Autor: Reyes, Luis. 
   Y vinieron los yanquis     
 
 El País.    24/09/1978.  Páginas: 8. Párrafos: 40. 

Y VINIERON LOS

YANQUIS

Texto: Luis Reyes Fotos: Cesar Lucas

Hace veinticinco años que España se convirtió en un portaaviones nuclear. El 27 de septiembre de 1953

se firmaron los acuerdos de Madrid; Franco lograba romper con ellos la cuarentena diplomática;

Washington conseguía, a cambio, la mayor ganga en bases de su red estratégica.

El año de 1953 vino preñado de grandes éxitos diplomáticos para la España in-mortal, la de Franco, si

hacemos caso de los cronistas oficiales de la época: varios países hispanoamericanos manifestaron al

embajador español en Washington su deseo de que España solicitase el ingreso en la ONU. y el Gobierno

sirio otorgó al caudillo el collar de los Omeyas. El papa Pío XII envió a Franco los capelos cardenalicios

para que se los impusiera personalmente a los arzobispos de Tarragona y Santiago, lo que dio ocasión al

nuncio vaticano, monseñor Cicognani, de decir: «En vuestra persona, excelentísimo señor, se ha dignado

nuestro Santísimo Padre delegar una función que le compete con exclusividad, y ello, lejos de ser un acto

de pura cortesía, no sólo constituye un testimonio de benevolencia y paternal afecto, ni es sólo una

demostración de que el Santo Padre quiere apretar más y más los vínculos siempre cordiales entre la

Santa Sede y España, sino que es también un claro reconocimiento de que en la España eterna y en la

persona de vuestra excelencia, que tan dignamente representa, se dan, de manera destacada y eminente,

aquellos títulos que movieron siempre a los sumos pontífices a la delegación de tan alta prerrogativa...»

(ese mismo verano, el Vaticano se cobraría sus deferencias hacia Franco con la firma de un Concordato

que le otorgaba grandes ventajas materiales).

Martín Artajo, ministro de Exteriores, rompía el cerco internacional, realizando un viaje a Filipinas y

China nacionalista, país con el que se firmó un tratado de amistad (defenestrado veinte años después por

la tecnocrática impiedad de López Bravo) y que otorgó al Generalísimo su. más alta condecoración

militar. Pilar Primo de Rivera, mientras tanto, en representación de la mujer española, recorría varias

ciudades colombianas acompañada de la hija del presidente de Colombia.

Asimismo, el ostracismo en que las Naciones Unidas habían arrojado a España era roto por la visita de

ilustres personalidades: el presidente de Portugal, el rey de Libia (de riguroso incógnito), la emperatriz

Soroya y el rey (destronado) Pedro de Yugoslavia. Y. gracias a la propuesta de Norteamérica. España fue

invitada, junto con Corea. Libia y Nepal, a la conferencia del opio organizada por las Naciones Unidas....

lo que suponía pisar la ONU.

Como puede verse, pese al triunfalismo con que se hacía la crónica oficial, la España de Franco seguía

estando fuera del mundo en 1953. Aunque el entusiasmo democrático de las naciones vencedoras del

fascismo, que les llevó a retirar los embajadores de Madrid en 1946. se había enfriado, Franco seguía

siendo un proscrito para Europa: ningún estadista europeo se atrevía, ni se atrevería hasta después de la

muerte del dictador, a visitar oficialmente España.

Pero el centro de decisión del mundo occidental ya no estaba en nuestro viejo continente, sino en

Norteamérica, y Norteamérica decidió absolver a Franco en 1953.

La guerra fría había empujado a Estados Unidos a una situación paranoica. Si el miedo a la amenaza

comunista era capaz de originar, dentro de la liberal Norteamérica, el fenómeno del macartismo, la caza

de brujas de estilo fascista, no es de extrañar que facilitara la tolerancia externa hacia un régimen fascista

que, además de bastión anticomunista declarado, poseía excelente bases militares potenciales. El triunfo

republicano en las elecciones del 52, que llevó a la Presidencia estadounidense al general Eisenhower,

simple figurón conservador detrás del cual se hallaba el genio pragmático anticomunista de Foster Dulles,

facilitó las cosas.

El nuevo embajador enviado por Dulles, James C. Dunn, llegó a principios de año. El 17 de mayo. Dunn

colocó la bandera de Puerto Rico (Estado libre asociado de EELIU) a los pies de la Virgen del Pilar. El 27

de septiembre se firmaron los Acuerdos de Madrid, en virtud de los cuales Estados Unidos obtenía

«facilidades» para utilizar instalaciones militares españolas —un eufemismo para designar, sin herir la

susceptibilidad nacionalista española, la instalación de una formidable red de bases yanquis— a cambio

de una modestísima ayuda económica.

Trece años después, el pueblo de Palomares (Almería), arruinado por la radiactividad, entendería el

auténtico alcance de aquellos acuerdos...

Para la triste y pobre España de los primeros años cincuenta. Estados Unidos iba a convertirse en seguida

en un auténtico mito de la cultura de masas. Los últimos resabios de la aliadofobia y la absurda autarquía,

que pretendiera ignorar al hostil mundo exterior, fueron barridos por la guerra de Corea. Al lanzarse a la

cruzada contra el comunismo asiático, Norteamérica borró sus pecados anteriores, entró en la senda del

bien, comprendió que España tenía razón y empezó a seguir nuestras huellas, tal como había previsto el

profetice pensamiento del Caudillo.

La España de Franco seguía estando fuera del mundo en 1953

Aquello supuso un inmenso alivio para los medios de comunicación social, que penosamente ma-

nipulaban el subsconsciente colectivo de los españoles: periódicos, revistas, cine, tebeos, encontraron de

pronto un amigo exterior, una nación extranjera de la que la nación española podía sentirse solidaria,

cómplice, correligionaria, y que no era un subdesarrollado país hispanoamericano, sino el Estado más

poderoso de la Tierra.

España volvió a tener mitos como en los primeros años cuarenta, cuando los éxitos de la Alemania nazi

exaltaban a la opinión pública y le hacia olvidarse un poco del racionamiento. Nadie como los niños

sintió los efectos de esta manipulación, reflejada en los tebeos. desde A venturas de FBI, hasta A las de

América, pasando por El Jeque

Blanco (un agente de la CÍA) o Hazañas Bélicas, donde se alternaban una historia de americanos contra

coreanos con una de alemanes contra rusos (el tributo al pasado...). La más importante creación literaria

popular de la posguerra, El Coyote, fue evolucionando de un antiamericanismo furioso a la colaboración

personal con el presidente de Estados Unidos, y las películas españolas retrataban la atónita admiración

general. «Miras los rascacielos, ahí se trabaja como en ninguna otra parte del mundo... Ahí está toda la

civilización», le asegura arrobada a Fernando Fernán Gómez la protagonista de La otra vida del capitán

Contreras, y Betsy Blair, la Isabel de Calle Mayor, le pide a José Suárez que la lleve a ver películas

americanas, que le gustan tantísimo, «sobre todo las cocinas que salen, son tan blancas...».

En fin, pese a la venenosa ironía con que Berlanga tiraba de la manta en Bienvenido Mr. Marshall, los

españoles estábamos dispuestos para recibir a los americanos con los brazos abiertos, o «con los

pantalones bajaos», que decían los castizos. Sin embargo, aquel anhelo con el que la gente esperaba a los

yanquis era inocente, como la espera de los Reyes Magos por un niño pequeño... No llegaba, ni mucho

menos, a la falta de dignidad de los años setenta, cuando el anuncio de que la Ford pensaba instalarse en

España dio lugar a una vergonzosa carrera de súplicas y ofertas entre las fuerzas vivas de varias ciudades

españolas.

Y vinieron los yanquis. Los técnicos del Pentágono empezaron a elegir los emplazamientos de sus bases

estratégicas, los hombres de negocios comenzaron a reconocer el terreno económico y nos llegó una

especie de grosera caricatura de Plan Marshall para pordioseros famélicos: leche en polvo, queso y

mantequilla salada, regalo de Caritas norteamericana para los necesitados españoles (inmediatamente, en

toda España surgió un pequeño mercado negro generalizado: las familias de clase media compraban por

cuatro perras esos productos a sus pobres, cuyas necesidades primarias no tenían nada que ver con el

concepto de ayuda de los yanquis).

Madrid, Sevilla. Zaragoza, la provincia de Cádiz, fueron las zonas que recibieron el impacto. Se

construyeron barrios de chalets para los militares de las bases, empezaron a verse grandes coches

americanos —todavía se llamaban haigas—, surgieron centros de diversión para los soldados y oficiales,

es decir, bares de chicas —y un fenómeno sociológico completamente nuevo: el de las prostitutas

que se casaban con militares y se convertían en respetables amas de casa que, encima, tenían un nivel de

vida muy superior al de la media española—. En Madrid la presencia americana se localizó en una zona

todavía no urbanizada, al final de Generalísimo, a la que la inventiva popular llamó en seguida Corea, en

parte por los desmontes, como de campos de batalla, que había; en parte, por el equívoco trajín a que

daban lugar los bares de chicas y el mercado negro existente alrededor del economato de la calle Carlos

Maurras... Corea desaparecería con la expansión de la capital, pero dejaría, como una sombra, el área

viciosa de la Costa Fleming.

Pero los españoles no se daban cuenta de lo que suponía la llegada de los americanos: un riesgo nuclear a

cambio del cual se cobraba un precio bajísimo. Cuando el embajador soviético en las Naciones Unidas le

transmitió a su colega español una nota de advertencia sobre los peligros que para Madrid entrañaba el

proyecto de Torrejón, la reacción de Abc fue ridiculizar al ruso, porque en la nota decía «Torreón», en

vez de Torrejón de Ardoz.

Sin embargo, con el paso del tiempo y conforme la existencia del régimen era digerida y aceptada a nivel

mundial, fue haciéndose evidente lo injusto que en trato resultaba para España, incluso entendiendo como

España a la idea franquista de ella. No sólo la contrapartida de ayuda económica americana era muy baja,

sino también la política, puesto que los pactos no tenían rango de tratado (que exige la aprobación del

Congreso norteamericano), sino de simple acuerdo ejecutivo, es decir, que no entrañaban la aprobación

del Estado norteamericano al régimen de Madrid. En el orden militar, aparte de la tacañería con que se

suministraba material bélico a las Fuerzas Armadas españolas, no había ninguna garantía de que Estados

Unidos auxiliara a España si ésta se veía envuelta en una guerra, y, de hecho, durante el conflicto de Ifni,

Washington prohibió que el Ejército español utilizara el material militar entregado por Norteamérica.

Hubo que esperar a 1968 para que Castiella intentara rectificar el carácter de ganga que las bases tenían

para Washington, y cuando en ese año expiró la prórroga de cinco años firmada en 1963, inició una

ofensiva diplomática que en un momento dado llegó a la amenaza de que los americanos tendrían que

irse...Por el contrario, el que se fue resultó ser Casteilla, defenestrado por el Opus, que firmó —a través

de López Bravo—un nuevo acuerdo en 1970. tan vasallo como el anterior.

El acuerdo del 70 expiró en septiembre de 1975. Oportunamente, una demencial campaña terrorista Del

FRAP (detrás de la cual algunos quisieron ser la mano de la CÍA) desembocó en los fusilamientos de

septiembre del 75, que llevaron al régimen de Franco a su situación de mayor aislamiento desde el

principio de los cincuenta, con lo que Kissinger obtuvo un acuerdo-marco en excelentes condiciones para

Norteamérica. Fue sobre ese acuerdo-marco sobre el que el primer Gobierno de la Monarquía negoció a

los dos meses de la muerte de Franco, en momentos en los que España aún no había encontrado su rumbo,

el actual Tratado de Amistad y Cooperación.

Tras veintitrés años de relaciones, se consiguió que el Congreso norteamericano reconociese a España

como amiga, aunque no como aliada militar. A cambio de ello, y hasta 1981. seguimos soportando los

riesgos que. en versión mínima, tan bien conocen los habitantes de Palomares, cuyo pueblo hace ya doce

años que quedó contaminado por las bombas atómicas de un avión siniestrado, sin que el exhibicionista

baño invernal del entonces ministro de Información. Manuel Fraga, pudiera impedirlo.

Todas las mañanas, al filo de las ocho, se forma un embotellamiento en un ramal de carretera que sale de

la Nacional 11. a la altura de Torrejón de Ardoz. Es la desviación que lleva a la base, y el embo-

tellamiento es originado por los 5.000 vehículos, con matrícula especial para americanos, que transportan

a las 8.000 personas, casi todos yanquis, que trabajan allí, y cuya entrada es controlada por los centinelas

de la Policía Aérea española.

Necesariamente, el control es muy rápido: desde dentro del coche los pasajeros -uniformes azules o

verdes de faena, gorras de béisbol azul marino, rostros negros o latinos, senté de paisano también—,

levantan una tarjeta de identificación de la Air Forcé, que automáticamente provoca un gesto de adelante

del centinela; únicamente cuando se trata de visitantes españoles se alarga el procedimiento de control:

hay que entrar en el cuerpo de guardia, depositar allí el carné de identidad y recibir del cabo primero una

tarjeta plastificada que se cuelga de la solapa. En fin, lo normal para entrar en cualquier instalación militar

española.

Un riesgo nuclear a cambio del cual se cobraba un precio bajísimo

Porque, ¡atención!, la base aérea de Torrejón de Ardoz es una base española, como lo son las de Rota,

Morón, Zaragoza... Hay un énfasis obsesivo en los mandos militares españoles en recalcar esta condición:

«¡Esto no es base ni americana, ni conjunta, ni nada, es exclusivamente española y no hay más

comandante que yo», repite varias veces el coronel Fontecha, comandante de Torrejón. «Los americanos

disfrutan de facilidades de uso, pero aquí la única bandera que ondea es la española; cuando los

americanos quieren izar su bandera, en alguna fiesta suya, tienen que pedirnos permiso, que. general-

mente, concedemos, con una condición: que su pabellón se sitúe a la izquierda y más bajo que el nuestro.

Parece una tontería, pero no lo es...»

Esta susceptibilidad frente al tema de la soberanía territorial, que se encuentra en todos los militares

españoles —un oficial de la Armada nos dice que «los americanos están en Rota de prestado»— se

explica fácilmente cuando, traspasados los controles de vigilancia exterior, a cargo de las Fuerzas

Armadas españolas, se adentra uno en el interior de las bases y descubre que ha entrado en otro

continente.

Jurídicamente, las bases serán españolas, pero, de hecho, en la realidad concreta y cotidiana («chiquillo,

aquí, pa comprá un paquete de tabaco necesitas dólares», que dice un friegaplatos roteño) no es que las

bases sean americanas, es que son América.

Hay toda una teoría del microcosmos sugerida por los mil detalles que depara un recorrido por la base de

Torrejón. empezando, quizá, por el molesto sonido de una chicharra que comienza a sonar tan pronto

subimos a! coche que nos ha asignado la comandancia americana (un enorme Chevrolet cuya letra de

matrícula. B, no quiere decir Barcelona, sino precisamente Base) y que es el recordatorio de que nos

pongamos los cinturones de seguridad, típico exceso de seguridad yanqui, puesto que la velocidad está

estrictamente limitada a cuarenta kilómetros por hora... O por esas paradas de autobús que existen en la

arteria principal, con el banco corridoy la marquesina de cemento, igual que las hemos visto en tantas

películas americanas, y donde hay señalados destinos de buses que nos resultan desconocidos,

extranjeros, como Royal Oaks (traducción del acompañante de la oficina de relaciones públicas de la

base: «Esos son los que van a Encinar de los Revés»).

Pero tras esas primeras sorpresas hay un hecho aún más significativo: la ausencia de españoles. En las

muchas horas que hemos permanecido en las bases, recorriéndolas de arriba a abajo, quitando los

controles exteriores, no nos hemos cruzado un solo español, o mejor dicho, un solo militar español,

porque españoles civiles, contratados por el Gobierno norteamericano, sí que los hay, trabajando,

fundamentalmente, en los servicios: friegaplatos, jardineros, limpiadoras... En fin. en los trabajos no

cualificados, aquellos que rechaza un norteamericano, lo que le imprime a las bases españolas un carácter

aún más de América, de mundo superdesarrollado donde los trabajos inferiores se reservan para

inmigrantes de países atrasados.

Toda la sofisticacion de América para hacer músculo

En las bases se puede hacer cualquier deporte

Béisbol, el deporte nacional

Para los españoles, curiosos visitantes, esa célula de otro mundo injertada en la meseta castellana empieza

en la valla que, a lo largo de veintisiete kilómetros, contornea Torrejón. Para los usuarios

norteamericanos, sin embargo, la Base empieza —y terminará, después de tres o cinco años de servicio—

en el aeropuerto civil, en esa terminal similar a la de cualquier aeropuerto comercial de pequeña

provincia, existente en todas las bases norteamericanas, adonde llegan y se van no sólo los militares, en

viaje de servicio, sino también sus familias, y no sólo en viaje de servicio, sino también cuando viajan por

placer o por asuntos propios, y todo ello sin pagar un solo centavo, beneficiándose de la aplastante red

logística de las fuerzas estratégicas norteamericanas, que continuamente mueve aviones de transporte

entre las cinco partes del mundo, para embarcarse en los cuales basta con que lleven plazas libres. El

único requisito es que hay que esperar turno estando presente físicamente en la terminal, con lo que las

salas de espera adquieren un aspecto aún más normal, con soldados, marineros y familias durmiendo en

las butacas, preguntando en el mostrador de información que cuándo hay vuelo para Francfort, comiendo

un bocadillo (es decir, un sandwich) y con esa cara de demoledor aburrimiento que se adquiere en todos

los aeropuertos del mundo al cabo de quince minutos de espera.

Por ese puente aéreo han pasado no sólo los civiles miembros de la Air Forcé que utilizan la base es-

pañola de Torrejón y los familiares que han traído consigo, sino además visitas ilustres norteamericanas

(desde Eisenhower en 1959, hasta el senador Byrd, enviado presidencial llegado a Madrid a principios del

verano, muchos visitantes oficiales americanos han mostrado la falta de tacto de despreciar nuestro

aeropuerto de Barajas y aterrizar sólo en el suyo de Torrejón, no se sabe si por cuestiones políticas o

porque no se fían de nuestras medidas de seguridad).

Estos militares de base en el extranjero tienen unas características muy definidas. En primer lugar, da la

sensación de que aquí no hay más que sargentos. Se ven, por supuesto, bastantes oficiales, pero lo que es

difícil encontrar es soldados rasos. Las bases estratégicas estadounidenses suponen un aparato de

mantenimiento tan sofisticado que prácticamente todos los militares destacados en Torrejón son

especialistas que, a lo largo de sus años de servicio, han ido alcanzando las barras de los nueve grados de

sargento que tiene la Air Forcé (en las fuerzas armadas yanquis, si no se asciende a un ritmo determinado

te dan el retiro, aunque sólo tengas treinta años).

Otra característica es su estandarizada opulencia, aunque aquel contraste brutal de los primeros años haya

desaparecido con el desarrollo económico español. No obstante, Torrejón sigue ofreciendo al españolito

curioso su aspecto de caja de maravillas, donde unos seres privilegiados, provistos de unas tarjetas

mágicas que ningún español podrá poseer nunca, hacen que se les abran las puertas de los grandes

supermercados para comprar leche (con vitaminas añadidas) traída de California, y panochas de

Wisconsin, comen enormes pedazos de carne expedidas desde Kansas en las Steak houses, equipan sus

casas con fabulosos complejos estereofónicos adquiridos en los economatos a menos de la mitad de

precio que en las tiendas madrileñas, y llenan con gasolina pagada a doce pesetas el litro los depósitos de

sus coches de gran cilindrada, que en su origen fueron transportados gratis desde Estados Unidos como

parte del mobiliario de un militar destinado a España y que luego se han ido vendiendo —sin pagar nunca

aduanas— de unos a otros, conforme abandonaban este país, utilizando para ello los espacios especiales

que dedica a los anuncios de ventas interamericanos la radio de la base.

American Air Forces Radio, casi todos hemos oído alguna vez esta sintonía que permite un ligero atisbo

en el mundo de los americanos, pero éste es mucho más complejo. No es sólo la emisora de radio y la de

televisión, con sus programas enlatados, que el Pentágono sirve a todas las bases yanquis del mundo, los

espectáculos teatrales y películas en inglés (una cada día), las arenas de rodeo, el drive-in (cine para

coches), las canchas de béisbol, los sitios para ir de pic-nic, con sus mesas de madera y sus barbacoas, los

pubs... Hay también una librería en la que puede comprarse cualquier periódico o revista norteamericana,

complejos escolares donde los hijos de los americanos pueden cursar la enseñanza primaria y media o, lo

que es aún más significativo, el mail, la central de correos a través de la cual las gentes de la base se

comunican con Estados Unidos y con el resto del mundo sin necesidad de utilizar los servicios postales

normales, españoles o internacionales, sino mediante la red logística de las fuerzas estratégicas

estadounidenses.

Los militares de la base viven dentro o fuera de ella. Dentro se encuentra el housing, una zona de

hermosas viviendas individuales con jardín, casi siempre trabajado por un jardinero español, que son

iguales para cualquier grado, sea coronel o sargento, por aquello del espíritu democrático americano.

Rota, un pueblo supeditado en lo económico y lo cultural a una potencia extraña pero por el que pagan

más o menos según el sueldo percibido; en todo caso, los alquileres son muy ventajosos, estableciendo

una diferencia más entre americanos e indígenas, puesto que un simple sargento puede disfrutar de un

chalet de dos plantas por sólo 15.000 pesetas mensuales.

Cuando viven fuera de la base, los yanquis han seguido cierto instinto gregario, que ha dado como

resultado pequeñas colonias en las que da la sensación de estar al otro lado del Atlántico: típicas casas

unifamiliares como en las áreas residenciales norteamericanas, ambiente callejero, tiendas, incluso el

dinero que circula es norteamericano. No obstante, estos apéndices de las bases quedan diluidos en una

ciudad del tamaño de Madrid. El caso de Rota es completamente distinto.

Cuando se llega a Rota desde Madrid, desde Jerez o desde Cádiz, la base naval surge como una presencia

inevitable. La carretera que va bordeando toda la costa, se aparta súbitamente de ella y el paisaje marino

es sustituido por una alambrada de dieciséis kilómetros, a lo largo de la cual no hay vigilancia aparente, lo

que hace pensar en los sofisticados sistemas de control que protegen las instalaciones, algunas de las

cuales se ven desde fuera.

Torrejón es un mundo aparte y apartado; Rota, sin embargo, es una criatura monstruosa que no sólo ha

alterado el paisaje, sino que se ha metido en la forma de vivir de toda una población, la de Rota-pueblo,

condicionando su cultura, su economía y hasta su forma de hablar.

No hay solución de continuidad entre el en otro tiempo luminoso pueblecito de pescadores y la base de

submarinos atómicos. Únicamente las vías de ferrocarril separan las casas del pueblo del puesto de

aduanas en el que la Guardia Civil intenta controlar las vías de abastecimiento del mercado negro y del

cuerpo de guardia en el que los centinelas de la Infantería de Marina española actúan con un mimetismo

perfecto de marines yanquis.

Y el mimetismo se extiende por las calles roteñas, llenas de anuncios en inglés; por los bares, que se

llaman snacks, y que tienen sangrías jar (jarro de sangría); por los hoteles, cuyos prospectos en inglés

ofrecen precios especiales para el US Forces personnel expresado en dólares... Se ven grandes coches

americanos con matriculas de New Jersey o California y pegatinas en sus cristales traseros totalmente

extrañas para nosotros: «USS Nimitz, nucleus of the new Navy» («Portaaviones Nimitz, corazón de la

nueva Armada»). Hay también un número inusitadamente alto de viejos seiscientos, repintados a mano:

son los coches de las esposas de los militares, tan codiciados por el sentido práctico norteamericano, y por

las noches, los coches blancos de la Policía Naval americana, con sus luces intermitentes azules, patrullan

alrededor de los innumerables cabarets, pubs o bares de niñas, centros de diversión para los hombres de la

base que completan la fisonomía de Rota como lo que es: una colonia, un pueblo —población y

habitantes— que no es dueño de sus destinos, sino que vive supeditado en lo económico y lo cultural a

una potencia extraña, aparentemente parásito de ésta; en realidad dejándose chupar sus fluidos vitales: su

identidad, el trabajo de sus hijos, la seguridad de todos...

 

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