Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Castillo de naipes     
 
 Informaciones.    30/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

CASTILLO DE NAIPES

Por Jaime CAMPMANY

LA primera gota de acíbar que cae sobre el reconocimiento internacional de nuestra recién Inaugurada

democracia la ha vertido el «Washington Post». Un periódico cuyas opiniones no son, precisamente, ni

ligeras ni despreciables, ha calificado a la democracia española como un castillo de naipes. Algo que se

puede venir abajo de un liviano soplo.

Hasta ahora, el mundo occidental, el mundo libre, contemplaba con satisfacción y casi con asombro la

evolución política de España: este difícil tránsito de un régimen autoritario hacia una democracia

irreprochable. Desde los países libres de Europa y América nos llegaban ánimos, alientos e incluso

piropos. De repente, Madrid se había convertido en una nueva capital del mundo democrático, y los

políticos españoles y, sobre todo, el Rey de España eran recibidos en el exterior como embajadores de un

país incorporado al número —no demasiado alto, por otra parte— de las democracias que existen en el

mundo. La adhesión de España al Consejo de Europa ha sido, en el interior, una apoteosis europeísta, y en

el exterior una bienvenida inequívoca y un reconocimiento indudable a la construcción democrática

española.

Y de pronto, la gota de acíbar. Todo esto dicen que es sólo un castillo de naipes. Hay que reconocer que

la democracia en España no ha echado todavía raíces, no ha logrado aún la firmeza de sus cimientos; tiene

la vida endeble y quebradiza de un ser recién nacido. Pero, ¿qué síntomas negativos o amenazantes ha

podido ver el «Washington Post» en nuestra democracia para echarnos encima este jarro de agua fría? El

juicio ha coincidido con la visita a Estados Unidos de Santiago Carrillo y de Felipe González. Ambos

líderes de la oposición han extremado la prudencia en sus declaraciones. El pacto de la Moncloa tiene

ante sí obstáculos que no podemos ignorar, pero es una prueba evidente de la madurez y responsabilidad

del Gobierno y de todos los partidos políticos. Es verdad que existen grupos extremistas que quieren

ahogar en la violencia los primeros balbuceos democráticos, pero también es cierto que encuentran la

repulsa casi unánime del pueblo y de todas las fuerzan políticas. ¿Será, acaso, por el lado débil de la

economía por donde vean los redactores del «Washington Post» el peligro?

De cualquier modo, el castillo está en pie. Ahora no falta sino resguardarlo de los malos vientos, de tanto

viento arrebatacapas como ha soplado en nuestra historia.

 

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