Autor: Alférez Callejón, Antonio. 
 La renovación del Tratado Washington-Madrid. 
 La diplomacia española, ante su prueba de fuego     
 
 ABC.    09/04/1981.  Página: 12-13. Páginas: 2. Párrafos: 32. 

12 / A B C

POLÍTICA

JUEVES 9-4-81

La renovación del Tratado Washington-Madrid

La diplomacia española, ante su prueba de fuego

Por Antonio ALFÉREZ

LA visita a nuestro país del secretario de Estado norteamericano, Alexander Halg, tiene un propósito

fundamental: poner en marcha las negociaciones para la renovación del tratado de Amistad y

Cooperación que suscribieron los Gobiernos de Madrid y Washington el 24 de enero de 1976, y qué

expiran el próximo mes de septiembre. Quedan tan sólo cinco meses (período vacacional Incluido) para

completar unas negociaciones que podrán complicarse, favorable y negativamente, con las hipotéticas

conversaciones para nuestra Incorporación a la Alianza Atlántica. Van a ser cinco meses de prueba para la

profesionalidad y agudeza de nuestra diplomacia, en un momento que se exige una máxima clarificación

tanto en el interior como a nivel Internacional. Este Tratado que se va a renegociar es la única vinculación

defensiva de España con el mundo exterior. Y negociamos con la primera potencia del mundo, cuyos

mandatarios —el Washington de Reegan y Halg— parecen haber desempolvado la vieja receta de

Theodore Rooselvelt para la política exterior norteamericana: «Hablar suavemente y llevar un gran ga-

rrote».

Antes del 21 de septiembre de este año el Gobierno español deberá optar por una triple alternativa:

renovar automáticamente por cinco años más el actual Tratado con Washington, optar por el «American,

go home». o firmar un nuevo Tratado con sustanciales cambios sobro el vigente. Ninguno de los cuatro

grandes partidos políticos españoles es partidario de romper el vínculo de alianza con los Estados Unidos.

Por otra parte, es evidente que el actual Tratado no es el mejor para los intereses de nuestro país. Se

ultimó en las primeras semanas del primer Gobierno de la Monarquía y bastante logró el entonces

ministro de Exteriores, José María de Areilza. Con la idea puesta en el apuntalamiento internacional a la

Monarquía española, Areilza logró que los tradicionales «acuerdos» Washington-Madrid se convirtieran

en un «tratado». Se logró, en definitiva, una alianza de altísimo rango, aunque de contenido no demasiado

ambicioso. No se podía lograr más, pues aquel documento tenía que ser respaldado por los legislativos de

ambos países (sería la última votación importante en política internacional de las Cortes franquistas). Con

todo, el Tratado alumbrado por Areilza tenía logros tan espectaculares como la desnuclearización

completa de las «facilidades» norteamericanas en nuestras bases. También se corregían, al menos «de

iure», la situación estatutaria de estas bases. El gran punto negativo del Tratado de 1976 es que no cubría

el dramático vacío que se había venido sucediendo en los «acuerdos» desde 1953: nunca se incluyó el

tema de la garantía de seguridad. Es decir, si un tercer país ataca a un miembro de la OTAN, auto-

máticamente el resto de los aliados están comprometidos a defender al atacado; si un tercer país atacara a

España, la firma del Tratado no es ninguna garantía de que Estados Unidos se aprestara a defender a su

aliado español.

La gran paradoja del Tratado es que se establece una serie de premisas y compromisos para estrechar la

cooperación entre los dos países, pero se deja al margen el punto esencial de la seguridad. En definitiva,

es un Tratado bilateral con todos los inconvenientes de la alianza multilateral y pocas da sus ventajas. En

este sentido el Tratado arroja un pobre balance para España: no así para Estados Unidos, que, sin

comprometerse vitalmente en la defensa de nuestro país, puede gozar de una clara serie de ventajas. Así

se desprendía de la exposición de Raymond C. Ewing, adjunto al subsecretario de Estado para Asuntos

Europeos, cuando el pasado 23 de marzo exponía ante un comité del Congreso los presupuestos para

ayuda militar a nuestro país para 1982: «Nuestro programa de asistencia a España es crucial para nuestra

seguridad dado lo que suponen para nuestros intereses las facilidades aéreas y marítimas que gozamos en

la Península Ibérica. Estas bases son la piedra angular de las relaciones defensivas da España con

Occidente y suponen el vínculo principal español con la defensa atlántica.»

En resumen, se venia a confirmar un vez más lo que siempre se había sospechado: que en el caso de una

conflagración entre el Este y Occidente nuestro Tratado con Washington no nos permitiría presentamos

internacionalmente como «país neutral»; y, en contrapartida, no tenemos seguridad garantizada de que en

el caso de un ataque contra nuestro territorio pudiéramos contar con el apoyo militar —ni siquiera a nivel

disuasorio— de la primera potencia del mundo.

LA AYUDA MILITAR

Obsesionados con una mentalidad de Bienvenido, Mr. Marshall, en amplias esferas españolas se

considera que nuestro país debería conseguir grandes ayudas económicas a través de su vinculación a

Washington. El planteamiento escapa a toda lógica y realidad. Estados Unidos no regalan nada y su ayuda

a los pobres países del Tercer Mundo es cada vez más reducida. Por lo que respecta a sus aliados más

estrechos, mantiene dentro de la OTAN —aparte del Tratado multilateral colectivo— una serie de

vínculos como tos «Acuerdos Ejecutivos» (executive agreement) con los Gobiernos de Bonn, Londres,

Bruselas, etcétera, y los DECA Defense and Economic Cooperation Agreement (Acuerdo de Defensa y

Cooperación Económica) con Portugal, Grecia y Turquía, aliados no «pudientes» a los que presta una

especial ayuda militar.

En este «ranking» de la ayuda militar norteamericana España ocupa el sexto lugar, detrás de Israel y

Egipto (que acaparan más del 50 por 100 del total), Turquía (400 millones de dólares al año), Grecia (260

millones) y Corea (167 millones). Los 150 millones de dólares que España ha venido recibiendo en

estos cinco años se desglosan dé la siguiente manera:

• 120 millones en FMS (Foreign Military ales credits) o créditos para las ventas mili-tares en el exterior).

• 15 millones en MAP (Milltary Assitence rogram o Programa de Asistencia Militar).

• 7 millones en ESF (Economic Support ands o Fondos de apoyo económico).

• 2 millones en IMETT (International Millory Education and Training o Educación y

Urenamiento militar internacional).

Por lo que respecta a 1982 (un detalle que iberia tener en cuenta la diplomacia española) Estados Unidos

parecen dar por con-do que Madrid renovará el Tratado porqué, de cara al próximo año fiscal, se ha

pedido una ayuda militar para España de 160 millones de dólares, desglosados de esta manera:

• 150 millones en FMS.

• 7 millones en ESF.

• 2,2 millones en IMET.

(La única variación es que el total se incrementa en casi diez millones de dólares y que reparto según

capítulos sube la cifra de los créditos FMS al desaparecer el apartado AP.).

Desde el punto de vista «técnico» esta huida militar tiene varios puntos débiles:

Desde el punto de vista «técnico» esta huida militar tiene varios puntos débiles:

» Cuantitativamente sorprende la cantidad conseguida por Grecia (casi el doble que para, un país que es

un tercio al nuestro y los habitantes tienen una renta per cápita al del mismo nivel que el español). Es

decir, o los griegos son unos fantásticos negociadores o nuestra diplomacia merece una recompensa.

» Desde el punto de vista monetario, la casi totalidad de estas cantidades son créditos que, a excepción de

los del tipo «concenaes (3 por 100 de interés, de los que rutan Egipto, Turquía y Portugal, entre 35), no

resultan precisamente baratos, además, téngase en cuenta que estos créditos son para comprar en el

mercado norteamericano, con lo que Washington atiende un grande propósito: asiste a sus aliados y

estimula su industria exportadora de armamento.

• Desde el punto de vista tecnológico, Washington sólo da luz verde a importantes concesiones

«royalties» militares a sus aliados de la OTAN, Japón, Australia y Nueva Zelanda. Dentro de este

contexto el planteamiento del programa FACA, el «caza» español para la nueva década, resulta casi

diametralmente distinto con o sin estas concesiones tecnológicas. (Una sugerencia sobre la marcha:

¿cómo no interviene más activamente el Ministerio de Defensa en las negociaciones de cara al Tratado?

¿Para cuándo se va a dejar una entrevista entre el ministro Oliart y el secretarlo de Defensa, Weiberger?)

EL MARCO POLÍTICO

Pero un tratado es algo más que un intercambio de ayudas y prestaciones territoriales.

Debería estructurar la incardinación del país al mundo exterior. En este orden de cosas los viejos acuerdos

prestaron un servicio excepcional tanto a Washington como al franquismo. El Pentágono encontró un país

estable en una estratégica península, ni lejos ni cerca del adversario soviético, pieza esencial para los B-

52, que eran la piedra angular del mando estratégico norteamericano. Desde el puntó de vista español, la

ayuda-militar resultó básica para nuestras depauperadas Fuerzas Armadas y, sobre todo, supuso para el

franquismo una especie de cordón umbilical con el Occidente.

Esos planteamientos quedaron atrás. Ahora se trata de que España encuentre su adecuado entorno

internacional, que no sé ya a cubrir con su incorporación política y económica a la CEE. Queda por

completar el vital aspecto de la defensa. La fórmula OTAN y/o Tratado con Washington ha quedado, en

parte, despejada primero con la llegada de Pórez-Llorca al Palacio de Santa Cruz y, sobre todo, con el

nombramiento de Calvo Sotelo como presidente de Gobierno. Con todo el respeto a cualquier otra

postura, la integración de España en la OTAN es la manera menos mala de resolver nuestros problemas

de defensa. Automáticamente nos sentaríamos a la mesa colectiva de los aliados occidentales, sin tener

que soportar como ahora la desproporcional y desequilibrada compañía del gigante norteamericano.

Como la pertenencia a la OTAN se puede hacer «a la carta», podría darse el caso de que a la vuelta de

unos meses España estuviera en la OTAN, sin bases «americanas» y con «Acuerdo Ejecutivo» con

Washington. Cabría también la «fórmula griega», en cuyo suelo hay cuatro bases «americarias» y que la

renegociación que está ultimando Atenas con Estados Unidos está consiguiendo unas espectaculares

concesiones en el control de las bases, su utilización, la ayuda militar y hasta una seguridad en el

contencioso frente a Turquía (un curioso precedente para nuestro litigio gipraltareño, ante el que

tradicionalmente Washington se ha venido lavando las manos).

Todo esto no son fantasías de política-ficción. La adhesión de España á la OTAN cabría concretarse para

antes del Consejo Atlántico de diciembre próximo (después, desde el protocolo inicial hasta el día en que

se deposite el «instrumento dé adhesión» transcurriría casi un año) y en paralelo la diplomacia española

podría negociar un tratado bilateral con Estados Unidos. Se habría felizmente llegado a ese día —con

permiso de Giscard y los demás obstáculos a nuestro ingreso en la CEE— a la plena integración de

España en el Occidente democrático.

 

< Volver