Autor: Marsal, Juan F.. 
   La batalla de Chile y la nuestra     
 
 Diario de Barcelona.    07/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

DIARIO DE BARCELONA VIERNES T DE OCTUBREDE1977

Opinión

La batalla de Chile y la nuestra

Juan F. Marsal

No me gusta escribir, ni mucho menos leer, sobre países lejanos sin vincular sus peripecias a lo nuestro.

Sean Chile o la Conchinchina. Lo de que "la historia nunca se repite" sirve para amparar tanto al más

obtuso localismo como al internacionalismo provinciano y erudito; tan ornamental e inútil como los

museos burgueses. Si no es la manera de eludir todo compromiso ron el país en que se vive. Precisamente

uno de los grandes científicos sociales de nuestro siglo, el alemán Max Weber que hizo el intento

gigantesco de en una sola obra individual abarcar el estudio de las religiones orientales, la sociedad

americana o el judaismo acababa siempre su jornada intelecual conectando realidades tan aparentemente

distintas con las preocupaciones de su Alemania cotidiana.

El 11 de septiembre es no sólo la conmemoración de la perdida de la autonomía catalana sino también el

día más triste de Chile. El asesinato del régimen de Allende y de su presidente, único experimento de

transición pacífica al socialismo ensayado en occidente, puede ser contemplado visualmente en el

documental extraordinario que se proyecta ahora en Barcelonta (Y el que por cierto, sólo van a ser los que

ya van a misa). Yo que viví muy de cerca la experiencia chilena he podido mediante él renovar

emociones. Pero también sacar consecuencias para nosotros ahora y sobre la situación española actual.

Que no se diga que el experimento español da paso a la democracia es único porque esa también se decía

del paso al socialismo de la democracia chilena que nunca terminó. De experiencias inacabadas está

empedrado el cementerio de la historia. El lema del pueblo unido jamás será vencido puede emocionarnos

hasta el tuétano pero lo cierto es que es falsa de solemnidad.

Porque todo el pueblo no está casi nunca unido y porque en el mundo tecnológico del siglo XX es

imposible vencer el monopolio estatal de la fuerza salvo en el caso de que ésta se halle ya en un proceso

de descomposición avanzada. Léase si no cuidadosamente la historia del asalto al palacio de invierno, la

del ejército batistiano o la patética del Che Guevara en Bolivia. aun así el ensueño ochocentista de las

barricadas sigue obnubilando a nuestros bien intencionados revolucionarios pero malos lectores.

Políticamente las expectativas desmesuradas son los cómplices ideales de quienes quieren malarias. Le

pasó al Chile de Allende y le está pasando ahora al Gobierno Suárez y nos puede pasar en Cataluña si

prosperase una ideología de la reinstauración de la Generalidad como instantánea panacea, como el

«santo advenimiento». (Felizmente, creo, las diáfanas pugnas políticas respecto a este esperado

acontecimiento y el endémico pesimismo catalán han barrido ya los velos ideológicos de una

reinstauración que es a la vez histórica y difícil). Las expectativas políticas de un momento histórico se

miden contra el pasado de un país y contra sus posibilidades futuras. Por de pronto hay que reconocer que

el trasfondo de nuestro pasado nos es muy desfavorable en comparación con Chile. Aquí no hay

tradiciones constitucionales que torcer. Sólo intentos bien intencionados en ambos sentidos. Sólo el

marco, Europa, nos resulta favorable en el balance.

La fiscalización del futuro por parte de nuestras gentes mucho me temo que ande también desmesurada,

por la propaganda, la ignorancia y los 40 años de "paz". El régimen político democrático, al estilo

occidental no puede resolver mágicamente problemas económicos que en lo fundamental están causados

por nuestra ubicación en la periferia del mundo capitalista, ni la masificación de la universidad

mediterránea, ni el autoritarismo de la familia, ni el incremento (?) de las violaciones femeninas ni la

comercialización de, la pornografía al amparo de la libertad de prensa, la democracia parlamentaria sólo

puede hacer transparente esos fenómenos, sacarlos a la vista y el Gobierno por una clase política experta

y renovada -que no tenemos, puede gestionar esos y otros muchos problemas can el menos daño para las

partes metidas en ellos, nuestra incipiente democracia política emerge, dentro del marco de la sociedad

capitalista, donde el éxito monetario y el consumo ostentoso son valorados como los bienes supremos,

que tienen como inevitable complemento aquí y en todas partes - se publiquen o no las estadísticas la

desigualdad, la pobreza v la criminalidad, cuyos efectos sólo se pueden paliar o aminorar. Si no, hay que

cambiar de sociedad no de régimen político. Y eso sólo se hace por la fuerza con una probabilidad de uno

a mil. Eso es así independientemente de lo que espere o piense la gente. Pero como está escrito en un

viejo teorema sociológico; si los hombres definen una situación como real, sus consecuencias son reales.

La distancia entre lo ideal y lo real espontánea o fomentada son la quiebra de cualquier régimen político.

No vamos a ser nosotros distintos.

El síntoma más alarmante de la rápida decadencia de nuestro magro experimento democrático es el

deterioro del orden público. Y uno no sabe de que acongojarse más si de la incapacidad de los organismos

del Estado en esta materia -preparados como estaban para otras situaciones- o de la falla de autocrítica,

y de control de la oposición de izquierda sobre los suyos. La hostilización del orden público de que somos

objeto en forma abrumadora, particularmente en Barcelonta, la caótica presentación de todo género de no

lo dudo legitima reivindicaciones al mismo tiempo, y el desplazamiento de las mismas contra quienes no

las causan,. sean habitantes de las Ramblas, conductores de autopistas o usuarios de autobuses y aviones,

no puede llevar a otra cosa que al clamor cada vez más oible de una cada vez mayor parte del pueblo por

«law and order», al precio político que sea. La extensión de este clamor hasta los estratos más modestos

de nues tras clases medias y aun parte de la clase obrera es un caldo indispensable para el golpismo. Lo

fue en Chile y pasó así también en los estratos negros -los más oprimidos de los Estados Unidos en los

años sesenta.

No basta con denunciar a los agentes fascistas, ni atribuirlos a los «conocidos de siempre» ni a los bordes

incontrolados de algunos movimientos. Si unos y otros -Gobierno y oposición- no ponen pronto

remedio a esto, la constitución, la autonomía, la libertad de prensa, etc., etc., pueden terminar su

experimento apenas nacidos. Como tantos otros.

 

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