Perversión y olvido     
 
 ABC.    23/03/1961.  Página: 33-34. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

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PERVERSIÓN Y OLVIDO

La insólita reacción del Rey Hassan II en el infausto incidente del Sahara español brinda una ocasión para

examinar dos conductas - la española y la marroquí -, cuya contraposición es una fecunda lección para el

presente y para la Historia, de responsabilidad e irresponsabilidad políticas.

El enfoque que el joven Soberano ha dado a la agresión contra el territorio de un país vecino, haciendo

víctimas a pacíficos técnicos de diversas nacionalidades, es un claro ejemplo de perversión de las

tradicionales normas de convivencia que siempre, hasta la irrupción de algunos estadistas a la vida

pública, han regido en la vida internacional. En todo caso, la insolente claridad con que el Soberano

marroquí ha expuesto su postura y sus intenciones es suficientemente expresiva para saber sobre quién

recae la responsabilidad de semejantes actos. La confusión de valores morales que encierra el atribuir a

"patriotismo" el asalto armado a grupos desarmados y el olvido de, ciertas normas jurídicas, filosóficas y

políticas, impulsan a la más alta jerarquía del noble - no sería justo omitir este calificativo - pueblo

marroquí a plantear unas aspiraciones tan absurdas jurídicamente como inoportunas desde el punto de

vista político.

Para Hassan II, lo ocurrido ha sido una manifestación del ansia independentista del singular y, sin duda,

exacerbado nacionalismo de Marruecos, cuyo libertad aún no está "redondeada", porque ciertos territorios

pertenecen todavía a una potencia extranjera: España. Y, finalmente, subraya que esa dominación se

funda en un periclitado concepto del Derecho Internacional definitivamente condenado, y es, por tanto, un

anacronismo.

Bien. El Rey de Marruecos quiere poner la Historia a punto. Pero al suyo propio, a su "punto". De ahí

nacen esas intemperancias y ambiciones que - para nosotros - carecerían de importancia si no

trascendieran al fuero de nuestra dignidad nacional, a la pervivencia de la amistad con un pueblo

particularmente querido por España y por los españoles, y, finalmente, a la integridad de unos principios

de justicia que son fundamento único de la paz, en tanto que advenedizos de la política no demuestren que

el chantaje y el terrorismo constituyen su razón de ser.

Acertadamente señala la ponderada y enérgica nota del Gobierno español que Marruecos jamás ha

ejercido soberanía de ninguna clase sobre las zonas del Sahara. Es lamentable que a estas fechas haya que

recordar al desmemoriado Hassan II el texto de los acuerdos firmados por Mohamed V, su augusto padre,

cuya memoria aduce para sostener sus peregrinas pretensiones. Mohamed V reconoció la total

inexistencia de derechos, ausente de cualquier pretensión, una base jurídica o histórica viable. Y ello,

aunque nuevas corrientes, apelen a la geografía, como posible fuente de Derecho Internacional. Nosotros

quisiéramos saber qué comunidad de destino, qué vinculación, histórica, qué clase de pertenencia

encajada en los postulados tradicionales y fundamentales del Derecho, qué otros argumentes que el de la

sinrazón puede esgrimir. Marruecos para sus aspiraciones. Habría de empezar, creemos, por demostrar su

propia capacidad jurídica en la época a que retrotrae sus derechos y la ausencia de aquella situación

anárquica que justificó ante el mundo el establecimiento de un Protectorado bipartito.

La pretensión reivindicatoria sobre poblaciones desconectadas totalmente de Marruecos es tan injusta y se

plantea en términos tan violentos e intolerables, que el Gobierno español ha tenido que reiterar de modo

que el eco de su voz alcance a los más recónditos rincones de la tierra su decisión irrevocable de

responder como Rabat se merece. Sabe que también en esta ocasión España está a su lado, tanto más

cuanto que con ello defiende su propia dignidad, herida por quienes tan obligados están a respetarla.

podríamos recordar, por fin - puesto que la polémica mundial gira en torno al tema -, que la capacidad se

posee o no, pero en ningún caso se exige o se impone. Diríamos que, en realidad, se merece. Y por

caminos tortuosos, desde luego, no se consigue.

 

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