Autor: García, P. Félix. 
   Y del comunismo ¿qué?     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 9. 

DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACIÓN G E N E R A L

ABC

FUNDADO EN 1906 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

Y DEL COMUNISMO, ¿QUE?

QUE es inútil pretender esquivar ni eludir el problema de su peligrosidad y de su presencia amenazadora

de alud o de aluvión revuelto y agresivo. El comunismo no cesa; es implacablemente tenaz y sinuoso. O

descarado, si le conviene. Trabaja a marchas forzadas, sin perder tiempo, de sol a sol y bajo la

complicidad de la noche. Y opera sin cansancio, con equipos cerrados y fanáticos. Por eso prolifera como

la grama enemiga o el cardo vicioso, que encuentra campo propicio en este mundo confuso y

desarticulado.

Pero no olvidemos que el comunismo, más que por su propia virtud, se afirma y ramifica a favor de las

torpezas e infidelidades, de las disensiones y acritudes de quienes debieran vivir vinculados por un mismo

principio de unidad y un destino común de salvación, quemando, si es preciso, todas las naves de la

discrepancia y de las diferencias de criterio o de matiz, cabalmente cuando urge "salvar, lo principal", que

es lo que importa. El comunismo prospera más por lo que se le da hecho que por lo que consigue con su

propia industria; más por las bazas y partidas que le dan ganadas que por las que él consigue con su mano

tosca y brutal. Porque al comunismo, con el que no caben componendas, va a desembocar la riada de

odios y resentimientos oscuros, de ambiciones y despechos supurados, de iras y rencores contenidos de

quienes buscan el desquite de fracasos e insatisfacciones no esperadas.

Al comunismo lo conglutina y consolida el odio "contra algo", la solidaridad del mal, que es más fuerte, a

juzgar por lo que estamos viendo en el orden de la política humana, que la solidaridad del bien. El

comunismo tiene, es cierto, su táctica y sus maniobras; pero se le ve el juego. De lo que más se beneficia

es de las torpezas, de las concesiones, de la deserción y de la frivolidad de los pueblos que se consideran

como adelantados de la justicia, de la paz y del orden, nada menos. Y de las inconsecuencias inauditas de

este Occidente, obtuso y malparado, y de otras potencias que lo fiaron todo a la taumaturgia del dinero,

que cuentan, para su bochorno sin escarmiento, con las efemérides de Yalta, de Postdam, de Suez, de

Munich, del "Santa María", del Congo, es decir, de una serie de retrocesos en cadena, que constituyen los

mejores éxitos de la milicianada en acecho. Mientras tanto, el Occidente, alegre y confiado, se bandea

entre inconsecuencias cristianas y coqueteos revolucionarios; se satura de caviar y de whisky, afloja el

cinturón de su virilidad y anda como anestesiado con los ritmos rotos, y las guturalizaciones híbridas de la

música negroide y de mimetismos selváticos.

La táctica del comunismo, bien comprobada, es maniobrar con la confusión y la Sorpresa. Y con la

audacia y el golpe de mano, mientras que los que se autodenominan "gentes de orden" demuestran su

incapacidad de entenderse y pasan los días en estériles lamentaciones, a la espera de la posible tormenta

que se avecina, o pensando con euforia, entre chiste y juerga, entre chismes y malos augurios, "que no va

a pasar nada", porque "los rusos no se entienden con los chinos". Y mientras tanto, este pobre Occidente

narcotizado se divierte y navega con mal rumbo entre Escila y Caribdis, entre comunistas que viven como

potentados y gentes bien halladas que piensan como soviéticos.

El comunismo sabe lo que quiere y a dónde van sus designios, unas veces simulados y otras veces

cínicos. Maneja bien la mentira y el odio, la violencia y el disimulo. Cuenta para sus maniobras y enredos

de penetración y de captación con unos medios publicitarios y de acción directa ciertamente insólitos y

tenaces; pero cuenta mucho más con la colaboración fanática de los que "se apuntan" y "se pasan", porque

el comunismo "promete", y con la incurable miopía de no pocas gentes, mal llamadas de orden, echadas a

reñir entre sí, perdidas en pequeños rencores, dadas a soluciones cómodas y a modorras reincidentes.

El comunismo, que comenzó con la pretensión de ser una mística revolucionaria, con su teoría

redencionista, con su anulación utópica de clases y estamentos, con reparto de bienes terrenales, con la

implantación de una justicia universal basada en una inmensa injusticia, y con la distribución rousoniana

de una parcela de felicidad para todos sus agremiados y prosélitos, no es en definitiva más que una

desesperada y pertinaz agresión contra el orden de lo divino, porque "Dios estorba"; no es más que una

oligarquía descarada, que negocia y especula con el hambre y el descontentó de pueblos, víctimas de un

espantoso fraude; no es más que un atroz totalitarismo, o quién sabe si no es el cautiverio universal—

como presagiaba Donoso Cortés—que Dios tiene preparado contra la universal podredumbre y las

infidelidades del Occidente cristiano a su historia.

En realidad, hoy no quedan frente a frente más que Cristianismo y comunismo. "El comunismo no se

opene al Cristianismo sobre tal o cual punto—dice Mauriac—; son irreductibles entre sí; o primero

se funda sobre las ruinas del segundo. El comunismo sólo puede establecerse en una Humanidad sin

Dios." "El comunismo—declaró Pío XI—es por naturaleza antirreligioso, y considera la religión como

opio del pueblo, porque los principios religiosos, que hablan de la vida del más allá, desvían al

proletariado del esfuerzo debido para realizar el paraíso soviético, que es de esta tierra." No cabe, pues,

nadar entre dos aguas. Encender una vela a Dios y otra al diablo es un arte viejo, en el que sale siempre

ganando el diablo. No caben las posiciones intermedias, las actitudes pánfilas, que sólo servirán para

reforzar las insolencias de un enemigo que no cede, que confía, más que en su propia fuerza, en la falta de

cohesión, y de sentido de quienes no supieron a tiempo defender, sus razones y los motivos de su

existencia."El comunismo es intrínsecamente perverso — dice Pío XI —, y no se puede admitir en

ningún campo la colaboración con él de parte de quienes quieren salvar la civilización cristiana. Y si

algunos, inducidos a error, cooperan a la victoria del comunismo en su país, serán las primeras víctimas

de su error."

No caben posiciones ambiguas ni voces de sirenas. El comunismo, sin renunciar a sus principios, invita a

los católicos a colaborar con ellos en el campo llamado humanitario y cultural, proponiendo

capciosamente fórmulas que parecen conformes con el espíritu cristiano. A veces llega su hipocresía a

hacer creer que el comunismo, en países de mayor fe y cultura, adoptará una actitud de transigencia y no

impedirá el culto religioso ni la libertad de conciencia. Es más; no faltan optimistas que quieren apreciar

síntomas de que el comunismo va abandonando su programa de lucha contra Dios. ¡Ya es candidez!

Ante el comunismo—repitámoslo—no cabe una actitud de transigencia ni caben juegos ni cegueras. Y las

iras mal empleadas y los despechos mal alimentados, ante un enemigo que no cesa, hay que relegarlos,

para no dar en bizantineos estériles y lamentaciones tardías.

P. Félix GARCÍA

 

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