Leve glosa sobre la derecha     
 
 Pueblo.    13/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LEVE GLOSA SOBRE LA DERECHA

Estamos asistiendo en nuestra pequeña pero creadora Europa a serias transformaciones políticas, que van

desde la transformación de las izquierdas hasta la necesaria evolución de los conservadores, empujados

por el incitante cambio sociológico de las sociedades en desarrollo de nuestro tiempo.

Mientras Giscard d´Estaing publica su obra «Democracia francesa», ensayo sobre una sociedad

posburguesa que rompa con los moldes aún parcialmente en uso del siglo XIX aqui ha nacido una

«Alianza Popular» con un programa esquemático que ha provocado entusiasmos endebles, acaso

residuales algunas veces. Estamos en una crisis del mundo conservador que necesita transformarse para

poder hacer frente con éxito a los programas más o menos unitarios de la nueva izquierda.

No se trata de mantener una tópica división de izquierdas y derechas, sino de «conseguir la expansión de

un inmenso grupo central de contornos poco definidos —acaba de escribir Giscard d´ Éstaing—, que tiene

vocación por su crecimiento numérico, excesivamente rápido, a integrar progresiva y pacíficamente a la

sociedad entera». Este sería «el gran movimiento arrollador al cual apenas pudiera llamarse partido», que

entre nosotros y al nivel de los años treinta reclamó en vano don José Ortega. Parece preciso, por una

parte, acabar «con la tristeza gris de las sociedades colectivistas», y por otra, proponer «no el liberalismo

a la antigua usanza, sino una tercera vía que concilio justicia y eficacia». En la vecina Francia el

conservadurismo posterior a De Gaulle si puede llamársele conservadurismo— consistiría precisamente

en proponer a la sociedad una opción nueva. La «sociedad liberal avanzada» sería hoy su mejor modelo.

Lo que entre nosotros ha aparecido es el programa de una "Alianza" que firman tres embajadores y tres

abogados del Estado, cuyas conclusiones no parecen tanto mirar al futuro como a conveniencias tácticas

del momento, dejando a veces atrás programas seductores, entre los cuales el "Libro blanco para la

reforma democrática" léase Fraga y su equipo— sería el mejor de ellos. Izquierdas y derechas

conservadoras inciden hoy en un «pasadismo» que consiste en ofrecer la España que fue, anclándose los

unos en 1936 y otros en cualquiera de las décadas posteriores a 1940. Una opción derechista es necesaria

en toda democracia plural, pero esa derecha o se pone a inventar o muere. La de 1874 se hizo aceptando

muchas de las conquistas revolucionarias de la Constitución de 1869, porque conservadores eran Cánovas

y Sagasta, cada uno a su manera. Hoy existe en Europa un gran centro que pasa por Adenauer y De

Gasperi en versión moderna, abarca a los nuevos y más dinámicos conservadores ingleses, en Francia

incluye, con rechinar de dientes, a Giscard, y en España continúa mucho más acá de Gil-Robles —cuyo

corazón sigue joven—, con versiones de la democracia cristiana radicalmente transformadas. Aquí y

ahora nos urge concluir con aquellos que un día definió Laín Entralgo como «tradicionales que no saben

ser actuales y progresistas que no aciertan a hacerse españoles». Ya no se llega al Poder desde los pasillos

y antecámaras que estudió Carl Schmitt, sino desde las urnas y con el pueblo. No basta un esquema de

vieja derecha, ni unos discordantes y contradictorios programas de la izquierda, sino la creación de una

ilusión nacional con raíz en el pueblo. La Corona está congregando a los españoles al futuro, para salir —

simplemente porque es preciso— del pasado inevitablemente muerto. «El hombre es un ser racionalmente

político, y no mero objeto de la política que hacen otros.» Lo dice el programa de Reforma Democrática,

y su tinta está aún fresca.

Hoy la política no se hace sólo mediante provocados silencios en un Consejo Nacional, sino buscando de

puertas afuera grandes y profundas aquiescencias en el pueblo. Hay que ir mucho más allá de lo que se ha

llamado le «parti de la peur», que invoca fantasmas de otro tiempo, para atender a las exigencias

ineludibles de la época presente. Es la opción moderada y sin excesiva carga de imposibles nostalgias la

que puede encontrar sereno eco. Un clamor surge hoy desde las regiones, reclamando de verdad lo que un

día se llamó «un Estado nuevo». Se requiere no sólo descentralización, sino auténtico regionalismo,

buceando en las ansias de una España que ha cambiado y que busca moldes nuevos. La unidad se forjó

bajo la Corona hace cerca de cinco siglos, y salió tan mal parada de los intentos centralizadores del Conde

Duque de Olivares como de la provincialización de Javier de Burgos, cuando el país se alzó —desde la

primera guerra llamada carlista— contra el centralismo del balduque sin darse jamás por vencido en su

empeño incita el centralismo supino al separatismo tribal que es otro maximalismo impropio de nuestra

época. Ante el doble desafío, preciso sería recordar el noble verso de Unamuno:

«Es Vizcaya en Castilla mi consuelo y añoro en mi Vizcaya mi Castilla.»

Donde se escribe Vizcaya podría decirse Galicia, o Navarra, o Cataluña, o Canarias, o Valencia... Está en

el regionalismo auténtico la superación de la invidencia disgregadora, que ya no nos llevaría «al

cantonalismo de los Arévacos y los Vectones» —como escribía don Marcelino—, sino a los tiempos en

que Jumilla declaraba la guerra «a la nación murciana», cuando al borde casi de la Restauración cada

provincia tenía que ser recuperada por el Ejército, expresión suprema de la unidad ahora y siempre. Todo

sano intento será bueno, "excepto romper el cántaro en el vano propósito de hacer con sus pedazos uno

nuevo. Desde la Guerra de las Comunidades, aquí los maximalismos han fracasado siempre.

Repetimos—¿pero de verdad hay que repetirlo?— que se necesita en la democracia pluralista la

existencia de una clara opción conservadora, siempre que ésta comprenda con generosidad los problemas

del presente, y no quede anclada en nostalgias irrepetibles de tiempos que fueron. Pero tal derecha o está

en la moderación posibilista, como en el pasado siglo consiguieron Narváez y O´Donnell, Cánovas y

Sagasta, o será grupo residual que capté dificilmente la afección del pueblo, sobre todo si la izquierda

sabe ser prudente y no provocar con sus «jornadas de lucha» al «partido del miedo». Hoy cuánto no se

configure tras los propósitos renovadores y actualistas de la Corona, podría ser peligrosamente infecundo.

El pueblo desea la democracia en el orden, y el neoautoritarismo de los epigonos por ahora no le tienta.

Cuando un gran centro trata de ser estimulado desde el Gobierno, el banderín de enganche de la derecha

puede decaer en tarea integrista, impropia de nuestra difícil época. Hacer una democracia frente a los

extremos, es la más tentadora de las políticas, pero también la más difícil de las tareas. ¿Seguirá Fraga en

el centre, moderando a sus nuevos compañeros de viaje de la Alianza conservadora? Importante sería para

todos, y sobre todo para Fraga mismo, que así fuese. Más allá de la moderación acecha el reaccionarismo

estéril.

Pueblo

13/X/1976

 

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