Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   Yanki... Go home?     
 
 Informaciones.    25/09/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Corresponsal en Madrid

YANKI... GO HOME?

Por Juan Luis CEBRIAN

PARA un país como éste, que durante tanto tiempo y tan reciente ha tenido vocación de imperio, no se

puede decir que las cosas vayan bien en el extranjero. En los últimos días, la opinión europea se ha

volcado, con estrépito, sobre nosotros. Y eso después de un veranito de aúpa, en el que uno no sabía cuál

de los países más cercanos visitar, pues desconocía en dónde iba a encontrarse el gesto más torcido, si en

Francia, en Portugal o en Marruecos.

En esta situación, la noticia de las dificultades con los Estados Unidos respecto a la renovación de los

acuerdos «de amistad y cooperación» de 1970 ha dejado bastante fríos a nuestros conciudadanos, que,

desde luego, como señalaba Ángel Gómez Escorial en «Pueblo», no creen en absoluto en la posición de

dureza de los negociadores españoles. Hay razones para tal falta de fe, y la principal de todas es que por

ahora no está nuestra diplomacia en condiciones de ser muy intransigente en nada. En una palabra,

nuestra credibilidad internacional está, por el momento, a ras de suelo.

Pero volvamos al tema de los Estados Unidos y de sus bases militares en nuestro país (lo de la «amistad y

cooperación» y lo de la soberanía española sobre las instalaciones no dejan de ser un eufemismo y una

cautela jurídica, loable, pero insuficiente, ante la realidad escueta, consistente en que desde hace casi un

cuarto de siglo los Estados Unidos de América mantienen un potencial militar considerable sobre nuestro

suelo, cuya utilización escapa a las decisiones de las autoridades españolas).

La impresión general, tanto en la Embajada U.S.A. como en círculos oficiales madrileños, es que los

americanos no se van a ir. La dureza española estaría reservada a los capítulos de peticiones económicas y

aún a última hora parece que hemos rebajado considerablemente el precio. El deseo, tantas veces

reiterado, de lograr un «tratado entre Estados» y no un simple acuerdo ejecutivo, está ya desechado por

nuestros negociadores. La diferencia es que en el primer caso —pacto entre Estados— la firma del tratado

debe ser ratificada por el Congreso y las Cortes, con lo que «la amistad y cooperación» pasaría a ser

política y no sólo estratégica. No obstante, una ratificación por los senadores y representantes U.S.A. de

un tratado semejante con el régimen español es más que improbable y hubiera desencadenado —más en

las actuales circunstancias— una tormenta de opiniones contra el ejecutivo. La cuestión tiene su

importancia, porque los acuerdos bilaterales con Washington son el cordón umbilical que une a España

con la política de defensa occidental. Lo que significa que nuestro país está ausente de las decisiones que

se toman en este terreno, pero presta su suelo —en Rota y en Morón, en Zaragoza y Torrejón de Ardoz,

pero también en Gibraltar— para que dichas decisiones puedan ser llevadas a la práctica. Esta situación

de dependencia es lacerante para el honor nacional.

Los pactos con los Estados Unidos de 1953 significaron la consolidación definitiva de la aceptación del

régimen de Madrid en el mundo occidental. Washington había enviado su embajador dos años antes —

después de casi cinco de bloqueo diplomático—, y tras él llegaron los de Inglaterra y Francia. A partir del

Pacto de Madrid, y durante toda la década de los cincuenta, la política exterior española está impregnada

de americanismo, a espaldas de los esfuerzos por construir la unidad europea, cuyas bases teóricas

comienzan a plantarse por esas fechas. Eran los tiempos de la guerra fría. Veintidós años más tarde la

situación es bien diferente. Los Estados Unidos se repliegan de Europa y contemplan sin demasiados

temores el progreso de la influencia soviética en el continente. Una nueva guerra europea es improbable,

y los focos de tensión se trasladan a otros lugares, especialmente a África, y con toda probabilidad —en

pocos meses— al África negra. La actitud americana respecto a nuestro país viene determinada por

nuestra situación mediterránea más que por nuestra condición continental. Washington podría estar

presionando así sobre puntos muy concretos de la política exterior —especialmente el tema del Sahara—.

Desde un principio la posición del Departamento de Estado —sin duda bien vista por el Elíseo, entre otras

Cancillerías europeas— ha sido la de promover un diálogo Madrid-Rabat para la integración de los

territorios de Río de Oro en el Reino de Marruecos. La negociación «bilateral» se teñiría así de matices

muy diversos. No estamos discutiendo sólo el precio de un arrendamiento, sino la ubicación estratégica y

política de España como nación soberana. Y quién sabe si, por ejemplo, las Canarias no tienen ahora un

valor adicional en este terreno que han podido perder Zaragoza o Torrejón.

Cuentan que tras su primer viaje a Washington como ministro de Asuntos Exteriores, el señor López

Bravo dejó una imagen imborrable en la Prensa y en los círculos políticos. «¡Qué gran vendedor de

automóviles sería!», comentaban en las vecindades de la Casa Blanca. La anécdota no la he podido

comprobar, pero no importa si es inventada, porque resulta creíble, y una mentira verosímil es a veces

más reveladora y significativa que una verdad con sabor a fantasía. Creo, en cambio, que del ministro

Cortina se podrán decir muchas cosas menos que sea un buen representante de carburadores. ¿Pero cuál

es la dureza de su postura ante la mesa de conversaciones? ¿Se limitará a emular a su antecesor

intentando subir el precio de los coches? El golpe de efecto de reservar el último «round» de las

negociaciones a ese espectacular diálogo personal contra reloj entre los ministros de A. E. de los dos

países no mejora en cualquier caso las perspectivas. Es imposible creer que nada sustancial haya obtenido

España en las últimas cuarenta y ocho horas, en las que, entre otras cosas, el panorama portugués ha

adquirido tonos más tranquilizadores.

Nuestros diplomáticos saben que negociar con la primera potencia mundial no es fácil para un país de

clase media como el nuestro, que se presenta a la intemperie y que dialoga desde una situación de soledad

hiriente. Se dice que los americanos no se irán de Rota porque la necesitan. No se irán, desde luego,

excepto si les echamos. Pienso que las declaraciones y los editoriales de Prensa adquirirían otro tono si de

verdad todos empezáramos a creernos que somos capaces de hacerlo. Y me parece que en este punto el

Gobierno iba a descubrir una rara unanimidad de criterios entre españoles del Régimen y de la oposición.

Claro que se encontraría entonces definitivamente solo y sin amigos —el Gobierno, se supone, no el

país—, y tendría que acometer interesantes y novedosas reformas interiores que elevaran algún punto

nuestra cotización en Europa, «marco natural de nuestra convivencia .

Esta es la simple y elemental sugerencia que se puede hacer: Romper con U.S.A., al menos con la actual y

humillante relación de dependencia, democratizar dentro y emprender decididamente el camino de

nuestra incorporación al continente. ¿Una utopía? No, si se piensa que la política está hecha de decisiones

que toman los hombres. Quiero decir que si al final permanecemos en el mismo estado de postración

internacional, no será porque no fue posible salir de él, sino porque no se quiso hacer.

 

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