En la visita del presidente Ford. 
 Gratitud y realismo     
 
 ABC.    31/05/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ABC. SÁBADO 31 DE MAYO DE 1975. PAG. 3.

ABC

DIRECTOR: José Luis CEBRIAN BONE

SUBDIRECTORES :

Miguel TORRES GIL del REAL Santiago ARBOS BALLESTE

REDACCION, ADMINISTRACIÓN V TALLERES: SERRANO, 61. MADRID. APARTADO 43.

TELÉFONOS.—Reducción y Talleres: 2251710 y 2759408. Administración: 2255020

Editor: PRENSA ESPAÑOLA, S. A.

EN LA VISITA DEL PRESIDENTE FORD

GRATITUD Y REALISMO

Nunca hubo tanta controversia ante la llegada de un huésped de España. Y —acaso— nunca fue tan

importante la ocasión en que la visita se produce, ni tan merecedora tal persona, de la cortesía y la

hospitalidad debidas.

Las horas en que el presidente Ford permanecerá en Madrid —en directo contacto con las más altas

instancias nacionales— pertenecen ya, por derecho propio, a una de las más importantes páginas de

nuestra política contemporánea. Su más inmediato paralelo es el viaje que rindió a España, en 1953, el

presidente Eisenhower.

Muchas cosas han cambiado en el transcurso de estas dos largas décadas. Estados Unidos continúa

siendo, sin discusión alguna, la primera potencia mundial, lo mismo en términos de poder militar que en

términos de poder económico.

España, en lo económico, ha visto multiplicada por diez, desde entonces, su «renta per capita»; dentro del

marco de la relación hispano-norteamericana incoada en 1953, se ha pasado de los 200 a más de los 2.000

dólares en tal concepto.

En lo militar, nuestro país ha saltado de disponer de unos equipos obsoletos y al nivel de los magros

recursos económicos de entonces, a un nivel de disuasión suficiente: material rigurosamente moderno y

alto grado de instrucción en nuestros oficiales y tropas.

En lo político, nuestra comunidad nacional dejó muy atrás la convalecencia —en que entonces aún se

encontraba— de la guerra civil, y camina decidido, entre las dificultades y zozobras propias de todo

proceso de avance hacia el campo abierto de una democracia plena, a reconstituirse en la normalidad

básica en que se desenvuelven las sociedades que reencontraron, o no perdieron jamás, su estabilidad y su

pulso nacionales.

Quizá mucho de todo esto —y de justicia es apuntarlo— hubiera sido imposible, o más difícil y

sustancialmente más costoso, de no haber mediado la relación hispano-norteamericana tan sólidamente

trabada con la visita del general Eisenhower. Pero esta misma transformación española plantea la

inesquivable necesidad de mudar los términos de diálogo entre los dos aliados. Y el propio tipo de

relación.

Desde la venida del presidente Eisenhower a ésta del presidente Ford ha transcurrido cumplidamente un

ciclo histórico. Si al primero le correspondió inaugurarlo y darle impulso, corresponde al actual

presidente, que hoy llegará a Madrid, solemnizar su clausura e incoar el lanzamiento de otra —más

acorde— categoría de relación. Otra etapa de más amplios entendimientos y más fluidas —por

cabalmente justas— relaciones.

Porque —hagamos de la claridad cortesía— si España ha experimentado un cambio tan radical desde

1953, no menos ha evolucionado —negativamente en muchos sustanciales aspectos— el eje meridional

de nuestro Continente, desde las propias aguas mediterráneas que bañan el Asia Menor hasta el vital

espacio atlántico que se abre a poniente de Gibraltar.

Desde Creta a las Azores, desde la tensión grecoturca al sincopado pulso político de Italia, desde la

explotación soviética de la tensión árabe-israelí a los merodeos de la U. R. S. S. en el Mediterráneo

central..., un vasto y prolongado trazo de incertidumbre oprime el blando vientre de Europa.

Si la España de los hombres y el quehacer, la de la creatividad económica y la aventura política, conforma

una entidad más recia, más sólida y más importante, la España telúrica y geográfica, álzase enmedio de

dos Continentes y entre dos mares, como vital e imprescindible bastión para la defensa de Occidente.

De tal suerte, cuando el presidente Ford acaba de plantear en Bruselas la necesidad de aproximar España

a la O. T. A. N. —digámoslo con independencia absoluta del juicio que nos pudiera merecer cualquier

específica vinculación formal con la Alianza Atlántica—, lo hacía tanto a impulsos de un concreto

entendimiento de lo que exige a su país la amistad con España, como apoyándose en el hecho de que por

causa de tal amistad y relación, por razón de las relaciones bilaterales hispano-norteamericanas, la O. T.

A. N. puede pivotar, y de hecho lo hace, sobre la geografía y la voluntad españolas.

Por todo lo dicho y por disponer los Estados Unidos, en el caso de la OTAN, de un patrimonio de

posibilidades en España enmarcadas jurídicamente en una estricta relación bilateral, deben los Estados

Unidos aportar como contraprestación lo que cuadre con un nivel de exigencias más alto. Lo que debe

establecerse es una novación y no la simple renovación de las relaciones. Para ello debe Washington

aportar los recursos institucionales necesarios. Contar o no contar con el consentimiento de las Cámaras

del Congreso es problema suyo, no nuestro. Y tanto vale en justicia el parecer de congresistas y senadores

como el propio consenso del pueblo español.

 

< Volver