Autor: García Fernández, Javier. 
   ¿Es definitiva la crisis del PCE?     
 
 Diario 16.    01/12/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 201. 

JAVIER GARCÍA FERNÁNDEZ

Profesor de Derecho Político, militante del PCE

¿Es definitiva la crisis del PCE?

El autor tiene la impresión de que la dirección del PCE considera que «estamos ante una crisis más, como

la de Claudín y Semprún o la de Líster. Creen que basta con expulsar a unos militantes díscolos para que

las aguas vuelvan a su cauce y el partido a crecer. Pero es un error».

«Estamos pagando haber utilizado las intuiciones de Carrillo como un cuerpo de doctrina consolidada.»

La crisis que atravesamos los comunistas no es el mejor momento para reflexionar con serenidad sobre

las causas y el desarrollo de la situación actual. Pero si no se quiere evitar que las reflexiones queden

convertidas en material para historiadores futuros, hay que tratar de poner un punto de serenidad en medio

de la tormenta y escribir todo aquello que, con mayor o menor acierto, pueda contribuir a salir de esta

situación preagónica.

Permítame el lector unas consideraciones previas de carácter personal. Desde 1970, en que publiqué mi

primer comentario político en el diario «Madrid», y desde 1972, en que comienzo mi trabajo como

profesional de la ciencia política, no he dejado, mediante artículos periodísticos, libros y monografías

científicas, de hacer reflexiones e indagaciones sobre los fenómenos políticos, nacionales e

internacionales.

Si he escrito sobre la Grecia de los coroneles, la revolución portuguesa, el periodo constituyente o los

procesos autonómicos, no veo por qué no he de poner mi pluma —que no mi pistola— al servicio de la

resolución de la crisis de mi partido. Ejerzo, pues, un derecho que me reconocen los estatutos de mi

partido, y ello aunque algunas personas de la dirección del partido parezcan alérgicas a todo lo que la

prensa reproduce estos días.

Origen

Existe una imagen bastante difundida de que la crisis del partido ha comenzado con la convocatoria que

hicimos medio centenar de militantes comunistas a un acto sobre la nueva izquierda vasca. Nada más

equivocado. Una semana antes de ese acto, la dirección minoritaria del partido en Madrid (pues no obtuvo

ni la mitad de votos en la última conferencia) había pedido ya la expulsión de Carlos Alonso Zaldívar

pretextando cinco líneas de declaraciones suyas en un diario madrileño.

Más aún: días antes de aquella convocatoria, algunos miembros del comité provincial fueron advirtiendo

a los que ellos consideraban renovadores que estaba a punto de producirse la fractura del partido, con lo

que no hacían más que repetir las brutales manifestaciones del secretario del comité provincial

minoritario de Madrid: el problema de Madrid se resuelve con 2.000 expulsiones. Muchos testigos —

cuadros sindicales— pueden corroborarlo.

La crisis no ha comenzado ahora. Se arrastra desde mucho antes. El congreso del partido, en julio pasado,

podía haber sido el lugar donde se saldaran todos los problemas, cuando algunos de los expulsados del

comité central obtuvieron tantos votos como Santiago Carrillo.

Pero el reconocimiento de las tendencias, que salió derrotado por la puerta del congreso, entró por la

ventana del primer comité central, cuando Carrillo propuso y obtuvo unos órganos de dirección

totalmente escorados hacia la tendencia ganadora en el congreso.

Aquel día Pilar Brabo y Carlos Alonso Zaldívar fueron excluidos de los máximos órganos de dirección. Y

hay que preguntarse: si no se desea reconocer tendencias dentro del partido, ¿por qué aplicarlas a la hora

de formar órganos de dirección homogéneos?

En definitiva, desde que acabó el comité central se percibe en la dirección del partido una política

dedicada a eliminar de toda responsabilidad a aquellos militantes que han mantenido una posición

divergente del secretario general.

Error

Tengo la impresión de que la dirección del partido considera que estamos ante una crisis más, como la de

Claudín y Semprún o la de Líster. Creen que basta con expulsar a unos militantes díscolos para que las

aguas vuelvan a su cauce y el partido vuelva a crecer, a ganar elecciones, etcétera. Es un error.

Durante el franquismo, las crisis se podían superar porque el partido era el lugar obligado adonde acudir

para combatir a la dicta dura y porque esas crisis apenas tenían resonancia (¿cuántas personas se

enteraron de la expulsión de Claudín y Semprún?).

Ahora es distinto, con un PSOE cada vez más en auge, a pesar de sus vacilaciones, con unos medios de

comunicación que narran la crisis con pelos y señales, con una bofetada al prestigio institucional de los

comunistas como es la arbitraria y desproporcionada expulsión de los concejales de Madrid. Si no se da

un giro, el partido entrará en el proceso de degradación que ya sufrieron los comunistas belgas y

austríacos.

Porque vale preguntarse: ¿qué partido quedará si se consuma esto? ¿Qué modelo de organización está en

la mente de los dirigentes que están participando en esta escalada de destituciones y expulsiones? Mucho

me temo que tienen en la mente un modelo de partido de la III Internacional, un modelo pregramsciano,

donde estén ausentes eso que se llamaba las fuerzas de la cultura. Es decir, un partido que se recluye en

un ghetto obrero cada vez más reducido, que carece de visión institucional, que renuncia a la hegemonía

en la sociedad.

Creo que estamos pagan do ahora las insuficiencias teóricas del eurocomunismo. Estamos pagando el no

haber profundizado qué es el eurocomunismo, y haber utilizado las intuiciones de Carrillo en

Eurocomunismo y Estado como un cuerpo de doctrina consolidada.

Las salidas

El corto espacio de esas notas obliga a no tratar otras muchas cuestiones, pero es obligado pergeñar a

vuelapluma las ideas que, a título estrictamente personal, mantengo sobre la resolución de esta situación.

Casi telegráficamente se pueden señalar:

1. Amnistía para todas las sanciones. Los expulsados del comité central deben volver a sus cargos,

las sanciones contra los concejales (que no son firmes ni lo serán en mucho tiempo, porque la

dirección minoritaria de Madrid no se distingue por su finura jurídica) deben levantarse y los comités

disueltos, restituidos a sus funciones.

2. Celebración de un congreso extraordinario que supere la fractura del partido. En ese congreso se

elaboraría una estrategia eurocomunista de fondo, que no se quedará en semántica, y se vería qué

dirigentes pueden aplicar mejor esa estrategia.

3. Política de apertura a la sociedad, a tantos ex militantes que abandonaron el partido desesperanzados,

y formulación rigurosa de una política de acercamiento entre fuerzas de trabajo y de la cultura, que

nunca dejó de ser una formulación pobre e insuficiente.

4. Replanteamiento de las relaciones con el EPK, con la premisa de que ni unas siglas garantizan el

eurocomunismo ni el eurocomunismo necesita unas siglas determinadas para aplicarse coherentemente.

Nos jugamos la existencia del partido. Y muchos comunistas no estamos dispuestos a que el dogmatismo,

la intolerancia y el stalinismo consigan lo que nunca logró la Policía franquista.

 

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