Autor: Armero, José Mario. 
   Del viaje de Eisenhower a la próxima visita del presidente Ford     
 
 ABC.    16/05/1975.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

DEL VIAJE DE EISENHOWER A LA PROXIMA VISITA DEL PRESIDENTE FORD

EL último día de este mes de mayo estará en Madrid el presidente de los Estados Unidos de

América, Gerald Ford, después de asistir a reuniones de nivel máximo en la Alianza Atlántica.

Creo que su visita a Madrid nos hace reflexionar a muchos españoles y nos sugiere ideas

distintas, e incluso contradictorias, pero que merece la pena exponer libremente. Quizá sirvan

para dibujar lo que puede ser una conducta idónea ante el primer magistrado norteamericano.

Y no me referiré tanto a las esferas oficiales cuanto a los simples ciudadanos.

Es obvio que los españoles tenemos motivos, si bien no sobrados sí suficientes, para estar

agradecidos a los Estados Unidos. Muchas de nuestras mejoras materiales se las debemos a

esa nación, y muy especialmente a sus empresarios privados, que han invertido muy fuertes

sumas en nuestro país y que nos han ayudado, aunque con ánimo de lucro, por supuesto, a

modernizar desde nuestras técnicas hasta nuestras costumbres y han influido notoriamente en

hacer de España un país muy distinto, positivamente, al que era hace veinte años. Gerald Ford,

visto como representante de los cientos de hombres de negocios, profesionales, técnicos... que

coadyuvaron a nuestro desarrollo, merece un fuerte apretón de manos. Había, lo hay ahora

también, dinero por medio. Pero también riesgo y sobre todo, una enorme competencia que

reclama «que vengan los americanos». Porque sus dólares serán más o menos caros, pero en

España han sido muy rentables para los españoles. Muy difícilmente puede negarse esto, a no

ser por simple xenofobia o por ideología política y económica, no diré ya anticapitalista, sino

antineocapitalista. Esto parece claro porque ha visto que a los Estados Unidos les invade, en

sus esferas de Gobierno, una cierta complacencia en el estancamiento político español. Porque

les conviene esencialmente para su estrategia en el Mediterráneo y en Europa, para conseguir

más fácilmente la firma de los acuerdos, pues prefieren, sin duda, que sean pocos los que

hayan de opinar. Los españoles se ven más instrumentalizados y han entendido el

pragmatismo americano, que es lógico, pero que difícilmente penetra disfrazado o envuelto

como un regalo que se cubre de papel de seda y de amistad.

Gerald Ford llega a España en momentos en que los españoles, como todo el mundo, tenemos

presente la caída de Richard Nixon. Coincide su viaje en unas fechas en que, probablemente,

el descrédito de los Estados Unidos sea máximo entre sus aliados, tras el abandono de sus

amigos en el Sudeste asiático, a quienes después de promesas les han dejado indefensos ante

las balas y las bombas. Esto ha tenido un gran impacto en Europa, como en otras zonas del

globo. Y España también lo ha detectado con claridad.

Por otra parte, son momentos en que se acusa el desequilibrio entre los dos grandes bloques

del mundo, con un aumento de la potencia económica y política de Europa tras la crisis de la

energía, que en muchas partes se cree provocada por los norteamericanos. Y España, que es

Europa, no ha pasado el dato por alto.

Y, en definitiva, hoy los Estados Unidos no son para España la panacea, el gran amigo, casi el

protector de la década de los cincuenta. Hoy el país tiene un desarrollo económico aceptable y

relaciones diplomáticas con la mayor parte de naciones de la Tierra. Incluso las establecidas

con China y algunos países del Este de Europa adelantándonos a Washington. No;

decididamente el nuestro es otro país. Bien es verdad que no hemos avanzado mucho en la

organización de una auténtica participación en la vida política. Pero también es verdad que se

nos permite ya manifestar nuestras observaciones y nuestras críticas con cierta tolerancia, que

dista mucho de la de hace solamente quince años.

Y con ese sentida crítico que ha crecido en España entre las visitas de Eisenhower y Ford,

quiero decir que el presidente de los Estados Unidos sea bienvenido entre nosotros, como

primer representante de un país aliado y amigo. Es algo deseable y excepcional el que se

reúna con nuestras máximas autoridades y que se realicen sesiones de trabajo fructíferas que

resuelvan los grandes temas que tenemos planteados en estos instantes. En especial aquellos

que tanto nos preocupan, como son la renovación de los acuerdos con los Estados Unidos, la

posibilidad de ingreso en la O. T. A. N. y aquellos otros en los que Estados Unidos, por su peso

específico en Occidente, puede ayudarnos de una manera muy importante: el tema de

Gibraltar; nuestro contencioso con Marruecos, sin olvidar los grandes asuntos monetarios y la

discriminación que sufren nuestras exportaciones a los Estados Unidos. Hay para confeccionar

una agenda muy apretada y es de esperar que Ford no pase por España corno turista o como

distinguido huésped protocolario.

Desde la calle, Gerald Ford será visto, o así lo creo, como un visitante al que es preciso recibir

con la cortesía y afecto que nuestra hidalguía imponen. Pero nada más.

Pasaron los tiempos en que, en nuestro aislacionismo, la llegada del Regente del Irak, del

presidente de Liberia, del Sultán de Marruecos, y también de los presidentes Eisenhower y

Nixon, motivaron el cierre de establecimientos, las vacaciones escolares y la puesta an marcha,

arrolladora, de toda la organización oficial. Para montar así el gran espectáculo de multitudes

que aclaman cubriendo espesamente las callas de Madrid, el itinerario de una marcha triunfal.

Aquello ya no es necesario. De otro lado, bien sabemos que estos viajes de tanto éxito sirven

para subrayar campañas electorales, o cimentarlas, con el «Ford aclamado en España». Es un

juego al que no deberíamos prestarnos. El Gobierno español no debe aportar su servicio, su

prestigio y eficacia, movilizando los gritos de aliento y los aplausos al presidente que nos visita.

Para, de paso, ceder al partido republicano de los Estados Unidos una baza publicitaria sobre

la popularidad que Ford pudiera tener, aparentemente, en nuestro país.

Personalmente me gustaría que Gerald Ford encontrara, al paso lento de automóvil por

nuestras calles, aquella simpatía y aquel aplauso ocasional, que surgen de la sincera y

espontánea fuerza de la libertad.

José Mario ARMERO

 

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