Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   Versatilidad     
 
 ABC.    13/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

VERSATILIDAD

LA versatilidad psicológica de I a s multitudes es un hecho de antecedentes milenarios que se

manifiesta incluso en el más arraigado nivel de convicción: el religioso. La conversión de

Hammurabi impuso el culto a Marduk; la de Amenofis IV, el monoteísmo solar; la del

emperador Wuti, el confucionismo; las de Constantino y Recaredo, el catolicismo; la de los

príncipes firmantes de la «Confessio augustana» y de la Liga de Smalkalda, el protestantismo;

la de Enrique VIII, el anglicanismo, etcétera. En muy varias latitudes y épocas un acto soberano

de fe arrastró las conciencias de pueblos enteros. En la Europa de la Reforma llegó a decirse

«cuius regio eius religio», o sea, que las naciones siguen las creencias de quienes las

gobiernan.

Con mayor motivo esta dependencia se extiende a las ideologías políticas, por naturaleza

menos radicales que los credos teológicos. En dos ocasiones de mi vida he asistido, desde

dentro, a espectaculares procesos de colectiva transmutación. Uno fue en la Alemania de la

última posguerra. En el Este y en el Oeste millones de ex hitlerianos no sólo abominaban del

nacionalismo, sino que incluso se fabricaban méritos de nazi-resistentes. En dos años de

fecundo peregrinaje por la Universidad germana sólo hallé una gran excepción intelectual: la de

Cari Schmitt, quien, afrontando la proscripción, continuaba solidario de su pasado. Aunque

siempre he estado lejos de sus tesis decisionistas, aquella fidelidad, en medio de la general

desbandada, me impresionó como testimonio de coherencia lógica y de dignidad moral.

Los alemanes conversos que se creían obligados a das razones aducían las dos que siempre

se han esgrimido en tales casos: unos habían sido forzados por el terror, otros habían llegado a

la conclusión de que estaban equivocados. Desgraciadamente, no a escala individual, pero sí a

escala nacional, un dato inmenso ponía en parcial entredicho las dos justificaciones: la ética de

la coación y la dialéctica del convencimiento. Y ese dato es que en las zonas de ocupación

aliada las gentes habían pasado del nazismo al demoliberalismo, mientras que en la zona

soviética el tránsito mental del mismo pueblo e incluso de miembros de idéntica familia había

sido del nazismo al leninismo. Una vez más, en la Historia, el soberano había definido la verdad

política dentro de su territorio, aunque ahora el proceso se denominase reeducación y tuviera

un origen exógeno. Esta magna experiencia parece robustecer los viejos postulados

renacentistas de que la lengua sigue al imperio y los dogmas a los príncipes.

La segunda ocasión ha sido la España actual. Un día los protagonistas autóctonos del giro

señalaron un rumbo y, pronto, muchos que habían asumido altas responsabilidades en el

Estado del 18 de Julio se presentaron como víctimas de la dictadura: quienes no habían

cesado de criticar la democracia inorgánica se declararon demoliberales de toda la vida; los

que habían batido marcas de adulación a Franco le condenaron, por lo menos, al silencio; los

que perseguían a los monárquicos se convirtieron en sostenes de la Corona; y antiguos

practicantes de las liturgias totalitarias excomulgaban por fascista al adversario y con mayor

celo si había sido testigo de su transfiguración. Algunos recientes libros de presunta historia

próxima recuerdan aquella sistemática falsificación o aniquilación del pasado que denunciaba

Orwell en su escalofriante narración adivinatoria. Y, como es habitual, las mayorías siguieron a

las minorías.

Sin salirnos de nuestro tiempo otros han podido vivir experiencias análogas: la súbita

volatilización ideológica de la España de Primo de Rivera, la Austria de Dollfuss, la U. R. S. S.

de Stalin, la Argentina de Perón o el Portugal de Salazar. Pero el récord contemporáneo lo bate

aquel país que se acostó monárquico y se levantó republicano, según la suprema sentencia de

su propio presidente del Gobierno.

Nada de esto significa demérito para las masas, que no son susceptibles de juicios éticos, sino

de análisis empíricos. Es un dato que la posición ideológica de las muchedumbres depende de

unos pocos, sobre todo de los que están en el poder. Sobre ellos recae la sentencia de la

Historia. Y la ley «elitista» se cumple también en los casos de Ja resistencia pasiva y de la

activa o revolucionaria: el motor de la oposición, lomismo que el de la entrega, es una

oligarquía. La demagogia dirá siempre que la voz del pueblo es la voz de Dios; pero la

sociología revela implacablemente que las multitudes son intelectual y volitivamente tributarias

de las «élites». Las posiciones ideológicas del hombre masa ni son rigurosamente racionales,

ni son profundas, ni son auténticas: lo genuino en él son los intereses. Aquel que se superpone

al lavado de cerebro y a la alienación en la moda y en el mercado ya no es un hombre masa. El

pragmatismo vital y la docilidad intelectual de las multitudes las hace ideológicamente

inconstantes, tanto más en unos momentos en que la aceleración de la Historia y el desarrollo

de los medios de comunicación tienden a aumentar el ritmo y la intensidad de los pendulazos

creenciales. Esta progresiva fluidez es otro de los síntomas del ideologismo crepuscular que

caracteriza a las sociedades modernas; y esta hegemonía de la propaganda es la objeción más

difícilmente rebatible que se ha dirigido contra la utopia del buen Rousseau. No procede, pues,

acusar a los regímenes caídos de que las adhesiones masivas no eran tan verdaderas como

parecían, porque lo mismo podrá decirse de las actuales. Todo lo tornadizo es efímero.

La masa, en su apostasia o en su conversión, es fiel reflejo de unas minorías que son las

responsables. Hay, en primer lugar, las minorías políticas doctrinarias que creen lo que afirman,

que evolucionan de modo homogéneo y que aspiran a realizar un programa riguroso: las

marxistas y las tradicionalistas son hoy casi los únicos ejemplos de cierta entidad. Cuando

están en el Poder representan la consecuencia y la permanencia; y cuando están en la

oposición representan la irreductibilidad y el cambio. Hay, en segundo iugar, las «élites»

oportunistas, que aspiran al mando por el mando, que rehuyen el riesgo y que adoptan las

posiciones que en cada coyuntura consideran con más posibilidades de triunfar o de premiar la

adhesión. Este practicismo, acobardado y teóricamente vacío, se ha adueñado de una gran

parte de, la clase política occidental y es uno de los síntomas más claros de la crisis intelectual

y moral de nuestra cultura. Una «élite» sin coraje y sin ideas está mentalmente masificada, no

conserva de aristocracia más que la jerarquía física; pero le falta el más noble elemento, que es

una filosofía. De ahí su versatilidad, su fragilidad y su ineficacia.

Mi preocupación nacional y europea arranca del hecho de que entre las «élites» que hoy

comparten el poder político son las marxistas las que tienen más convicción. Y el marxismo me

parece falso como interpretación del mundo y fracasado como técnica para garantizar el

bienestar y promover los valores. La salvación de la concepción humanista requeriría que los

interlocutores del marxismo no fueran los escépticos y oportunistas, sino los creyentes y

valerosos. Porque mientras aquéllos están de antemano derrotados, éstos podrían vencer.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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