Autor: Teba, Juan. 
   Una ciudad colonizada por la base naval     
 
 Diario 16.    05/05/1980.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Rota (J. T.) - Cuando en 1953 el orden franquista dio generosamente luz verde a la construcción de una

base naval de utilización conjunta hispano-norteamericana en la localidad gaditana de Rota, ni el más

pesimista de los lugareños alcanzarla a imaginar, probablemente, hasta qué punto la existencia de la base

iba a influir negativamente en el futuro de la ciudad.

España acababa de ingresar en las Naciones Unidas cuando se iniciaron las obras de la base. De un total

de 8.426 hectáreas que abarca el término municipal de Rota, se expropiaron 2.274 hectáreas, más del 25

por 100 de la superficie municipal, pertenecientes a los terrenos más feraces del pueblo. Las

expropiaciones afectaron a 659 familias, que perdieron así su medio de vida y que representaban la

tercera parte de la población.

Por aquel entonces la ciudad sustentaba su economía en la agricultura, la pesca y el turismo, estando la

propiedad de la tierra muy repartida y produciendo cosechas no cuantiosas paro ciertamente cotizadas por

Una ciudad colonizada por la base naval la calidad de sus frutos y productos de huerta, mientras el muelle

pesquero facilitaba trabajo a unas doscientas familias enraizadas igualmente en una tradición marinera.

Junto a la agricultura y la pesca, Rota encontraba en el turismo nacional una importante fuente de

riquezas al contar con una gran colonia veraniega procedente, fundamentalmente, de Jerez, Sevilla y

Extremadura.

Al finalizar la construcción de la base en 1958, Rota es, de alguna forma, una ciudad distinta. Ha perdido

su puerto de refugio debido a las obras del espigón de defensa de la base y al aterramiento total producido

en su dársena a consecuencia de la construcción del dique-muelle de la base naval, que hace que los

vientos dominantes de esta zona origine que los temporales de invierno rompan contra el dique y la mar

vuelva sobre el puerto haciendo que se ciegue de arena.

El turismo se va

Rota pierde, igualmente, 2.274 hectáreas, de las mejores tierras de cultivo de su término, especialmente

óptima para el cultivo de frutales, que además era zona de pinares colindante con una franja playera que

se extendía hasta la zona del Puerto de Santa María, de gran valor turístico.

Y por último, la ciudad se resiente de la pérdida de su tercera fuente de riquezas: el turismo Interior. Las

familias veraneantes procedentes de Jerez, Sevilla y Badajoz encuentran en la base un elemento

perturbador en un doble sentido. Por una parte, el riesgo objetivo que representa el formidable armamento

militar allí custodiado, y en el plano de la moral y las buenas costumbres —las familias veraneantes

pertenecen a la burguesía conservadora andaluza— se advierte una relajación en la vida pueblina y una

proliferación de barras americanas o «puti-clubs», como son denominados por los lugareños, donde con

frecuencia se registran fuertes escándalos. En base a ello, aquellas familias de veraneantes abandonaron

Rota definitivamente para asentarse en los veranos de Punta Umbría, Mazagón o Cádiz. Rota quedó

descolgada, definitivamente, del «boom turístico» que por aquellos años se iniciaba en nuestro país.

Tantos perjuicios no tuvieron una contrapartida justa. Si bien la base naval generó un extraordinario

desarrollo de la construcción en Rota, ésta se hizo anárquicamente y sin contemplar las características

urbanísticas y paisajísticas de la población.

Choque de costumbres

Lo obsesivo era construir torres de apartamentos para «alquilar al americano». Por otra parte, los puestos

de trabajo cualificados para la población civil dentro de la base son ocupados por personas ajenas a Rota,

mientras los rótenes tienen acceso solamente a los niveles de peonaje. Baste decir al respecto que la

oficina de colocación de la base se encontraba instalada fuera de Rota.

Con la puesta en funcionamiento de la base, en la que lograron colocarse 600 rótenes de un total de 1.600

españoles como personal civil, las calles de Rota se ven invadidas por enormes coches conducidos por

personal exótico, que imponen sus costumbres a una población absolutamente inerme ante la base naval.

Los inevitables chinos, con sus no menos restaurantes especializados, se apoderan de buena parte de

locales donde instalan sus negocios mientras se van abriendo, paralelamente, infinidad de «snack-clubs»

servidos por «señoritas» que encuentran en Rota la tierra prometida que ya dejó de ser la Sevilla de los

americanos de Morón de la Frontera.

Con la presencia de los norteamericanos, Rota sufre el inevitable proceso de colonización cultural que

imponen siempre los hijos del dólar allá por donde se esparcen y que tan alto costo humano, político y

económico le ha supuesto en las dos últimas décadas a los Estados Unidos.

 

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