería demasiado tarde.

Cuando se pierde la libertad en el contexto de un sistema de estados satelizados ideológica y

políticamente no hay esperanza de retomar.—F. S. M.

 

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