Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Santiago Carrillo hacia sus 25 años de paz     
 
 Diario 16.    27/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 21. 

PEDRO J. RAMIREZ

Santiago Carrillo hacia sus 25 años de paz

" Fue elegido secretario general en enero de 1960... Para todos los militantes menores de treinta y cinco

años la imagen del partido ha sido siempre indisociable de la de este personaje maniobrero y socarrón"

NO es una simple coincidencia que en los tres principales partidos del país haya surgido casi

simultáneamente la cuestión de las tendencias. Hacía tiempo que algunos veníamos advirtiendo la atrofia

de la vida interna de los partidos como causa y origen de muchas frustraciones que ansiosamente tratan

ahora de encontrar cauce de expresión.

En pura ortodoxia democrática las tendencias organizadas deberían ser innecesarias. Cada militante es su

propia «tendencia», alineado junto a quienes cada vez piensan como él e influyendo proporcionalmente

en el partido. La práctica las presenta, sin embargo, como un mecanismo corrector de la tiranía del

aparato del partido. Es la vieja técnica capitalista del «grupo de presión» concebido como instrumento

para incrementar la cuota de poder de sus miembros.

Quienes ahora más acremente se quejan de los peligros que para el sistema implica este viento de

fraccionalismo —personajes como Santiago Carrillo, Fernando Abril o Alfonso Guerra son, de hecho, los

padres putativos del fenómeno, pues de las lluvias de su intolerancia han brotado en realidad estos lodos a

veces fronterizos con la sedición.

Durante casi cinco años las camarillas dirigentes de los partidos han ido perfilando unas reglas del juego

primordialmente encaminadas a estabilizar su propia situación preponderante. Desde el sistema electoral

de listas cerradas y bloqueadas, hasta la escandalosa iniciativa del Consejo de Administración de RTVE

encaminadas a «amañar» ahora las apariciones televisuales de los políticos, pasando por unos

reglamentos y hábitos parlamentarios aniquiladores del más elemental principio de representación, toda

nuestra vida política está sembrada de trampas que desvirtúan el ejercicio del derecho de participación.

Proporcionalidad y tendencias

El colmo de estas desviaciones lo constituye el hecho de que ninguno de los principales partidos haya

sido capaz de introducir aún la proporcionalidad en la elección de sus órganos internos. Cuando en el caso

de comunistas y socialistas nos encontramos con que precisamente ese es el sistema que propugnan para

los comicios generales, la contradicción tiene entidad suficiente como para engendrar raudales de

escepticismo.

Las tendencias son, en realidad, la respuesta natural a la no admisión de la proporcionalidad,

desarrollando los propios argumentos de quienes lo impiden. Si la justa representación de las minorías en

los órganos rectores obstaculiza —como alegan los suaristas, carrillistas y felipistas— una labor

homogénea en la dirección del partido, es que nos hallamos ante colectivos sin la suficiente cohesión

como para continuar estructurados monolítica y unitariamente. Si los planteamientos diferenciales de los

respectivos «sectores críticos» son tan acusados como para impedir o limitar su acceso a la ejecutiva,

parece lógico que su papel sea el de oposición interna, organizada con todas las de la ley, pues privarles

también de éste derecho supondría reducir la vida del partido a una triste alternativa: o la sumisión o las

tinieblas.

Quienes en el congreso de Palma aniquilaron artificialmente al arraigado movimiento contestatario,

carecen de autoridad moral para impedir la aparición de subgrupos dentro del centrismo, concebidos en

realidad como núcleos de resistencia frente al falseamiento que supone la actual composición de la

ejecutiva.

El hecho de que discrepemos de algunos de los planteamientos requeteconservadores de la «Plataforma

Moderada» y el hecho de que entre sus integrantes aparezcan personajes absolutamente infumables, no

deben hacernos perder de vista ni el carácter democrático de la iniciativa, ni su indudable utilidad de cara

a la imprescindible redefinición del centrismo. Máxime cuando la alternativa unitarista continúa

controlada por un reducido núcleo de señores que aspiran a presentarse en 1983 bajo el lema: «O nosotros

o el caos», después de haber demostrado durante el pasado bienio que ambos eran conceptos equivalentes.

El pacto no fue «contra natura»

En el caso del Partido Comunista la polémica sobre las tendencias ve triplicado el interés por su directa

vinculación al X congreso que se inaugura mañana, por el carácter fuertemente unipersonal de la

autoridad contestada y por la aparente incompatibilidad entre las más puras esencias comunistas y la idea

de fragmentación del poder.

Un tanto alegremente se ha hablado de que el resultado de la votación en la conferencia comunista de

Madrid fue consecuencia de un pacto «contra natura». La apreciación es correcta en el plano teórico-

ideológico, pero no pondera suficientemente ni la historia del partido en las últimas décadas ni su realidad

presente.

Y es que en el PCE existe lo que podríamos llamar una gran «cuestión previa» que es imprescindible

dilucidar antes de poder entrar en detalles. «Santiago Carrillo sí, o Santiago Carrillo no»; Ese el nombre

del juego, el único eje real del congreso que se abrirá mañana.

Comprendo la indignación de quien desde dentro y fuera del partido replique que tal análisis parece más

propio del franquismo que de la democracia, pero quede constancia de que no ha sido ni el «afgano» Fidel

Alonso ni el «renovador» Alfredo Tejero, ni mucho menos la prensa, quien ha encauzado las cosas por

ahí.

Aunque sus antecedentes no dejan de ser muy interesantes, el núcleo central de esta historia comienza en

Praga en enero de 1960 cuando, apenas seis meses después del estrepitoso fracaso de su Huelga Nacional

Pacífica, Santiago Carrillo alcanza la secretaria general del partido. El referente temporal es

imprescindible pues significa que para todos los militantes menores de treinta y cinco años la imagen del

partido ha sido siempre indisociable de la de este personaje socarrón y maniobrero. Se trata de un

fenómeno cuyos efectos en la comunidad comunista no son demasiado diferentes de los que sobre el

inconsciente colectivo de la nación ejercía la longevidad de Franco.

El paralelismo no termina ahí. Entre bromas y verás se ha comparado a veces la personalidad política de

ambas figuras y la similitud es, desde luego, innegable cuando se analiza la contundencia con que uno y

otro eliminaron a sus competidores y enemigos. El pacto de Madrid no fue un pacto «contra natura»,

porque reunió a lo que podríamos llamar «Asociación de Damnificados por los Manejos de Carrillo». No

es casualidad que las criticas de Ramón Tamames y Garcia Salve sean poco menos que superponibles,

puesto que también lo son las estremecedoras acusaciones y denuncias formuladas tanto por el

«stalinista» Enrique Líster como por el «revisionista» Jorge Semprún.

Trasnochadores y madrugadores

Los testimonios escritos de ambos coinciden en atribuir a Carrillo graves responsabilidades que llegan a

implicarle en la persecución y muerte de destacados compañeros de partido. Hace ya más de tres años

que, ante la avalancha de revelaciones embarazosas, Carrillo prometió abrir los archivos del partido a un

simposio de historiadores independientes que aclararían el papel de cada cual. Sus palabras se las ha

llevado el viento y así sucede, por ejemplo, que los comunistas catalanes han reivindicado la memoria de

Joan Comorera pero siguen cubriendo con un pudoroso velo las culpas de quienes le acosaron con el

estigma de traidor y le dejaron morir olvidado como un perro en el penal de Burgos.

Por mucha que sea mi estima de la inteligencia humana, jamás podré compartir la admiración que la

figura del habilísimo Carrillo suscita en determinados colegas ansiosos de monopolizar la

progresía. ¿Cómo puede sostenerse desde una perspectiva mínimamente idealista la figura de un hombre

que tiene el cinismo de alegar —lo decía ayer en «El País»— que si perdió la votación de la Conferencia

de Madrid fue porque los trabajadores manuales, obligados a madrugar, no pudieron quedarse hasta el

final, olvidándose de añadir que quienes desde luego no tuvieron ningún problema en trasnochar fueron

los funcionarios del partido, fieles siempre a su dictado?

Hace año y medio —aún no era director de DIARIO 16— tuve un choque personal con él. Un grupo de

periodistas le invitamos a cenar. Carrillo acudió con su secretaria y una aparatosa grabadora que recogió

toda la conversación. Cuando publiqué una versión escrupulosamente fidedigna de sus palabras, él la

cuestionó públicamente como falsa y alegó que aquello era parte de una maniobra en su contra. Todos los

demás asistentes avalaron mi relato, invitándole a aportar la transcripción de la cinta y Carrillo

enmudeció. Aquello me hizo pensar que quien es capaz de mentir tan descaradamente en un asunto a fin

de cuentas nimio, puede llegar a cualquier cosa si hay algo importante en juego.

Sobre la «pinza judeoafgana»

No dejan de tener razón quienes advierten que Carrillo ha sido un claro elemento de estabilidad política

durante el proceso de transición, pero a la vista del profundo desencanto existente en amplios sectores

democráticos bien podría también alegarse que quizá el sistema estaría mejor encauzado si hubiera habido

mayor creatividad política y menor estabilidad en el reparto y disfrute de la tarta.

Quienes, desde luego, sólo pueden invocar ese argumento desde una perspectiva masoquista, son los

propios comunistas, pues hay que reconocer que la principal aportación de Carrillo al apaciguamiento de

la vida pública ha sido, más allá de algunos gestos institucionales, la propia desactivación de la capacidad

de influencia social del PCE. Y con esto no quiero decir simplemente que Carrillo ha impedido peligrosas

escaladas reivindicativas que hubieran podido llegar a tener su clásica expresión revolucionaria callejera.

Estoy aludiendo también al terrible freno que su presencia y su conducta han supuesto en estos años para

el desarrollo de la experiencia eurocomunista que decía defender.

Ahí están los datos que avalan lo que digo: Carrillo llega al X congreso con un PCE en pleno éxodo de

militancia, encerrado en unas expectativas electorales siempre inferiores al 10 por 100 y alejado del poder

por el proyecto autónomo socialista y los esfuerzos de Calvo-Sotelo de impregnar de coherencia su

Gobierno centro-derechista.

A pesar de ello parece probable su reelección, apoyado en la denuncia de la famosa «pinza», también

conocida como conspiración «judeo-afgana», conspiración «renovadora-masónica». Si se sale con la

suya, sus «veinticinco años de paz» estarán ya a la vuelta de la esquina. Y es que este país continúa

siendo desoladoramente franquista...

 

< Volver