Autor: Martos Jaldón, Luis. 
   Bases extranjeras     
 
 ABC.    07/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

ABC. MIERCOLES 7 DE MAYO DE 1975.

BASES EXTRANJERAS

Señor director:

Es punzante mi preocupación por el tema de las bases extranjeras en nuestra Patria. Puede asegurarse que

todo español normal, experimenta al recordar la existencia de esas espinas clavadas en nuestro suelo, una

sensación de malestar mezclado de asombro al evaluarse los riesgos concretos que, además, comportan

tales afrentas.

Por lo que se refiere a la base de Gibraltar, va siendo prudente a estas alturas no hacerse la más mínima

ilusión sobre su reivindicación. Pese a la «opinión oficial", Inglaterra no nos devolverá jamás ese

entrañable trozo que fue una parte de España, y así habremos de soportar la usurpación por los siglos de

los siglos. Bastante haremos con evitar que al menor descuido intenten «ampliar el negocio». Recuérdese

la ocupación del istmo al amparo de las trágicas circunstancias de nuestra guerra que impidieron cualquier

reacción para evitar el atropello. Excluido el empleo de la violencia para restablecer en este punto la

integridad patria a Dios gracias, no nos resta sino ir coleccionando estériles resoluciones y consensos más

o menos perentorios y también más o menos favorables, emitidos por las Naciones Unidas. ¡Ah!, que

diferente sería si tuviésemos yacimientos, pongamos por caso de petróleo. Pero es lástima que un país,

Inglaterra, superior por tantas cosas y admirable por ello, poseedora de unas cualidades étnicas que

singularizan a sus habitantes, los ingleses, elevándolos por encima, acaso, de otras raías o pueblos, no

puedan ser amados, comprendidos y admirados por nuestro pueblo abiertamente, sin reserva alguna.

Pero... ¿y el asunto de las bases norteamericanas en España? Más concretamente el de la renovación de

los «acuerdos» de renovación y defensa. Según parece esta vez hay más prisa por llegar al parecer

inevitable compromiso. Es verdad que se trata de una cuestión menos dolorosa que la tratada

anteriormente, siquiera sea por que, al menos en teoría, podemos decir «no», pero no porque entrañe para

España un riesgo menor que el que representa la presencia británica en nuestro suelo. Todo lo centrario.

Son más bases, más importantes, más próximas a ciudades, más grandes a su vez, etc. La pregunta, ya

monótona por lo repetida, surge inevitablemente una vez más: ¿A cambio de qué?, porque en el mundo en

que vivimos nadie cede nada —entiéndase en el terreno internacional—, sin la adecuada compensación.

¿Cuál es la que recibe España? Porque las entregas de material de guerra, más bien parcas y no

precisamente, de ingenios de última moda, las hipotéticas ayudas tecnológicas o los vagos intercambios

culturales, las apresuradas escalas en Madrid de personajes políticos, generalmente de segunda división,

de retorno de sus reuniones a nivel más o menos alto, todo ello parece francamente desproporcionado con

nuestras aportaciones, a menos que se imaginen que para los españoles, tan bravos, leales y

anticomunistas ellos, les baste con el honor de contribuir tan arriesgadamente a la defensa de Occidente,

honor realzado por las precisiones oficiales de origen norteamericano de que caso de ser atacados,

tendríamos la oportunidad de ejercitar solos frente al atacante nuestras sobresalientes cualidades,

pues para eso son solamente «amigos» que no «aliados» obligados por un verdadero «tratado» de defensa

mutua. Con todo, nuestros negociadores deben ser plenamente conscientes que e1 país no desea

comprometer más tiempo parte alguna de nuestro suelo a ningún precio, y menos todavía a cambio de tan

insignificante, vejatoria e irritante contraprestación.—Luis MARTOS JALDON.

 

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