Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   El Neo-Romanticismo     
 
 ABC.    29/09/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL NEO-ROMANTICISMO

ADVERTIR sobre los riesgos del idealismo como filosofía y del Romanticismo como actitud

política no es mensaje fácil en un país quijotesco y romántico por naturaleza. Es aún más difícil y

arriesgado tratar de hacerlo llegar a la juventud, en general, y, en particular a la juventud universitaria.

Y. sin embargo, es una obligación moral el intentarlo, porque, de lo contrario, esa juventud sólo

encontrará la verdad por el más doloroso de los caminos, el del «desengaño». Esta es una palabra

española por excelencia; el Romanticismo termina siempre desengañando, y entonces vienen las

generaciones escépticas y cínicas. Sólo en el realismo es posible una ilusión verdadera y eficaz.

Se dirá por alguno: ¿dónde están ahora los románticos? Yo creo que el Romanticismo, con todas sus

quimeras y utopias, está hoy ahí. en medio de nuestra sociedad, más imponente y peligroso que nunca;

sus planteamientos no son los mismos, cambian con las épocas, pero la raíz última reverdece en cualquier

instante.

Desde mayo de 1968, una sociedad que se creía a sí misma tecnocrática y realista, descubrió que estaban

ahí todas las viejas ilusiones: la vuelta a la Naturaleza, la crítica de la civilización, el amor libre y

liberador, el anarquismo. Poetas como T. S. Eliot, novelistas como D. H. Lawrence. pensadores como

Camus, autores como Dylan Thomas habían preparado el camino. La juventud universitaria emuló en

todas partes las actitudes de la generación romántica; Rousseau volvió a reinar y Marcase fue su

inesperado profeta.

Vuelta a la Naturaleza. No se habla de otra cosa; la manía pastoril que alcanzó a María Antonieta y a sus

damas no es nada al lado del furor ecológico actual. Conste que no es malo el principio; lo que es

disparatada es su exageración y manipulación. Todos debemos defender el medio ambiente, evitar su

degradación y polución, evitar la extinción de la flora y de la fauna. Pero una cosa es hacer las cosas bien

y otra pensar que puede haber aeropuertos sin ruidos, industrias sin ningún tipo de humos, fábricas que no

ocupen espacio y fuentes de energías que no produzcan calor. El buen salvaje no necesitaba nada de esto,

pero andaba en taparrabos y no tenía aspirina ni dentista cuando le dolía una muela.

Ese naturalismo (del cual, repito, sólo se critica la exageración) implica un rechazo de la civilización. No

podemos engañarnos: el hombre se ha ido haciendo a sí mismo a lo largo de los siglos por la cultura y la

civilización. Cultura, es decir, cultivo de sus propias facultades; civilización, es decir, creación de un

medio protegido técnicamente para que en él sea posible la cultura.

Que una persona educada es superior, tiene más posibilidades y es más aceptable que una persona

ineducada, no parece que sea discutible. Sí puede decirse, y es cierto, que una persona mal educada puede

ser peor y más peligrosa que una persona ineducada. Pero cualquiera que vea los esfuerzos de una familia

por enviar a sus hijos a un buen colegio o el que contemple en zonas aisladas lo que es aún la falta de

educación y de cultura, si habla de buena fe tiene que reconocer esta verdad. No pretendo con esto

desconocer que el sistema educativo debe estar sometido a constante duda y revisión; ni que ciertas

concomitancias, burocráticas en unos casos y crematísticas en otros, no creen hoy problemas serios en

muchos países. Pero la cultura humana es buena y necesaria.

Pero no puede existir esa cultura, normalmente, fuera de un medio civilizado. Todcs hemos conocido a

pastores p o et a s, pero si Virgilio no hubiera sido protegido por Mecenas y por el propio Augusto, su

obra se hubiera quedado en el prólogo. Todos hemos aprendido filosofía de la mejor con algún guarda de

caza o un pescador furtivo, pero Platón necesitó Atenas y la Academia para producir su obra inmortal. La

ciudad, cuna de la civilización, nos da seguridades con sus muros; nos da en sus edificios donde habitar,

protegidos de la meteorología; acumula saberes en bibliotecas, archivos, museos y computadores; y, en

definitiva, nos hace así más libres y más capaces.

Es claro que hay que pagar un precio. Para vivir más años, para estar más protegidos, para disponer de la

acumulación de datos, experiencias y creaciones de toda índole, la civilización nos pide que respetemos

los pases de cebra, los discos rojos, las leyes; y, podemos aceptar que cuanto más crece la Civilización

más aumentan esas limitaciones. Podemos aceptar también que, de vez en cuando, haya que aligerarlas o

revisarlas. Saavedra Fajardo llegó a proponer que de vez en cuando se quemaran los archivos, idea en la

cual implicaba muchas cosas. Pero el actual anarquismo nihilista, que invade más zonas de las que

parecen a primera vista, es negativo y frustrador.

Uno de los mitos que reaparecen en estas crisis de civilización es el de Eros supremo y liberador. La ley

no vale, el amor nos hace libres. La ola erótica de hoy es una de las más trascendentes de la Historia,

superando a la del final del Imperio Romano, porque ha llegado acompañada del invento de

anticonceptivos eficaces y de la filosofía freudiana que la justifica. Conste que no pretendo defender el

puritanismo, otra exageración; pero es indudable que la experiencia de los siglos demuestran que las

sociedades no pueden sobrevivir sin un cierto ordenamiento de la vida sexual. Una vieja canción francesa

recuerda que «el placer de lamor sólo dura un momento y que la tristeza del amor dura toda la vida».

El neorromanticismc es, en defini t i v a. anarquismo. Su símbolo más claro son las motivaciones .v los

modos de las recientes rebeliones juveniles y, en particular, universitarias. Su culminación: los días locos

del París del mayo de 1968. Cabe explicarlas desde les supuestos meramente universitarios; del

crecimiento excesivamente rápido de los efectivos universitarios (en Francia, más de 800.000; en Italia,

más de un millón), muchos de los cuales no terminan los estudios y otros no encuentran luego un trabajo

adecuado. Pero como no se exige mucho trabajo en Universidades abiertas; como hay ciertas ventajas

(becas, seguridad social, comedores, subvenciones, etcétera) y se puede hacer un poco lo que uno quiere,

esto atrae a no pocos. La combinación de tiempo libre, ideas vagas, ilusiones amplias, energías sin

emplear y excitación por minorías subversivas bien entrenadas y financiadas, es explosiva. En fin. como

dice Raymond Aron, la participación ocasional en estas revueltas es, en muchos casos, «una especie de

rito de paso para los adolescentes; una manera de expresar, frente a los mayores, la originalidad, el querer

propio de la generación, ya sabida de la infancia y todavía no integrada en el sistema de producción».

Todo esto es verdad, pero no lo es todo. Si la rebelión anarquista y romántica de la juventud ha avanzado

tanto en sociedades que han desterrado la miseria y las formas más groseras de opresión y de injusticia, es

porque la sociedad entera estaba contagiada de la misma falta de realismo que sus juventudes. En el París

de 1968 la sociedad francesa entera se contagió durante unos días para luego volver a la realidad, es decir,

al trabajo y al orden.

No me cansaré de repetir que hoy España tiene que mirar a la realidad, a su realidad, cara a cara. No todos

saben que Carlos Marx, el creador del materialismo histórico, comenzó siendo un joven romántico, gran

admirador de Enrique Heine, alemán y judío como él. Compuso, inclusive, versos, como aquellos que

dicen:

«Quisiera conquistar el Todo Gozar los favores de los Dioses, Poseer el luminoso Saber Perderme en los

dominios del Arte...»

Nada menos. La historia del marxismo demuestra, por otra parte, que se empieza romántico, se continúa

ideólogo y se termina enviando a los campos de concentración a les que no están de acuerdo.

Permítaseme reiterar aquí el e lo g i o de Cánovas. El fue, en la política española, la negación decidida del

Romanticismo. Frente a un Castelar, y a otros muchos, buscó el realismo, lo posible, la concertación, el

turno pacífico. Dio tregua al país para reconstruirse; tampoco toleró las imposiciones de los impacientes.

Be los dos períodos isabelinos, el bueno fue el primero. Los Reyes Católicos tenían a la vez decisión y

sentido común. Ilusionaron al país con su seriedad y con su ejemplo; no con utopías. Y resultó, como

tantas veces en la Historia, que cuando se procede en serio el milagro y lo fantástico se dan por añadidura.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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