Autor: Yanguas Messía, José de. 
   ¿Qué será de las bases?     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 17. 

QUE SERA DE LAS BASES?

El 14 de julio de 1970 publicamos en nuestra tercera página un artículo del ilustre político y ex ministro

de la Corona, don José de Yanguas Messía, sobre el tema de las bases norteamericanas en España. Por su

indudable interés, ahora que el tema vuelve al primer plano de la actualidad, lo reproducimos a

continuación. En la imagen, una vista de la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid).

LA proximidad del 26 de septiembre, fecha de cesación del acuerdo existente sobra las bases, y el

anuncio que, a raíz de la visita a Madrid del secretario de Defensa norteamericano, señor Laird, se hizo,

de reanudación de las conversaciones diplomáticas entre España y Estados Unidos, indican que estamos

en la fase final de la negociación. Es, por tanto, la hora de hacer reflexiones que luego serian tardías.

Cuatro pueden ser las soluciones que se den a tan trascendental problema: el arriendo, la utilización

conjunta, la españolización, la evacuación. La propuesta inicial de Washington aireada por la Prensa

norteamericana fue el «arriendo», sistema habitual con antiguos países coloniales, pero inadmisible en

territorio de un Estado soberano.

La fórmula adoptada en el acuerdo de 1953 y mantenida hasta ahora en las sucesivas renovaciones fue la

«utilización conjunta»; solución —como el ministro firmante de aquel acuerdo, señor Martín Artajo,

escribió recientemente en el diario «Ya»— «coyuntural y de emergencia». Pero también está claro que

aquella situación ha cambiado totalmente.

Por lo que toca al modo de practicar esta «utilización conjunta», el señor Martín Artajo añadía: «Y es

grave el hecho de que las bases aéreas españolas sean utilizadas abusivamente por el mando

norteamericano para funciones que nada tienen que ver con la defensa del territorio patrio: introducción

de «Poiaris» en Rota, envío de «F-4» a Torrejón, «reactivación» de la base de Zaragoza con su zona de

entrenamientos.»

La razón de todo ello está en que, aun aceptada la fórmula de «utilización conjunta», la mentalidad

norteamericana propende a la idea del «arriendo», que permite usar y disfrutar libremente la parcela

arrendada. Por eso creen producirse con toda lógica al reducir el problema a la determinación del

«cuanto», del «precio», y al procurar lograrlo con la mayor baratura posible. Así, en el Informe de la

Subcomisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes norteamericana, después de su visita

a España en marzo de 1963, se decía: «Deben hacerse todos los esfuerzos posibles para reducir la ayuda

(bien menguada, añado yo, por lo que nos afecta) a países extranjeros, especialmente a España y Portugal,

que ya están más que adecuadamente compensados.»

Todo ello sin contar, y esto es lo importante, con que, aun en el supuesto de que la cicatería se trocara en

generosidad, tampoco interesaría a España, porque nunca compensaría la magnitud del factor «riesgo».

Ni cabría evitar los abusos internos en las bases, por minuciosa que fuese la reglamentación que se

adoptara. La «utilización conjunta» recuerda al «proindiviso» en derecho privado. Y ya sabemos los

inconvenientes del sistema; incluso entre parientes. Mucho más entre Estados soberanos, jurídicamente

iguales, pero con poder superior el que se instala sobre territorio ajeno.

Otra solución, teóricamente posible, consistiría en «españolizar» las bases. ¿Sería esto factible? Veámoslo

brevemente. En lo militar, las bases no son fortalezas aisladas, ni siquiera regionales en el amplio sentido

de esta palabra, sino eslabones de un dispositivo mundial ideado para una estrategia atómica, a todo lo

cual somos ajenos. En lo económico, carecemos de recursos para el gasto fabuloso de estas bases y, aun

cuando los tuviéramos, no habría razón para invertirlos en una empresa que ninguna utilidad y sí muchos

quebrantos puede reportarnos. En lo político, si la estrategia nuclear a que responden las bases, y su

mantenimiento, requiere la ayuda norteamericana, desaparece la autonomía que por la «hispanización» se

busca precisamente para evitar estos dos males: el asentamiento militar extranjero en nuestro territorio,

siquiera sea como derivación de un pasto, y, en consecuencia, la amenaza nuclear exterior de un tercer

país.

Equivaldría esta solución, en suma, al sistema de «utilización conjunta», que fiemos experimentado ya,

con resultados no ciertamente alentadores, y riesgos, no tan sólo en caso de guerra, sino en tiempos de

paz. Ahí está, para recordárnoslo el «artefacto» caído en Palomares.

Muchas más razones podrían alegarse, pero no caben en el marco reducido de un artículo. Con las ya

dichas creo que basta para desechar las tres soluciones que anteceden y acogerse a la única que entiendo

procedente: la evacuación, que debe estar, según el acuerdo circunstancial de 1969, realizada el 26 de

septiembre próximo, si antes no recayere acuerdo en contrario. De aquí la general extrañeza por que a

estas fechas no se sepa nada.

La amistad y la cooperación con los Estados Unidos puede expresarse en un acuerdo o convenio de

cadácter general, cultural, tecnológico, militar, pero nunca a condición de que sigan las bases.

Los Estados Unidos han demostrado ser a estos efectos comprensivos y respetuosos con la decisión del

país donde las bases radican, en el caso de la de Wheelus, en Libia, a pesar de que todavía faltaba un año

para la expiración del acuerdo. Más claro es el caso de España, donde la concesión llega a su término y es

visible el anhelo popular de que ese término se haga efectivo; no por sentimientos anti-norteamericanos,

sino por motivos de independencia y de seguridad nacional. A fin de cuentas no seríamos el primer país

dispuesto a mantener buena amistad con los Estados Unidos sin albergar en su territorio bases militares.

Aparte esta relación bilateral con los Estados Unidos y la tradicional que nos une con Portugal,

concretada en el Pacto Ibérico, la política exterior de España ha sido reiteradamente definida de fuente

oficial con estas tres constantes históricas: Hispanoamérica, mundo árabe, Europa. Las bases en si no

afectan directamente a nuestras relaciones con Hispanoamérica; pero es obvio que interfieren, a sus ojos,

un factor extraño en nuestra fisonomía nacional.

Por lo que toca al mundo árabe, es notoria la discrepancia entre la política española y la norteamericana.

¿Qué ocurriría si los Estados Unidos se propusieran ayudar a Israel desde las bases españolas o, todavía

más, si por esta causa llegara a una guerra con la U.R.S.S.?

Queda, finalmente, Europa. El acuerdo con Francia, nación a la que, aparte vínculos históricos, nos une la

geografía terrestre y la mediterránea, fue un acierto, aun cuando sólo signifique un primer paso. Otro paso

ha sido el acuerdo comercial con el Mercado Común, en cuyo análisis no cabe ahora entrar.

La Europa occidental habrá un día de integrarse no ya sólo económica, sino también políticamente, si

quiere adquirir estatura y peso específico adecuados entre los dos colosos que tiene a Oriente y a Occi-

dente. El ingreso de España en esa unidad europea, que Larraz entrevee como una federación, es cuestión

de tiempo. Pero importa mucho que a esta hora —la vida de la nación hay que contemplarla y preveerla

de lejos— nuestra Patria tenga su territorio sin enclaves y las manos libres.

José de YANGUAS MESSIA

 

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