Autor: Lara Gavilán, Antonio de (TONO). 
   Carta a Gerald Ford     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 9. 

CARTA A GERALD FORD

"Sé que hay gente que se ha escandalizado ante estas manifestaciones de naturalidad y

quienes han opinado que el presidente de una nación tan poderosa y tan superdesarrollada

como los Estados Unidos no debe correr como lo ha hecho usted, pero yo digo: ¿y por qué

no?..."

AMIGO Gerald: Protocolariamente yo debiera llamarle excelentísimo amigo, o dignísimo señor

o ilustre presidente, pero le he visto correr que se las pelaba, perseguido por un grupo de

reporteros gráficos en el aeropuerto de Bakersfield; le he visto con su carrito comprando queso

en el supermercado de su barrio; le he visto en mangas de camisa departiendo con su colega

francés M. Valéry Giscard d´Estaing y le he visto en la cocina de la Casa Blanca freír unos

huevos, sin que por eso se le hayan caído los anillos; y esa democracia y sencillez me han

abierto los brazos de la confianza.

Sé que hay gente que se ha escandalizado ante estas manifestaciones de naturalidad y

quienes han opinado que el presidente de una nación tan poderosa y tan superdesarrollada

como los Estados Unidos no debe correr como lo ha hecho usted, pero yo digo: ¿y por qué

no?... Un jefe de Estado debe tener los mismos derechos que un simple ciudadano y, por lo

tanto, puede correr a la pata coja, saltar a la comba y hasta meterse los dedos en las narices,

pues para eso tanto las narices como los dedos son suyos, y lo que no estaría bien es que

hiciera lo mismo con sus dedos y las nances de sus visitantes, pues hasta ahí no debe saltarse

el protocolo por muy demócrata que sea. Porque al contribuyente americano le gusta que sus

presidentes sean así de campechanos, y se retraten en camiseta, y ayuden a secar los platos a

sus mujeres y se vayan los domingos a la orilla del Potomac a pescar truchas y, en una

palabra, que sean «a la pata la llana», como decimos en España.

En los Estados Unidos se ufanan de que allí cualquier ciudadano puede llegar a presidente,

como también, digo yo, cualquier presidente puede llegar a ciudadano como en el caso

del señor Nixon.

Hay jefes de Estado que no estaría bien que corrieran como usted lo ha hecho por razones

simplemente de estética. El ex Rey de Reyes Haile Selassie, sin ir más lejos, perdería toda su

majestad si echara a correr como mi compatriota Mariano Haro, máxime teniendo en cuenta lo

que le frenaría el paraguas. Pero usted ha sido deportista antes que fraile y no pueda

extrañarle a nadie que de vez en cuando le apetezca dar una carrerita.

Por otra parte, no es usted el único presidente que adopta estas posturas democráticas de

acercamiento al pueblo. Ahí tiene a su colega francés, Valéry Giscard d´Estaing, que de pronto

llama a los barrenderos de su barrio para desayunar con ellos y les da tostadas con

mantequilla, con lo que se gana la simpatía de los barrenderos parisienses y no habrá hoy en

día barrenderos en la Ville Lumière que no se dé un paseíto todas las mañanas por el

Faubourg Saint Honoré antes de empezar a barrer, por si las moscas. Desde otro punto de

vista, eso de que los presidentes de las naciones corran puede ser una solución para dilucidar

las discrepancias políticas entre dos países, sin necesidad de meternos en el lío a los pacíficos

ciudadanos a quienes, sin comerlo ni beberlo, nos dan un fusil para que nos liemos a tiros con

los ciudadanos de otra nación a los que ni siquiera conocemos. ¿No sería más lógico que

fueran los jefes de Gobierno los que solventaran las guerras en un «cross-country»

gubernamental?

Piénselo bien, amigo presidente. Porque con eso de las guerras no se consigue nada útil, sin

contar conque la próxima que haya no van a quedar ni los rabos.

TONO

 

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