Autor: Mendo Baos, Carlos. 
   Acerca de una visita     
 
 ABC.    30/05/1975.  Página: 117. Páginas: 1. Párrafos: 28. 

ACERCA DE UNA VISITA

LOS diplomáticos del Departamento de Estado, o quizá los estrategas del Pentágono, han debido repasar

últimamente frases célebres que han pasado a la Historia, y recordando la famosa del rey francés de que

«París bien vale una misa», han acuñado una nueva destinada a España: «Rota bien merece una visita.»

Porque, ¿qué pretende Washington con la inclusión de España en el periplo europeo de Gerald Ford?

Hasta ahora dos son los presidentes norteamericanos que nos han visitado: Dwight D. Eisenhower, en

diciembre de 1959, y Richard M. Nixon, en 1971.

La visita del primero constituyó una victoria de la diplomacia española, que conseguía con la inclusión de

Madrid en el recorrido presidencial, un importante espaldarazo moral para el Régimen. Recuerdo

perfectamente que la llamada oposición democrática andaba por aquellos días profundamente

compungida. Estamos dejados de la mano de Dios, pensaban. Si la primera democracia de Occidente

apoya este Sistema, no sé qué va a ser de nosotros.

Richard Nixon visitó nuestro país durante un amplio recorrido, que incluía varias naciones europeas y

Marruecos. Se trataba de relanzar la imagen de Estados Unidos a escala continental y de que Nixon

capitalizase en provecho propio los aplausos recibidos en su viaje. Como es tradicional, Madrid se volcó

en atenciones con el presidente norteamericano, quien no dudaría en afirmar que la recepción más

calurosa del viaje se le había dispensado en la capital de España.

No creo que el esquema de los viajes de Eisenhower y Nixon sea aplicable al de Ford. Ni el Régimen

necesita este tipo de espaldarazos a los treinta y seis años de su establecimiento, ni parece que Ford pueda

«vender» una buena imagen de los Estados Unidos a pocas semanas de la retirada U. S. A. del Sudoeste

asiático.

¿Por qué viene entonces? Dos son las razones que aducen los más calificados órganos de la Prensa

occidental:

Primera, a tratar de conocer las intenciones del Gobierno de Madrid en cuanto a la renovación de los

acuerdos defensivos con Washington. Segunda, a advertir a los portugueses que la eventual retirada de

Portugal de la N. A. T. O, estaría compensada por un "«forzamiento de la presencia militar

norteamericana en España.

Desde el punto de vista del interés norteamericano ambas razones son de un peso aplastante. Pero, ¿y

desde el punto de vista de la nación española?

Si consideramos las condiciones del mundo en los años cincuenta habremos de reconocer que los

acuerdos defensivos con Norteamérica supusieron en aquella época una gran ventaja para España, tanto

desde el punto de vista militar como desde los campos político y económico. Los americanos eran

entonces dueños y señores de la estrategia nuclear; los misiles intercontinentales estaban todavía «en

pañales» y los bombarderos de largo alcance que surcaban los cielos del mundo mostraban sólo la estrella

de cinco puntas de las U. S. A. F.

España conseguía a cambio de las bases una importante ayuda económica, que aunque menor que la

recibida por algunos países comunistas, como Yugoslavia, la permitiría afrontar con éxito su posterior

desarrollo. Suponían además los acuerdos el principio del fin del absurdo aislamiento decretado por las

Naciones Unidas contra España en 1946, así como la gradual incorporación de nuestro país a la vida de

Occidente que culminaría con el ingreso en la O. N. U, en 1955.

Por su parte, Estados Unidos conseguía tres bases del Mando Aéreo Estratégico; el control de una de las

entradas del Mediterráneo con la base de submarinos nucleares de Rota, amén de un sinfín de

instalaciones de radar, depósitos militares, etc., a lo que hay que añadir las nada despreciables facilidades

concedidas a la Sexta Flota para recalar en nuestros puertos mediterráneos.

Aprovechándose de la entonces situación solitaria del Gobierno de Madrid se vino a decir a los españoles:

«Ustedes pongan el territorio, corran los riesgos, que nosotros pondremos lo demás.»

Los años pasaron y vino la primera renovación de los acuerdos en 1983. La situación mundial había

cambiado. La U. R. S. S. disponía ya de un importante arsenal atómico, tos ICBM (misiles

intercontinentales) no estaban sólo en manos norteamericanas. Y el Pacto de Varsovia se consolidaba

como firme adversario de la Organización Atlántica.

Los negociadores españoles, dirigidos por ese patriota ejemplar, Fernando María Castiella, se dispusieron

a adecuar tos acuerdos a la nueva situación.

Tras varios meses de ardua negociación —nunca debe sobrar el tiempo en este tipo de negociaciones—,

España conseguía que Norteamérica accediese a una declaración conjunta que iba a traer cola. En ella se

subrayaba que una amenaza contra cualquiera de las partes sería objeto de preocupación para ambos

Gobiernos. Se había conseguido convertir unos meros acuerdos de arrendamiento del territorio español en

lo que el propio senador William Fulbright calificaría de «Tratado de facto».

El Congreso norteamericano se dio cuenta inmediata del significado de la Declaración Conjunta y

reprochó agriamente a la Casa Blanca el haber firmado la misma a espaldas del Legislativo.

Cinco años más tarde, cuando se plantea la segunda renovación, Washington piensa que España no tendrá

más remedio que aceptar una prolongación de los acuerdos que le proporcionan al Régimen su cordón

umbilical con el primer país de Occidente.

Pero la situación ha cambiado. España no desea una renovación pura y simple de unos acuerdos con una

vigencia ya de quince años a cambio exclusivamente de un material bélico de discutible valor.

La sorpresa del Departamento de Estado es mayúscula cuando Fernando María Castiella, después de

consultar con Madrid, informa a los negociadores norteamericanos que España no renovará los acuerdos.

A prisa y corriendo se arbitra una prórroga por dieciocho meses, bien entendido que por parte española

los acuerdos como tales no podrían extenderse más allá de ese tiempo. El fin de nuestros negociadores era

conseguir un nuevo planteamiento de las relaciones bilaterales entre los dos países.

De ahí que resulte inexplicable que trascurrido ese plazo se aceptase por parte española una nueva

prórroga por cinco años de la situación anterior, sin obtener más que una mera declaración de intenciones

por parte norteamericana. Léase el texto de nuestros acuerdos con U. S. A. y se podrá comprobar que los

americanos no han contraído con España la más mínima obligación defensiva. La intervención

norteamericana sólo se prevé en caso de amenaza a las instalaciones militares U.S.A. en territorio

español. Repasen los curiosos las declaraciones de los subsecretarios de Estado y de Defensa

norteamericanos, señores Johnson y Pakard, en el Senado y verán cómo repiten vez tras vez que no existe

por parte estadounidense el menor «comitment» defensivo con España.

Por eso, a la vista de las negociaciones actualmente en curso, y ante la próxima llegada del presidente

Ford, quizá sea conveniente considerar los siguientes puntos:

— Que los acuerdos con Estados Unidos, tal y como están planteados, no son admisibles para la nación

española.

— Que dichos acuerdos son altamente impopulares entre el pueblo español, como lo demuestran los

últimos sondeos de opinión.

— Que todos los grupos políticos españoles, sin excepción, desean la desaparición de las bases de

nuestro territorio.

— Que España aspira a una integración plena en el mundo occidental por derecho propio y no a través de

meros acuerdos defensivos con terceros.

— Que si la estancia del presidente norteamericano en España está destinada a impresionar a Lisboa más

que a negociar con Madrid, no debería llevarse a efecto.

Y, por último, que una política de «non-alignment» (no alineación) está demostrando ser altamente

rentable para muchos países. Véase, por ejemplo, los casos de Francia, Suiza, Suecia y Austria, por sólo

citar los europeos.

Carlos MENDO

 

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