Autor: ;Verdugo, Enrique. 
   Informe del Sahara español  :   
 Villa Cisneros. 
 Pueblo.    05/07/1967.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

TICO MEDINA Y ENRIQUE VERDUGO ENVIADOS ESPECIALES

VILLA CISNEROS

Doscientos ochenta mil kilómetros cuadrados. Cerca de veintiocho mil habitantes. Al hombre del desierto

es muy difícil censarlo. El nomadeo es su vida. Hoy aquí, mañana allí. Sin embargo, algo van fijando sus

raíces. Las antiguas jamàs, de pelo de cabra y de camello, van siendo sustituidas, despacio, por algunas

casucas de latones viejos, techos levantados con bidones de gasolina, con el envés de las cajas de galletas.

Maderas viejas, y un cercado de latón para las cabras y los camellos. El poblado indígena va adquiriendo

otro perfil. Ya se le nota otro aire. En tanto llegan las nuevas edificaciones, los poblados blancos que el

Estado español va abriendo día a día estos barrios se asemejan mucho a los cinturones de las chabolas de

las grandes ciudades. No me gustan mucho, pero hay quien tiene su opinión al respecto:

—No es estético, son feas, parecen viviendas miserables de un suburbio..., pero por algo se empieza. Eso

indica que el nómada se afinca, se aquieta, deja de trasladarse.

Costará mucho tiempo hasta que el hecho, hasta ahora insólito, se consolide, se multiplique. Y luego los

barrios grandes, en el Aaiun, en Villa Cisneros, con el inmediato proyecto, casi un experimento, de que

viven dentro de la misma barriada europeos y saharuís. De hecho ya se ha conseguido y desde hace tiem-

po, con admirables resultados, la unión de los muchachos hijos de los hombres azules con los jóvenes

peninsulares, o los hijos de los primeros soldados, maestros o comerciantes de los terrenos saharianos.

El Sahara, desde el aire, es dorado, inmenso. A veces blanquea un poblado, azulean un puñado de jamás,

verdean siete palmeras del oasis. La cinta negra de la carretera de asfalto que cruza nuestra provincia es-

pañola casi de punta a punta, es una costura de la civilización sobre una de las más viejas pieles de la

tierra. Pasada la carretera de las nueve dunas, que obreros musulmanes limpian del «jable» con tractores y

palas, todos los días, afila su larga nariz el puerto pequeño del Aaiun. Pero cerca, sobre todo desde el aire,

rompe las aguas el largo aguijón de proa, del otro grande embarcadero. Aquel del que en su día saldrán

los grandes barcos del fosfato en una fecha inmediata. Desde arriba, volamos hasta Villa Cisneros, se

mueve, levantando una nube de polvo—desde el avión lo vemos—, la caravana militar que va camino de

algún sitio. Camiones grandes, de color caqui, cubiertos con anchos toldos. Llevarán, probablemente,

víveres, harina y azúcar y té, y ropas, a algún poblado del sur. Puede que a Tichala, o a Auserd, o a Bir

Ganduz. Sobre el mapa, al fondo, hay un bastión increíble. Un poblado de pescadores que viven po-

bremente, rodeados de la mar. En la cola del ancho cocodrilo saharino, hay una raya que parte las últimas

estribaciones de nuestras tierras. De un lado, Port Etienne y mauritano, aún con las últimas sombras de su

poderío francés.

Villa Cisneros empezaremos por abajo, está a dos horas de vuelo desde Las Palmas, en un «foker» de

Spantax. Vienen con nosotros algunos militares que vuelven de las largas vacaciones merecidas luego de

dos años de espera, unos negociantes saharuís —uno de ellos estuvo en la O. N. U. en los días del diálogo

político— y un par de técnicos en electricidad. Dentro de muy pocos días Villa Cisneros tendrá una

importante central eléctrica para dar y tomar. Villa Cisneros que tiene además de los mejores percebes de

la tierra, de cara a la plataforma submarina más rica del mundo, para que ustedes lo sepan, el chorro de

agua milagrosa y bendita que va a regenerar lo que hasta ahora sólo daba «una hermosa cosecha de

piedras y lagartos». «Muchos años ya esperando, no siempre íbamos a ser los que nada recibían.»

La Guerra al fondo. Hoy mismo llegará el más alto jefe del Instituto Social de la Marina. Algo hay que

hacer por estos pescadores españoles, canarios en su mayoría, que, de cara a la mar, laboran en ínfimas

condiciones de trabajo. Romeo Gorría, hace meses, en su viaje relámpago a estas costas, «se fue

vivamente impresionado». Que lo que se les prometió, se cumpla. No es esta una crónica de

alabanzas, que las habrá, sino de realidades. Muy cerca de ellos, a lo largo de estos acantilados, de estas

inmensas playas, la flota japonesa, arropada por los más fabulosos artes de pesca que se conocen —todos

los procedimientos son válidos para ellos, a la hora de recoger el pan de la mar—, alinean sus

barcos y sus hombres. También está el «Galicia», bello barco español, barco madre, que tiene bajo sus

palos el temblor de las gaitas gallegas. A su alrededor, las pequeñas falúas, los bous, los barquitos se

arremolinan. Van cargados de la «plata que se mueve». Por el solo hecho de la riqueza marina, ya sería

importante y rentable —los españoles nos ocupamos poco de los negocios, a la hora de las quijotadas—

nuestra presencia en el Sahara, amén de las razones históricas y humanas que nos mueven y

nos retienen en aquellos paralelos.

Villa Cisneros Ciudad blanca, ancha, creciente. Lisa como la palma de la mano. Se regala un horizonte

pálido, de día. Se vive una noche estrellada, fría, quieta, distinta, por la noche. Aterrizamos despacio. En

el aeropuerto esperan muchos. Vemos los primeros gorros legionarios. Amigos comunes nos abrazan de

verdad. Chilabas azules. La marcha oscura de una sotana. Un capitán castrense. Minifaldas en el Sahara.

Las hijas de los oficiales sonríen. En el bar ya se bebe el whisky, que es la bebida nacional en estas

latitudes. Estrechamos manos conocidas. El afecto es la ley de estas gentes. En el aeropuerto,

«souvenirs»: fotos de camellos, mujeres llenas de collares y platas majarreras que bailan bajo la tienda,

hombres que saltan la danza del avestruz. Maderas talladas de Nigeria, del Senegal. Hace eso que llaman

los expertos, fresquito. Los de por aquí llaman a su ciudad «villa», que ya tiene árboles, sombras verdes

bajo el sol. ¿Y mañana?

—Mañana hará viento; es probable, hacen unos días muy malos...

En cuanto el sol revienta en el cielo, calor. De noche, fresco. El salto de la temperatura es importante.

Luego se acostumbra uno. La gente recuerda el paso del ministro "el Ejército. Los legionarios saludan

elevando como un rayo la mano a la altura del botón de su gorrito en equilibrio. Patillas, barbas, estrellas

al pecho.

Las maletas. Siguen las manos extendidas. ¡Qué lelos, Dios mío, y qué cerca que estamos los españoles

de la Península de todo esto!

-Mañana podrá usted asistir, si quiere, a una operación de estómago. Es un sargento legionario que viene

del interior. Han salido por él esta tarde.

—Bajo una tienda, claro... siempre será pintoresco, aunque ronde la muerte...

—¿Bajo una tienda? No. En el quirófano. Villa Cisneros tiene su hospital. Le invitamos a verlo.

Y a la otra mañana me he colocado una bata blanca. Es la primera vez que he visto abrir a un hombre. El

sargento legionario ha entrado por su pie hasta la fría mesa de operaciones. Le rodean cuatro cirujanos

muy jóvenes. El anestesista bombea el balón dramático, prepara las inyecciones. Entra y sale una monjita

que me parece vasca. Huele a éter. El legionario tiene un tatuaje en el revés del brazo, donde le colocan

las gomas que han de llenar los ríos de sangre de sus venas. Me mira con cierto estupor. «¿Qué hará este

hombre aquí?» El bisturí, cuando se duerme el sargento legionario, rasga la piel. Zumba la sangre. Se

derrama por el bajo cielo de los algodones. Nadie habla. «Las pinzas.» El sargento legionario es de la

provincia de Ciudad Real. Es manchego. Le van a quitar medio estómago. Estaba hasta. las narices de

tomar bicarbonato a pala. Es muy joven, pero lleva media vida en estas tierras, bajo los banderines del

Tercio. Antes de dormirse de apretar los ojos fuertemente bajo el palio de la anestesia, me diría despacio,

apretando los dientes:

—De aquí no me voy, aunque me echen. ¿No ha visto usted que esta tierra se parece a la Mancha?

Y yo le he dicho, abrochándome el alto cuello de samovar de la bata:

—Sí, si. Hay muchos quijotes..., y me da el aire que algún sancho...

(Continuará.)

 

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