Autor: Jiménez, José. 
   Ser comunista en los ochenta/ 1     
 
 El País.    21/07/1981.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

POLÍTICA

EL PAÍS, martes 21 de julio de 1981

TRIBUNA LIBRE EL X CONGRESO DEL PCE

Ser comunista en los ochenta /1

JOSÉ JIMÉNEZ

Casi en las puertas de su X Congreso, el PCE atraviesa una crisis notoria. Siendo importantes, los

aspectos coyunturales o generacionales no son, en mi opinión, los motivos centrales de dicha crisis.

Mayor alcance presenta la cuestión de si es o no viable un partido comunista en el tiempo histórico que

vivimos. ¿Fueron acaso los partidos comunistas producto de unas circunstancias históricas determinadas

cuya superación hace inviable o marginal su existencia hoy día?

Este problema, que afecta al sentido histórico de las organizaciones comunistas en los ochenta, debería

ser uno de los aspectos que centraran las discusiones del congreso. Demasiado anclados en las estructuras

y modos de funcionamiento del pasado, los partidos comunistas se debaten entre la continuación de un

modo de ser ya superado y una renovación cuyas líneas fundamentales no resultan aún del todo claras.

Y, sin embargo, si atendemos al malestar generalizado, al estancamiento de nuestra civilización,

podríamos decir que nunca como hoy la necesidad de una alternativa global a lo existente alcanzó tal

grado de difusión social. En ese sentido sería preciso no confundir la inviabilidad de un determinado tipo

de partido comunista con la de todo partido comunista. Pero entonces se hace urgente analizar aquellos

rasgos del pasado que fosilizan la idea del comunismo en el presente, así como comenzar a delinear los

rasgos alternativos de una organización comunista que dirija su mirada hacia el futuro y no hacia el

pasado. Como aportación a dicho análisis, centraré mi atención en este texto en tres puntos en los que

creo que confluye buena parte de la problemática estratégica de los partidos comunistas en nuestros días.

El partido no es algo inmutable

Uno de los mayores lastres del comunismo contemporáneo es considerar el partido a partir del modelo

organizativo, más o menos modificado, de la Tercera Internacional. Un tipo organizativo y unos modos

de funcionamiento surgidos de unas condiciones históricas y sociales muy determinadas se implantaron

de modo generalizado, aun en presencia de condiciones enteramente diversas, imprimiendo una

determinación esencialista a la organización comunista. Notas centrales de dicho modelo son la

disciplina, un cierto carácter militarista, una fe casi ciega en la capacidad y el acierto de los dirigentes y la

jerarquización o verticalización de la estructura organizativa, canales por los que discurre la historia del

movimiento comunista hasta nuestros días.

Si esas características eran necesarias en la situación histórica de la Tercera Internacional, no son sino una

remora en una situación como la actual, en la que el enfrentamiento frontal ha sido desechado por un

largo proceso de canalización de la lucha de clases a través de las instituciones de la sociedad civil y del

Estado, de conquista pacífica de la hegemonía para las fuerzas socialistas. De poco sirve proclamar

ideológicamente el eurocomunismo o iniciar el proceso de construcción de un «partido de masas», con

una mentalidad y un esquema de funcionamiento político basados en la disciplina, la jerarquización y la

obligatoriedad de una aceptación pasiva de las decisiones de la dirección.

El estalinismo no es sólo una historia de la Unión Soviética. Atraviesa la configuración histórica de todos

los partidos comunistas. Y, por eso, reemplazar la estrategia de la Tercera Internacional debe suponer

también reemplazar esas líneas o canales de transmisión política que cimentaban el partido de corte

estaliniano. Aquí y ahora lo que hace falta es construir un partido nuevo que exprese con toda su riqueza

y perentoriedad la viabilidad y lo deseable de la alternativa comunista frente a la crisis de la civilización

capitalista.

No adoptar los esquemas autoritarios de comportamiento político del comunismo de la Tercera

Internacional no significa un vaciamiento en la socialdemocracia. El fracaso histórico de la

socialdemocracia queda plasmado en su carácter subordinado al capitalismo, en su incapacidad universal

para ejercer una acción de ruptura con el régimen capitalista. Y es ese el punto donde de nuevo

históricamente se sitúa la necesidad de una organización comunista capaz de suscitar las cuestiones

políticas y sociales en términos de alternativa global a lo existente, y no de su mero retoque.

Curiosamente, sin embargo, un funcionamiento político impregnado de modos estalinianos tiende a

olvidar ese carácter de alternativa global del comunismo para diluirse en la política del día a día, en la que

ningún hilo conductor parece unir las acciones políticas cotidianas con la nueva sociedad que se

propugna.

Readecuación del partido

Si la esencialización de la forma-partido de la tradición estaliniana ha sido y es uno de los obstáculos más

importantes para la readecuación de la organización comunista a las cambiantes condiciones históricas,

será preciso romper con esa consideración inmutable del partido. El partido no puede seguir siendo esa

estructura verticalista y autoritaria. Y, en el caso de nuestro país, el partido no puede seguir adoptando

una estructura centralista y piramidal sin introducir las fórmulas organizativas de tipo federal que exige la

diversidad de nacionalidades de España. Federalización no quiere decir pérdida de la unidad del partido,

sino sustitución de una unidad centralista y jerárquica por un tipo de unidad descentralizada y basada en

la igualdad horizontal de todas las organizaciones comunistas. El partido comunista debe ser la

anticipación viva del futuro. Pero si propugnando el modelo federal como pauta de organización del

Estado no se adecua la organización del partido a dicha propuesta, la contradicción resulta evidente. Y lo

que deja ver es una consideración intocable, casi sacralizada, de unas pautas organizativas convertidas en

pura esencia, en algo supuestamente consustancial al comunismo.

Pero el largo proceso de conquista pacífica de la hegemonía social no puede avanzar sin hacer de la

democracia el centro de toda acción (interna o externa) del partido, mostrando así en los hechos lo que se

afirma en la estrategia: que no hay verdadera democracia sino en un régimen de socialismo en libertad, y

que la idea de un comunismo democrático es el hilo conductor que, a través de la transformación de la

vida cotidiana, podría en su momento poner en pie una sociedad de hombres libres e iguales en un sentido

político y social, y diferentes e irrepetibles en un sentido individual. Pero estas ideas hay que aplicarlas,

sobre todo, en el propio partido.

El partido es un medio, no un fin

Lo último dicho enlaza con el papel del partido comunista en el proceso que lleva al socialismo. Las

dificilísimas condiciones históricas en que se gesta la Tercera Internacional llevan a la idea de un

partidoguía y a la esencialización que antes criticaba. Pero con ello se desvirtuaba el carácter del partido,

convirtiéndolo en un fin en sí mismo, y no en un medio emancipatorio.

La estrategia eurocomunista es inconciliable con tales posiciones. Un proceso de avance social en el que

progresivamente diversos sectores sociales van dando su apoyo al socialismo supone una confluencia tal

de esfuerzos y, por consiguiente, una tal diversidad de opciones políticas y organizativas que hacen

inviable todo recurso al partido único. La propia fragmentación y complejidad de las estructuras sociales

en que vivimos lo exige ya así. Y por eso, en este tiempo histórico, la acción revolucionaria sólo puede

ser conducida por un sujeto plural que integre en su seno diversas organizaciones políticas, diversos

movimientos sociales. Es preciso no seguir sacralizando la forma-partido. Es preciso aceptar plenamente

que se lucha por el socialismo desde muy diversas plataformas sociales. Es preciso no caer, una vez más,

en la formulación autocomplaciente del carácter mecánicamente revolucionario de la clase obrera, cuando

en nuestras sociedades ésta ya no constituye el cuerpo compacto y homogéneo de situaciones históricas

anteriores y se encuentra tan fragmentada como otros sectores sociales. Es preciso entonces buscar la

potencialidad revolucionaria, que sólo en principio la estructura productiva parece concentrar en la clase

obrera en un proceso global de construcción y de integración de la acción política revolucionaria. En un

proceso que tienda a integrar a todas las dimensiones de explotación que el capitalismo produce: paro,

trabajo alienado, sexismo, sustracción del libre uso del cuerpo, autoritarismo, restricción de las libertades,

acceso escindido a los bienes materiales y de cultura... Que tienda a integrarlas sacando a la luz lo que

tienen de condición general en la sociedad capitalista, y no fragmentándolas, particularizándolas, como en

realidad conviene a los intereses capitalistas, al dirigirse principalmente a ciertos grupos sociales, a ciertas

dimensiones aisladas de explotación.

José Jiménez es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la junta directiva de la

Fundación de Investigaciones Marxistas.

 

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