Autor: Maravall Gómez-Allende, Héctor. 
   No dejaremos de ser comunistas     
 
 El País.    17/02/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

POLÍTICA

EL PAÍS, miércoles 17 de febrero de 1982

TRIBUNA LIBRE

"No dejaremos de ser comunistas"

HÉCTOR MARAVALL

Ante las críticas que ha recibido la línea que mantiene la dirección del PCE, Héctor

Maravall afirma: "Los comunistas, que hemos contribuido con todas nuestras fuerzas a

la lucha por la libertad y el progreso, debemos ya desprendernos del síndrome de ´la

prueba de fuego democrática´ y no aceptar esas demandas de ´pureza democrática´ que

nos exigen incluso desde la izquierda, en curiosa coincidencia con los sectores más

reaccionarios".

Con motivo del golpe militar en Polonia, la toma de postura nítida del PCE está dando

lugar a significativos debates dentro y fuera del partido.

Hay quienes consideran que se ha llegado a una situación de enfrentamiento intolerable,

prácticamente de ruptura, con el PCUS, con el bloque soviético, con la tradición

comunista; y los que, por su parte, consideran tibia o insuficiente la reacción.

Los primeros, ante lo que califican como irreversible socialdemocratización del PCE (y

del PSUC), encuentran aquí el pretexto para construir un partido dogmático, con una

estrategia diferente y en dependencia con el PCUS, proyecto que, si bien cristaliza en

estas semanas, viene siendo gestado desde tiempo atrás; los segundos exigen una

ruptura total con el PCUS, con los partidos del bloque soviético, declaraciones tajantes

de que esas sociedades no son socialistas, etcétera, y aprovechan para presentar al PCE

ante la opinión pública como un partido no suficientemente decantado por el socialismo

en libertad, e incluso con contradicciones entre sus declaraciones y su práctica interna.

Los comunistas, que hemos contribuido con todas nuestras fuerzas a la lucha por la

libertad y el progreso, debemos ya desprendernos del síndrome "de la prueba de fuego

democrática", no aceptar esas demandas de "pureza democrática" que nos exigen

incluso desde la izquierda, en curiosa coincidencia con los sectores más reaccionarios.

Y en este sentido, resultaría chocante para unos, y oportunista para otros, que el PCE

rompiera todo tipo de relaciones con el PCUS o con los partidos del bloque soviético (lo

que llevaría aparejadas otras rupturas con otros partidos comunistas de países

capitalistas), cuando, por ejemplo, nadie plantea la ruptura de las relaciones existentes, y

no especialmente tensas, entre el PSOE y el PCUS.

Pero vayamos al fondo de la cuestión. La posición aprobada por el Comité Central del

PCE el 9 de enero de 1982 deslinda dos aspectos de forma clara: lo que es una

declaración política inequívoca sobre el golpe polaco, de un contenido en sí similar a la

resolución votada por el Congreso de los Diputados, aunque nosotros la enmarcamos en

un contexto internacional del que no se pueden desligar Turquía, El Salvador o

Guatemala; y lo que es un avance en el análisis de las sociedades del bloque soviético.

En ese segundo aspecto de análisis podemos distinguir, a su vez, dos niveles, en primer

lugar, una definición de principios tajante: esas sociedades, en cualquier caso, ni nos

identificamos con ellas ni son el modelo por el que estamos luchando los comunistas en

España.

El otro nivel es una seria profundización en los análisis que se iniciaron ya en nuestro

partido, en 1956, sobre el carácter de las sociedades del bloque soviético.

Y antes que nada resulta imprescindible hacer un llamamiento al rigor teórico: ya desde

1918, en las filas del marxismo revolucionario se inicia un debate sobre la revolución

rusa, sobre la construcción del socialismo en la URSS y, posteriormente, sobre el tipo

de sociedades existentes no sólo en este país, sino también en China y Cuba y, en

general, en el bloque soviético.

Desde Rosa Luxemburgo hasta Trotski, pasando por Gramsci y Luckas en los años

veinte, hasta nuestros días, con nombres como Bettelheim, Mandel, Shaff, A. Heller,

Gunder Frank, Ellenstein, Colletti, Arrighi, Bahro, Marcuse, etcétera, y la disparidad de

valoraciones va, por decirlo esquemáticamente, desde quienes niegan el carácter

socialista de estas sociedades, a quienes lo reconocen, aunque con aspectos degenerados

en el terreno político; desde los que hablan de unas nuevas clases dominantes hasta los

que plantean la usurpación del poder político por núcleos de la alta burocracia del

partido que pueden ser desplazados por los efectos de una revolución política; los que

consideran que estamos ante unas sociedades en transición al socialismo condicionadas

por el carácter atrasado de las sociedades en que se produjo la revolución (Rusia,

China), a los que han acuñado nuevos conceptos, como capitalismo de Estado, etcétera.

En este contexto de debates y polémicas, las posiciones de un órgano de dirección

política deben ser rigurosas políticamente y deben contribuir al debate teórico en las

filas del marxismo, pero seria poco adecuado plantear que dijeran la última palabra ex

cátedra al respecto.

A mi manera de ver, los órganos de dirección de un partido comunista son algo muy

distinto a una revista teórica o a un grupo de pensadores o investigadores sociales, cuyo

trabajo tiene diferente proyección ante la sociedad.

Un órgano de dirección política, en sus análisis, debe dirigir a sus militantes, y

presentarse ante sus electores y simpatizantes, al conjunto de los trabajadores, a la

opinión pública, con resoluciones, en especial las que pueden tener importante

trascendencia, que sean coherentes, que vayan a la raíz de los problemas, que eviten

caer en concesiones a la galería; deben ser un instrumento que contribuya a la

clarificación. En definitiva, eludir polémicas sobre lo secundario y entrar en lo esencial.

Sin embargo, la resolución del PCE no escurre el bulto, y aquí sí hay un avance

sustancial con los posicionamientos en 1968 (Checoslovaquia) y 1979 (Afganistán). En

aquellos momentos, el PCE se centró básicamente en posicionamientos políticos de

condena y animaba al debate de los teóricos marxistas, o de los militantes que a título

personal quisieran hacerlo, entrar en el tema de fondo del carácter de estas sociedades.

Hoy, por el contrario, estamos entrando en la raíz: hay al menos tres epígrafes en la

resolución de 9 de enero de 1982 ("degeneración de un modelo de socialismo", "una

nueva etapa", "nuestra concepción del partido"), que, si bien apuntaban en las tesis del

IX y X congresos, suponen una profundización sustancial, y sobre estas cuestiones se

está abriendo un debate en el conjunto del partido, y que no puede darse por concluido a

la vuelta de unas semanas. Porque, en definitiva, este debate incide en la construcción

de la vía democrática al socialismo y supone un intento de desarrollo de la obra de

Marx, de las formas de transición de un sistema de producción a otro, y esto en el

"fragor de la batalla" (y al respecto, no conviene olvidar que aun hoy día hay serios

debates sobre el paso del feudalismo al capitalismo, sobre el carácter del modo de

producción asiático, etcétera).

El octubre de 1917

Por último, entre los requerimientos que se nos hacen a los partidos eurocomunistas es

que rompamos, por decirlo de alguna forma, con octubre de 1917, propuesta que

significa romper con el origen y papel de los partidos comunistas, reconocer como un

error la ruptura de 1921 entre comunistas y socialistas, y en esta dirección va la singular

oferta de B. Craxi al PCI de que ingrese en la II Internacional.

Cuando nosotros decimos que la Revolución de Octubre ha abierto un período histórico

en la, emancipación de la humanidad (como en otro sentido lo fue la Revolución

Francesa) estamos hablando de la revolución rusa como el primer eslabón histórico en

la lucha por el socialismo, y también nos estamos refiriendo a la revolución china, a los

movimientos de liberación nacional en los países del Tercer Mundo (desde la guerrilla

de Castro hasta el FLN argelino, pasando por el proyecto de socialismo democrático de

Mugabe en Zimbabue), las grandes luchas obreras de mayo de 1968 y otoño de 1969, o

las luchas de liberación contra las dictaduras en Latinoamérica, y también de la historia

de luchas heroicas de los trabajadores españoles.

Nosotros no podemos ni queremos renunciar a sentirnos parte integrante de las luchas

de emancipación social, desarrolladas a menudo en condiciones dramáticas, como

también valoramos la contribución de los compañeros socialistas —¡cómo vamos a

negar a S. Allende, a Prieto o a Largo Caballero!— a la solidaridad de sindicatos y

partidos socialistas europeos con las luchas de los trabajadores españoles, los

importantes avances sociales de los Gobiernos socialdemócratas o el papel histórico de

W. Brandt encabezando la ostpolitik.

Nosotros queremos superar los efectos de la ruptura de 1921, pero no en base a negar

nuestra identidad, sino en asumirla críticamente y en potenciarla adecuándola a las

tareas de nuestro tiempo, como también deberán hacerlo los socialistas. Nosotros, en

palabras de Berlinguer, "no dejaremos nunca de ser comunistas", y vamos a defender

firmemente la indisolubilidad entre democracia y socialismo.

 

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