Mal momento, Mr. Haig  :   
 El hombre que dijo que que el tejerazo era un asunto interno explicó en Madrid su estrategia. 
 Cambio 16.    13/04/1981.  Páginas: 4. Párrafos: 32. 

Este país

Mal momento, Mr. Haig

El hombre que dijo que el «tejerazo» era un «asunto interno» explicó en Madrid su estrategia

La visita a Madrid de Alexander Haig, secretario de Estado norteamericano, invitado por su colega

español José Pedro Pérez Llorca, se produjo en un mal momento.

Haig, cincuenta y seis años, uno de los doce generales de cuatro estrellas de los Estados Unidos, parece

haber entrado en la diplomacia estadounidense como un elefante en una cacharrería. En poco más de dos

meses ha tenido meteduras de pata tan memorables que se ha granjeado la animadversión de algunos de

sus compañeros de gabinete y de una buena parte de la prensa más notable de su país.

El general llegaba a Madrid en un momento bastante inoportuno para él. Su embajador Terence Todman

había avivado pocos días antes en la prensa española los rescoldos de la polémica sobre el supuesto

conocimiento norteamericano del frustrado golpe del 23 de febrero.

Además, Alexander Haig no traía nada en cartera que hiciera olvidar aquello del «asunto interno».

Semanas antes fuentes oficiales del Departamento de Estado habían señalado vagamente que las

conversaciones de Mr. Haig en Madrid tratarían de «temas bilaterales, regionales y multinacionales».

Entre los temas bilaterales, naturalmente, está el tratado hispano-norteamericano de 1976, que vence en

septiembre y sobre el que España no ha dado paso alguno para su renovación o cancelación. Lo único

conocido, era la agenda: Haig se iba a entrevistar con el Rey, el presidente Calvo Sotelo, el ministro de

Asuntos Exteriores, Pérez Llorca, y el secretario del PSOE, Felipe González. Bastante antes del atentado

contra Ronald Reagan se sabía que Haig llegaría a Madrid tras visitar Egipto, Israel, Jordania y Arabia

Saudita. Que permanecería aquí 22 horas y que luego partiría hacia Londres para saludar a la señora

Tatcher, hermana gemela política del presidente norteamericano.

El Departamento de Estado resaltó que la visita a Madrid sería la primera que Mr. Haig hacía a un país

europeo como jefe de la diplomacia estadounidense. Luego resultó que este «premio» fue para Italia.

El viaje, que ha sido el primer contacto oficial entre la administración Reagan y España, se comenzó a

estudiar tras la suspensión de la visita de los Reyes a Estados Unidos al producirse la dimisión de Adolfo

Suárez y se concretó días después del 23 de febrero.

Con todo, fuentes diplomáticas estadounidenses han hecho saber de todas las maneras posibles que el

viaje de Haig a Madrid no tiene nada que ver con la tardía reacción norteamericana al intento de golpe de

Estado y que este «malentendido» -al fin los EE.UU. admitieron que, cuando menos, había un

malentendido- no iba a ser tocado en las conversaciones, pues ya había sido solucionado entre los dos

gobiernos.

En el Ministerio de Asuntos Exteriores español confirmaron a esta revista este extremo y expresaron su

satisfacción por la forma con que los Estados Unidos condenaron el golpe. «Al final ha resultado que sus

declaraciones en favor de la democracia han sido el doble, y doblemente contundentes, que la del país

más inquieto por nuestro futuro democrático», declaró un alto cargo de la diplomacia española.

Este país

En cuanto a la responsabilidad concreta de Haig en el «malentendido», este mismo diplomático señaló:

«Fue una poco afortunada expresión, pero hay que tener en cuenta las circunstancias en que fue

pronunciada. El ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean François Poncet, que estaba con él en

aquellos momentos, fue sólo un poco más allá y eso que tiene treinta y cinco años de experiencia

diplomática».

En cualquier caso, la visita de Haig y sus declaraciones, así como todas las cartas y notas intercambiadas

por los dos gobiernos a toro pasado, no han podido alejar de la mente de los españoles esta duda

provocada por el retraso de la condena norteamericana del golpe: «¿Se hubieran producido estas mismas

reacciones si los golpistas se hubieran salido con la suya?».

Alexander Haig no es, además, un personaje especialmente tranquilizador. Es un «halcón», que arrancó a

Gerald Ford en 1976 el permiso para fabricar la bomba de neutrones, con una gran ambición de poder. En

toda su biografía se manifiesta una obsesiva necesidad de escalar al puesto más alto y en su camino hacia

la cumbre no ha dejado ni un amigo.

Formado en una familia católica, el general acusa fuertemente el impacto de su paso por instituciones tan

diferentes como la academia militar de West Point y la Universidad jesuíta de Georgetown. Cuando, en

1974, fue nombrado comandante supremo de la OTAN, fue recibido en Europa con frialdad y fríamente

fue despedido cuatro años después. «Demasiado militar» decían de él en Washington. «Demasiado

político» comentaron en Bruselas cuando se volvió a la capital norteamericana con la

idea de llegar a la presidencia de Estados Unidos.

A la sombra de Kissinger, Alexander Haig realizó importantes misiones: preparar el viaje de Nixon a

Pekin, influir sobre Van Thieu para que aceptara los acuerdos conseguidos por Washington y Hanoi...

Algún periódico comenzó a referirse a él como «el Kissinger de Kissinger».

De Henry Kissinger el general aprendió algunos de los métodos más criticables de su maestro. Así, por

ejemplo, el pasado 20 de enero, fecha doblemente memorable para los Estados Unidos por

la toma de posesión de Reagan y la liberación de los rehenes norteamericanos en Irán, Haig no perdió el

tiempo aquella jornada en jolgorios protocolarios. Su principal trabajo de aquel día fue conseguir que el

primer documento de importancia que apareciera sobre la mesa de trabajo de Reagan fuera un papel que,

de haberlo firmado éste, hubiera hecho del secretario de Estado una figura con más poder que ninguno de

sus antecesores, incluido el todopoderoso Kissinger.

El documento, que proponía que el presidente le diera poderes especiales no sólo para actuar como

ministro de Asuntos Exteriores sino para que su departamento asumiera parcelas de los Ministerios de

Defensa y Comercio, le estalló hace tres semanas en las narices a Haig.

Ronald Reagan respondió cortando las alas a su halcón al crear el llamado «equipo de crisis», que sigue

de cerca los conflictos internacionales graves y da las órdenes oportunas en ausencia del presidente, y

poner al frente de él al vicepresidente George Bush.

Haig estuvo a punto de dimitir, pero aunque Ronald Reagan hizo una pública defensa de su secretario de

Estado, lo cierto es que sus poderes se han reducido y también su prestigio.

El mismo día del atentado contra el presidente, Haig volvió a meter la pata al hacer unas declaraciones en

las que se atribuía el tercer puesto en el ejecutivo norteamericano, cuando la realidad es que

constitucionalmente le corresponde el quinto. La prensa se encargó de recordárselo, al tiempo que

resaltaba su «excesiva ambición de poder».

El fantasma de Suárez

En lo que parece un incontenible afán de monopolizar información, Alexander Haig partió hacia su gira

por Oriente Medio, España e Inglaterra dejando al ministro de Agricultura estadounidense, John Block,

hecho una fiera. La semana anterior Haig se había entrevistado con el embajador francés, que le había

anunciado el proyecto francés de vender a la URSS seiscientas mil toneladas de trigo, y Haig abandonó el

país sin informar de ello a su compañero de gabinete.

Con su prestigio a ras de tierra por sus actuaciones poco diplomáticas y el peso de lo del «asunto interno»

incrementado por la torpeza del embajador Todman, lo único positivo que Haig encontró en Madrid fue la

decidida política exterior española favorable a incrementar las relaciones defensivas con el bloque

occidental, tan diferente a la sostenida por Adolfo Suárez.

El fantasma del anterior presidente ha estado presente en la preparación de la visita y en su desarrollo.

Uno de los puntos bien conocidos de la agenda era que Alexander Haig no hablaría con Adolfo Suárez ni

aunque se topara con él en un ascensor. Según expresaron a esta revista miembros del Departamento de

Estado, Haig no le perdona que le dejara plantado al negarse a acudir a una cita que tenía concertada con

el general durante su paso por Washington a principios de marzo.

Al parecer, Suárez se excusó diciendo que estaba en visita privada y que no quería tener contactos

oficiales. Sin embargo, se sabe que el presidente español quiso ver a Reagan y que al no lograrlo rechazó

la entrevista con Haig porque éste «no es nadie».

Por fortuna para Haig, Suárez es ahora un simple diputado. En opinión de Washington, la política exterior

del anterior presidente, en teoría pro occidental, pero presta a un juego tercermundista -abrazos a Fidel

Castro y Arafat-, ha creado una inestabilidad interna en España por cuanto la URSS había llegado a

hacerse a la idea de que la España democrática iba a encaminarse por el neutralismo.

En este esquema Suárez aparece como el responsable, al menos indirecto, de que a seis meses de que

expire el actual tratado hispano-norteamericano España no haya dado ni un solo paso para la renovación.

«A estas alturas ya debería haber un texto sobre el que discutir -explicó un diplomático español-, porque

el tiempo se echa encima. En 1976 la propuesta española ya estaba redactada desde enero y ahora ni

siquiera hay nombrado un jefe de delegación.»

Los norteamericanos ya hace meses -con la administración Carter-que nombraron a Jack Kubisch como

jefe de su delegación y la administración Reagan ya ha comunicado al Congreso que aumentará en quince

millones anuales los préstamos a España para la compra de material militar (ver recuadro).

Aunque ha habido cambios importantes en el gobierno español en los últimos tiempos, éstos no justifican

el punto muerto en que España tiene el asunto. Tampoco lo explica la expectativa de una próxima

incorporación de nuestro país a la OTAN. España seguirá, seguramente, el ejemplo de la mayoría de

países de la Alianza Atlántica que mantienen tratados bilaterales de defensa con los EE.UU.

Este tema de los pactos entre los dos países ha sido uno de los puntos esenciales que Haig ha tratado en

las conversaciones que ha mantenido durante su visita de veintidós horas a Madrid. Otro ha sido Oriente

Medio, lugar de procedencia del viaje del secretario de Estado norteamericano, donde había intentado

convencer a sus aliados de que la ausencia de una solución definitiva en la zona es producto de la

infiltración soviética que alimenta la intransigencia palestina.

España sería un extremo del arco defensivo ideado por Haig para la protección de los intereses

occidentales amenazados por la crisis del Medio Oriente (ver recuadro) y así lo ha insinuado en Madrid.

En varias ocasiones los EE. UU. han intentado, sin éxito, obtener autorización de España para que

repostaran los aviones norteamericanos con objetivos en aquella zona.

La probable incorporación de España a la Alianza Atlántica no ha sido protagonista de estos encuentros

en Madrid. Como decía un alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores, «los Estados Unidos no son el

país que muestra mayor interés por la entrada de España en la OTAN. Y no lo hacen probablemente

porque saben que un interés excesivo por su parte podría herir nuestra sensibilidad». La sensibilidad

española, excitada por los acontecimientos del 23 de febrero, los «malentendidos» y las nada diplomáticas

intervenciones del embajador Todman, han sido una buena prueba para las escasas dotes diplomáticas de

Alexander Haig. Un sector de su departamento le había pronosticado que su paso por España sólo iba a

servir para aumentar la oleada de sentimientos norteamericana que él mismo contribuyó a crear.

 

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