Burdas patrañas     
 
 ABC.    24/03/1961.  Página: 33-34. Páginas: 2. Párrafos: 4. 

ABC

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BURDAS PATRAÑAS

Encierran tan graves errores las declaraciones del ministro marroquí de Información, que su lectura exige

una puntualización. Y para poner las cosas en su sitio, no es preciso recurrir ni a la Historia ni a los

sentimientos. Simplemente recordar elementales principios del derecho de gentes, normas que en todos

los tiempos y en todas las tierras han regulado la convivencia entre los hombres. Rabat parece haberse

olvidado de muchas cosas. Por ejemplo, de cuál es el origen de estos supuestos "derechos" legítimos de

Marruecos sobre algunos territorios africanos» La afirmación carece de entraña - jurídica o histórica - que

la sirva de apoyo. Y revela una incomprensible omisión de los Acuerdos en vigor. Porque Marruecos, en

mayo de 1956, asumía solemnemente las obligaciones "resultantes de los Tratados internacionales

negociados por Francia" en su nombre y aquellas otras derivadas de actos internacionales a los que no

hubiera puesto reparo. Y Marruecos no opuso reparo alguno a las cláusulas del Tratado de 1912,

fundamento legal de la presencia española en el Sahara.

Tampoco hay ninguna razón de tipo histórico que expliqué la intolerable intromisión en territorio de

clarísima soberanía de España. Nunca hubo en el Sahara una presencia marroquí, ni política ni militar.

Cuanto menos real y efectiva. El Sahara permaneció siempre ajeno a las influencias del vecino Estado,

manteniendo intactas unas fronteras que no marcó la geografía, sino la historia.

Pero hay otros puntos muy chocantes en la declaración ministerial. Así, la alusión al deseo marroquí de

utilizar "la vía de la conciliación y la negociación". ¿Para qué? Nada hay que sea discutible en los

derechos legítimos de España a permanecer en el Sahara. Por otra parte, cualquier duda nacida en la

mente de los gobernantes de Rabat se habría desvanecido con sencillas, cabales y serenas explicaciones.

En los últimos años no se solicitaron aclaraciones. Quizá porque todo era demasiado claro. Pero se

recurrió a la violencia y a la agresión en Ifni, en el Cabo Bojador. Actitud incomprensible en quienes

proclaman a los cuatro vientos sus propósitos "conciliadores"; actitud comprensible en quienes, olvidados

de esos mismos propósitos, recurren a la amenaza y mixtifican los hechos y las situaciones. Según el

ministro marroquí de Información, en el gesto del Rey - no olvidemos que para "L´Aurore" Hassan II es

un notable comediante - se encierra "una advertencia, pues pudiera ser que otros acontecimientos

parecidos se produzcan sin tener el mismo fin dichoso". ¿Puede España, puede el mundo civilizado

aceptar calladamente este desafío? No, y mil veces no. Contra esta amenaza ha alzado España su mano;

previsora, que no castigadora. "España está dispuesta a continuar su política positiva de amistad con

Marruecos, pero no tolerará ningún acto de violencia, y, como ya se ha hecho saber, contestará en la

forma adecuada a las agresiones de que pueda ser objeto." A la violencia no puede responder sino la

violencia, agotados todos los recursos pacíficos, colmada hasta rebosar 1a copa de la paciencia.

Hay algo que tampoco puede pasarse por alto. Dice el ministro marroquí que los once técnicos fueron

aprehendidos en el Sahara español por habitantes de la zona. Es patraña es muy burda para que pueda ser

creída por nadie. Y han bastado las declaraciones de los propios secuestrados para demostrar hasta qué

extremos de falacia llega el Gobierno de Rabat. Ellos, mejor que nadie, saben de quién fueron rehenes. Y

ellos afirman que los captores procedían de Marruecos, viajaban a bordo de vehículos del Ejército Real y

llevaban uniformes de las "mehaznías". ¿No es bastante? Díganlo, si no, observadores imparciales de este

conflicto que no tiene otro origen qué una ambición exaltada, quizá fustigada por el ardiente sol del

desierto.

 

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