Autor: Lovelace, Ricardo. 
   Contraddiciones comunistas     
 
 Diario 16.    12/01/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

RICARDO LOVELACE

Profesor de Estructura Económica de la Universidad Autónoma de Madrid

Contradicciones comunistas

«Los resultados del congreso del PSUC expresan un conjunto de contradicciones en las que ha venido

instalándose la política del Partido Comunista: la dinámica de un mundo en crisis, una transición en buena

parte inesperada para los comunistas, la propia confusión ideológica, han hecho que las tenues costuras de

un traje tan tenso se descompongan. Esto es el principio: falta por ver el nuevo traje resultante.»

«Muchos eurocomunistas, como Santiago Carrillo, lo son al tiempo que permanecen apegados a líneas

esenciales del estalinismo.»

La primera contradicción se plantea entre la búsqueda de un socialismo en libertad y la valoración

equívoca de los países llamados socialistas. Desde hace años, sobre todo a partir de 1968, muchos entre

los comunistas españoles habían vislumbrado —vislumbrábamos— la falta de democracia real y formal

que se daba en esos países; la abismal diferencia entre lo que se decía, propagaba y la realidad; en fin, la

carencia en esos regímenes de las características básicas que debían adornar lo que desde estas posiciones

se entendía por socialismo.

Sin embargo, esta visión no ha servido para romper consecuentemente con la realidad de esos países. Las

medias tintas, el compromiso y el equívoco han sido la norma. A una postura clarificadora se oponía el

propio pasado de muchos dirigentes comunistas, la posición en precario del partido en España, el apego a

la vieja ortodoxia de muchos de sus militantes y simpatizantes.

El baluarte de Moscú

Pues bien, cuando las dificultades del presente siembran la duda sobre lo que a duras penas estaba sólo en

embrión, instintivamente se vuelve la cabeza al punto que parece más firme, el baluarte desde el que

atrincherarse: Moscú.

Es curiosa, a la vez que cargada de una cierta lógica, esta vuelta a Canosa: curiosa porque a la altura que

estamos del siglo XX debería ser elemental la afirmación de que los llamados países socialistas no sólo no

son un baluarte del socialismo sino que constituyen uno de sus obstáculos más formidables (me refiero,

claro esté, a sus aparatos políticos dominantes).

Y si, definitivamente, aparece identificado el término comunismo con esas lúgubres (o faraónicas o

medievoteocráticas) realidades del Este, muchos tendrán —tendremos— que considerar la cesión del

nombre con ánimo de defender un modelo socialista cuyo contenido democrático sea inequívoco (sin

democracia no puede haber socialismo).

Apegados al estalinismo

La lógica, por otra parte, de ese viraje está anclada en la incoherencia y superficialidad de los análisis que

desde las posiciones «euros» se han hecho del fenómeno degenerativo de la revolución rusa y de las

sociedades del Este. Eurocomunismo con estalinismo es igual a estalinismo: es una lección de la hora

presente.

Además, muchos eurocomunistas (como Santiago Carrillo y otros dirigentes del PCE y PSUC) lo son al

tiempo que desde el punto de vista organizativo permanecen apegados a líneas esenciales del estalinismo.

Efectivamente, la postura férrea de S. Carrillo de mantener en puestos clave de la organización a

criptoestalinistas; de no renovar el aparato salvo en casos de discrepancia (aquí si, por cierto); de

desconfianza hacia los sectores más jóvenes o de los intelectuales calificados frecuentemente de «picos de

oro», etcétera, conduce a la larga necesariamente a unos lodos que pueden tragar no sólo a los

inconformistas de siempre sino... al propio Carrillo y su equipo.

Conviene subrayar este aspecto, porque ante los resultados del V Congreso del PSUC, Carrillo y, parte

del equipo dirigente actual, en el PCE van a tratar de hacer una piña en torno suyo para resistir la ola pro

soviética, y de paso eludir otras confrontaciones larvadas en donde su responsabilidad pudiera quedar de

manifiesto: no sería la primera vez que de un revés se factura un cierto éxito, estando la habilidad del

secretario del PCE en este sentido fuera de toda duda.

Sería un error caer en esa trampa, presumible ya en las primeras declaraciones públicas de dirigentes del

PCE incondicionales a Carrillo: la fuerza de los «moscovitas» es debida en buena parte al estalinismo

residual del equipo dirigente del PCE, y sin solucionar esto todas las batallas contra los primeros o serán

de artificio o serán perdidas.

A este respecto resulta aleccionador el examen de la evolución de la llamada tendencia «bandera blanca»

del PSUC: su apoyo a Carrillo sólo ha conducido a debilitarla ante los ojos de unas bases laboriosamente

trabajadas por los pro soviéticos, y Carrillo ha sacrificado a sus aliados catalanes siempre que lo ha

necesitado para entenderse con el viejo aparato en el que, en el fondo, confiaba mucho más.

Por último, detrás de las resoluciones del V Congreso del PSUC está el desencanto por la tortuosa manera

de la transición política en España. También aquí conviene hilar fino. Ya en el IX Congreso del PCE se

planteó un debate sobre la transición a la luz de la política mantenida por el partido desde los años 60. La

negativa rotunda del sector dominante en el PCE a analizar el pasado reciente, acompañada de condenas

sumarias de los «disidentes», condujo a una total confusión política. El PCE se ha ido quedando sin

política en estos años.

Esa creciente debilidad del partido ha abonado el terreno en el que los nostálgicos del estalinismo podían

dar la batalla con mejores posibilidades de éxito: su deuda para con aquellos que impidieron un debate en

profundidad es inestimable. Es la cosecha de la tercera contradicción de la política incoherente del PCE.

La solución del desconcierto que impera en las filas del PCE no pasa por ahogar sus manifestaciones en

los grandes momentos de su vida interna —es significativa la posición de Sánchez Montero cuando habla

del «democratismo mal entendido del PSUC»—, sino por impulsar un debate en el que se vaya hasta las

últimas consecuencias en el análisis que un día comenzó a llamarse eurocomunista: en los terrenos

teórico, político y organizativo.

Si, después de todo, acabaran prevaleciendo las posturas de viejo cuño no habría por qué rasgarse las

vestiduras: simplemente reconocer que desde dentro de los viejos instrumentos conformados en la III

Internacional no cabía una auténtica transformación. Nada más y, desde luego, nada menos.

 

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